Montar la revolera

Obra del artista coreano Do Ho SuhEl aire y la inminencia de la acción, es lo que me encuentro al repasar la obra del artista coreano Do Ho Suh. Una acción que se intuye catastrófica como en este caso o al menos así lo leo yo desde mi pensamiento tremendista, viendo a esos hombrecillos a punto de ser aplastados sin compasión por esa bota militar que los amenaza desde arriba. Quizá algún optimista verá en esta misma pieza el espíritu colaborativo de quienes logran unirse para dar vida a algo más grande, pero en los tiempos que corren deben permitirme un cierto escepticismo al respecto. Llevo escuchando en diversos medios televisivos alabanzas varias sobre la actitud solidaria de los españoles que consiguen hacer un poco mejor el día a día a los demás. Y entiendo que eso demuestra que en la desgracia sabemos sacar los mejor de nosotros mismos y todas esas frases hechas con las que nos calmamos los unos a los otros, pero la solución de la crisis no consiste en un fortalecimiento de la red social, que nunca está demás, depende de que aprendamos a medir nuestras fuerzas, sabiendo que esa bota suspendida en el aire resbalará en el suelo encerado de la realidad si no estamos debajo para sustentarla, o dicho de otra manera, por mucho peso que apliquen a los hombrecillos de abajo, son ellos los que cimientan el paso firme de los de arriba. Su apariencia es la de ser grandes hombres, su tamaño nos resulta descomunal y por tanto la tarea de desbancarlos es casi ciclópea, pero no nos engañemos, la música militar son los de abajo los que la interpretan y sin farándula ni liturgias el poder no es más que una bota vacía, como la de Do Ho Suh. Es verdad que su efecto es atemorizante y que hasta que no nos aupemos todos, escalando por su perfil no descubriremos el humo que la llena. Y entonces en esa niebla se disipará el efecto de su coacción, la promesa incumplida de construir con nosotros un algo más importante, no importando cuántos cadáveres de los nuestros sean necesarios para el sueño megalómano de esos disfraces del poder.

Mientras tanto, todos los que hemos trabajado en un medio de comunicación sabemos que los ladrillos de la Muralla china están compactados gracias a los míseros salarios de miles de pequeños contribuidores a una causa, la libertad de prensa, que nos haría crecer a todos y lo que hemos aprendido con el paso de los años es que aprovechándose de la credulidad, la vocación y la luz de una falsa esperanza de que esa situación cambiaría se han erigido emporios y se han encumbrado los profesionales que todos tenemos en mente. Ahora que 925 compañeros de Telemadrid perderán su empleo -sí, porque eso es inamovible, hay que hacer limpieza de tanto contestatario- y que los ERE se multiplican sabemos que esa luz era falsa. Nuestras “muertes” no fueron más que empedrado, nuestras renuncias no sirvieron más que para alimentar al monstruo del totalitarismo omnímodo.

Pero miremos con atención la figura de Do Ho Suh, porque esa suela de hombrecillos cohesionados por su decisión se está desintegrando y algunos toman ya la delantera, advertidos de que es necesario un cambio que pasa por devolver a cada cual su fuerza y por hacernos cargo de que ha llegado el momento de encaramarse a la bota, ver lo ilusorio de su supremacía, calibrar nuestro verdadero peso en lo que acontece y pisar entre todos con decisión a quien nos somete para emprender el camino de la autonomía.

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