Antibiótico

AntibióticoDe liana en liana –de ahí el “Tarzán de los versos”- humilde se justifica ante el lector para decir que no es que los mundos que él conquista en sus poemas no estuvieran ya, sino que tal vez el interruptor “estaba en posición OFF”. Una vez encendidos nuestros receptores el escritor se solidariza con el que escruta la materia de lo inexpresable, volviendo al maestro Wittgenstein, para sacar de la caja de sus enseres personales las piezas que dan forma a su cabeza: ciudades arrasadas, habitadas sólo por la gravedad, la oreja de Niki Lauda que lo vuelve nostálgico, los sonidos invisibles, casi entresacados de un relato de Italo Calvino… El autor de “Antibiótico” juega con Gallimard a sustanciar la inestabilidad de una creación cuántica, sustentada postpoética dinámica de fluidos donde el mundo se congela y olvida en ese “final de un metro, que va a dar al mar” manriqueño. Fernández Mallo dibuja escenarios perfectos para muertes televisadas con Carolina de Mónaco como espectadora privilegiada, Virgen Dolorosa del Big-Bang y se cuestiona si “reciclar para borrar”, aunque su poemario contribuirá a que las palas de los arqueólogos futuros descubran que “metabolizamos palabras en vacío, el residuo / es el poema”, con algo de dadá y un poco de Marinetti al escribir: “se constata que un enchufe / es más rápido que una palabra” . Con el afán de un mundo postnuclear,que alentaba a Dámaso Alonso y la urgencia por llegar al final de internet, puesto que alma se confirma una palabra fracasada.

De hecho, la escena carnal se concluye con una mención a la devastación almacenada en el hardware de la amante cuando “el mundo aún no era chino y era verano”.  El vademécum para la construcción del poema ilustra la metáfora de la flecha certera, veloz que se vuelve prosaica en el escaneo de la vida diaria para recuperar vigor exclamatorio  en “la transparencia de tu sujetador craquela la Antártida”. Digresivo el padre de la generación Nocilla consigna su filosofía:  “el objetivo de los versos es pactar una muerte digna/con especies en vías de extinción” y un poco más adelante explicarnos el porqué de su moteado parlamento, pues “el silencio sólo sirve si añade,/lo contrario es retórica/ [de silencio], “, en mitad de una vivencia asediada por los videojuegos, el dinero de plástico, la telebasura y la música que despliegan caminos de muerte codificada como esa huella codificada de Ian Curtis sobre el vinilo, pero a escala petrarquista y para leer en silencio antes de elaborar la contabilidad de las letras de iteración literal.

Antibiótico. Agustín Fernández Mallo. Visor. Madrid, 2012. 101 páginas.

 


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