Delirio

delirioGrosman nos sienta en mitad de la noche con dos desconocidos, o al menos, dos conocidos a los que sólo una relación familiar de esas poco frecuentadas une en un trayecto en automóvil. A través de los movimientos de ojos de ella, Esti, en el retrovisor y de las confidencias de él, Shaul, vamos penetrando en esta historia de soledad, amor y obsesión. Realmente poco importa la existencia o no de Paul, el amante de Elisheva, porque la corporeidad de los encuentros clandestinos, casi imposibles entre idas y venidas a la piscina la pone el marido engañado, borracho de su angustia y un desamparo de confesionario.

Las lesiones externas de él, las que le impiden concudir, no son las cruciales, más decisivas son sus intuiciones que tiene sobre la mujer que ama en los brazos de otro que hacen a Esti recuperar ese hábito olvidado de morderse el labio. Poco a poco el despojamiento comienza a ser mutuo, ¿acaso podría ser de otra forma? Tal vez inicialmente odiara a Mija por descargar en ella la tarea de acompañar a su cuñado en  coche a un destino incierto, pero la búsqueda de Ítaca de este Ulises que sabe de la existencia de un pretendiente para su Penélope le abre a la conductora de un viaje irreal puertas que se había empeñado en cerrar en falso. Uno y otro comparten, sin consuelo fingido el desamor, instalado sin remedio en el orden natural de las cosas. Shaul es Leopold Bloom, consciente de una Molly que se regodea en unas caricias que, aunque no le pertenecen, entiende.

Un hombre sincerándose con una mujer, extraños en una situación incómoda donde cada párpado, cada suspiro es una explicación, un pudor que se desata. Esti no termina de comprender por qué Shaul se ha mantenido al margen, sufriente conocedor del roce de dos pieles, de las negaciones asumidas que esa duplicidad de amores conlleva. Paul es el hombre de las afirmaciones, de la entrega sin condiciones, mientras Shaul es el pausado recipiente de la resignación. Porque en realidad el marido abnegado necesita reafirmarse frente al otro, frente al que espera veintitrés horas al día la llegada de Elisheva y no es él.

Shaul necesita muletas, aunque, reparadas sus heridas físicas, no tenga previsto separarse de su principal apoyo, Elisheva, epicentro de su desesperación y a la vez lugar al que volver. Ester, entretanto, reacciona frente al volante paralizada en ocasiones, maniobrando automáticamente otras, sin decidirse a avivar ese rescoldo al que su cuñado se aferra desde el asiento trasero del coche.

Delirio. David Grosman. Lumen, Badalona, 2011. 230 páginas.