Escaparates

Curiosa manera de probar los trajecitos de bebé con algo tan anticuado como una muñeca recortable. Las hechuras no son las mismas, pero a más de una madre se le podrá llegar al bolsillo a través de una imagen que tendrá almacenada en su memoria emocional, la de sus juegos infantiles. Éramos tontas y simples tanto como para no darnos cuenta de que nuestro mundo se ceñía a una hoja de papel y si el arma de nuestras violentas tardes eran las tijeras, el objeto de nuestra furia, aquel papel que rodeaba a nuestros figurines, muñecas con las que entretener largos momentos vacíos después de hacer los deberes.

No teníamos mundos virtuales y aquellos muñecos poco tenían que ver con los Sims y todo lo angry de su carácter lo poníamos nosotras, con los pájaros que tuviéramos en la cabeza.

Mayoritariamente femeninas, ofrecían un repertorio limitado de la moda, nos enseñaban la lección de la escasez, cercana tal vez  esas campañas de alguna mujer concienciada que ha propuesto avanzar en la creatividad combinatoria y reducir el abarrotamiento. Cuando alguna vez llegaba a nuestras manos un ejemplar masculino, aquel recortable se transformaba en el eje de las tramas amatorias, abandonando las historias de amistad entre ellas para entrar en el escenario de la competición desalmada en pos del único hombre. No cabe la extrañeza, la educación de aquellos tiempos conducía a un universo romántico de sumisión, pero sin divertimento SD, que se podría decir hemos superado, si no fuera porque la estadísticas sobre violencia de género entre adolescentes nos contradirían pronto. El espectro audiovisual ha menguado aún más las imágenes posibles, los modelos de imitación de la juventud, con adalides de la obediencia al macho dominante como el de la cantante Rihanna que, sin haber superado los lazos que la unían a su maltratador a pesar de la ruptura de la pareja, parece que vaya a buscar más de lo mismo. Eso puede entrar dentro de lo esperable de quien no está informado de lo que significa independizarse de quien te redujo a sujeto de su violencia. Lo que sorprende es ese cierto tono admirativo de algunos medios de comunicación que ven en este romance las claves del amor que rompe barreras y se enfrenta a todos y contra todos. La reprobación moral de este tipo de conductas pasa por el destierro de toda representación iconográfica que sublime de un modo u otro la brutalidad como forma de relación en la pareja, aunque en España no podamos precisamente alzar la cabeza con orgullo, en tanto en cuanto recientemente hemos vuelto a recluir las peleas al ámbito doméstico, como diciendo, no son cosa tuya, es un asunto íntimo, son las cosas que tienen las riñas de enamorados. Y fíjense que una cuestión meramente lingüística supone un enorme retroceso en el compromiso social para atajar la violencia en las relaciones de pareja, de la que además debiera sentirse muy partícipe, porque entre todos propiciamos su constancia estadística, mirando hacia otro lado mientras seguimos recortando figuritas que pertenecen a otro tiempo y con las que ya nadie juega, aunque sus normas sigan vigentes, las de la exclusión y el aparthedi de género en la que muchos se sienten cómodos.

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