Cáscaras millonarias para una cultura huera

Dsc06856 El mapa de España es un inmenso trabajo de almazuelas, un gigantesco patchwork hilvanado con la credulidad de los que cayeron cautivados por las promesas de esa “arquitectura milagrosa”, en palabras de Llatzer Moix, autor de un libro sobre las “Hazañas de los arquitectos estrella en la España del Guggenheim”. A vista de pájaro fueron muchos los convencidos por quienes ofrecían a los incautos de ayuntamientos y comunidades autónomas el metafórico placer de ponerlos en el mapa gracias a un edificio muchas veces estrambótico, pocas veces acertado y siempre innegablemente caro. Una habilidad que ha permitido a algún activista con sentido crítico retratar el “Museo de los horrores urbanísticos” con el eslogan de “Cosas que han construido en tu ciudad, comunidad o país que no sirven para nada”. Intentaremos ahondar en las claves de esta obsesión por construir trampantojos para distinguir aquella ciudad mesetaria del pueblecito vecino, al ritmo del “Vanidad de vanidades y todo vanidad” del Eclesiastés.

Porque como afirmaba el artista Antonio López en la Fundación Juan March, “El hombre se ha convertido en una enfermedad para la Tierra, el dinero nos ha hecho muy soberbios”. Precisamente por el tamaño del ego que se oculta detrás de muchos de estos proyectos Luis Feás, miembro del colectivo SOS Oviedo lo denomina “grandanismo” cultural, en alusión a los perrazos del mismo nombre. Otro animal el “centollo” fue la designación con que el propio arquitecto, Santiago Calatrava, se refirió al Palacio de Congresos de la ciudad ovetense. Al mencionárselo, el periodista asturiano no puede sino esbozar una sonrisa y ampliarla cuando me refiero al Centro Internacional Niemeyer con el apodo de “ovni”, aunque para Feás “esté bien aceptado”. Caso distinto para él es el de La Laboral: “es un poco como el Calatrava, una especie de nave extraterrestre a las afueras de Gijón, con poca conexión con su entorno y un éxito más que relativo”. Pero lo peor son las cuentas: “los equipamientos emblemáticos costaron unos 140 millones de euros”. Un despropósito que proviene de una prolongada resaca por el masivo consumo de ladrillos. “Esto se arrastra desde más atrás y yo distingo entre esos grandes equipamientos que indican una política cultural concreta de esos otros espacios culturales que el alcalde de turno pretende convertir en su pequeño Niemeyer. Creo que el Niemeyer sí que ha conseguido esa expresión tan fea de “colocar en el mapa” Oviedo -como si la ciudad no existiera anteriormente- pero sí que es verdad que ha tenido una repercusión. Está muy bien encajado y hace una transición muy interesante entre el casco antiguo y la parte industrial de Avilés. Lo que es mucho más cuestionable es la programación”. Y una vez cobrada se hace irremediable pasar la factura por el mastodonte. “A los políticos –matiza Feás- lo único que les interesa es construir los grandes contenedores, porque es donde ellos sacan réditos electorales o de otro tipo”.

El sueño inmóvil del arquitecto

Cuando uno se decide a hacer ostentación hay que hacerlo por todo lo alto. Algunos municipios que apostaron en la mesa de casino del ladrillo jugaron a esa carta de una arquitectura descomunal. “El Parque de la Prehistoria en Teverga es una arquitectura de acero corten muy moderna, encajada en un entorno natural, pero no tiene ningún sentido en una zona completamente apartada de cualquier centro relacionado con el arte rupestre. Responde al voluntarismo de algunos políticos con ideas geniales, teniendo en cuenta que la media de lo que cuestan estos proyectos está en 10-15 millones de euros”, dice Feás.

Nada que ver con el Palacio de Congresos de Oviedo, Asturias como nos explica David Acera, miembro del colectivo La Madreña : “Calatrava en un alarde de sentido del humor decía que el edificio dialogaba muy bien con el entorno. En Valencia es una cosa desproporcionada, pero está en una zona vacía, donde por lo menos hay perspectiva. Aquí se yergue en una zona de torres muy altas de los años 70 y directamente el edificio se lo come y no hay un lugar salvo el monte Naranco, saliendo de la ciudad, donde se pueda ver. No es que dialogue, es que directamente es una barbaridad urbanística”. A lo que añade Luis Feás, “además la visera móvil no funciona. Eso le ha pasado muchas veces a Calatrava, ten en cuenta que es más un ingeniero que un arquitecto, un investigador de muchas cosas, que después de haberse gastado millones de euros en experimentar, no funcionan. Siempre se cuestionó el gasto que implicaba levantar la visera dos o tres veces al año”. “Y no sólo eso –añade Acera-, sino que Jovellanos 21, la empresa gestora ha entrado en quiebra. La operación da para escribir un libro….” A esa menudencia hay que añadir las disfuncionalidades del interior. “El auditorio –dice Feás- se supone que es para espectáculos, pero no tiene foso y no está preparado para música clásica u ópera”. Auditorios donde chillar para hacerse oír y salas de cine en las que el visionado se dificulta sobremanera, porque a alguien se le ocurrió disponer grandes cristaleras en lo que debiera ser una sala oscura. Una vez descorrido el telón de la inauguración queda hacerse querer por el ciudadano: “El Niemeyer vivió esa peripecia tan extraña con el Gobierno de Álvarez-Cascos del cambio de nombre, de manera que se sabía que se estaban haciendo muchas exposiciones, pero nadie las relacionaba con el Niemeyer”.

Los cimientos que sustentaron la soberbia

¿Recuerdan aquella película de Luis García Berlanga, “Los jueves milagro”? Pues España vivió en la última década bajo el síndrome de Fontecilla, aunque al contrario que el personaje interpretado por Pepe Isbert, aquí todos querían ser filántropos. En esa euforia del dinero fácil vinculado con el mercado inmobiliario se recurrió a las técnicas propagandísticas que ya empleara el Papa Julio II para mostrar su poder, con los arquitectos nuevamente como artífices de este milagro que proveería de turistas cualquier aldea, bastaba con adornarla poniendo la fe en el profeta adecuado del nuevo star-system, el arquitecto demiurgo. O al menos hasta que la crisis frenara el 90% de los proyectos en marcha.

Desde antes muchos colectivos y ciudadanos críticos se habían echado ya a la calle. David Acera, miembro del colectivo La Madreña, que autogestiona un edificio dejado a su suerte por administración ante la falta de recursos y “está haciendo lo que deberían hacer los sectores públicos, ofrecer alternativas culturales y sociales al barrio”, ha participado en algún flash-mob para denunciar las políticas municipales. “Hay muchísimos edificios vacíos en Asturias. Conozco en el Occidente un teatro de unas 500 butacas que sólo se abre una semana al año. El problema no es tanto una necesidad de contenedores como de dinero para programar”.

El político, cooperador necesario

“Muchas veces se incide en el desgobierno de los políticos, pero no se suele contar que siempre que hay un político que se corrompe, hay un empresario que está haciendo lo posible para que esa supuesta corrupción sea posible”, sentencia David Acera. Por eso nos relata la rocambolesca crónica del Palacio de Congresos. “En los 90 comienza la Operación de Los Palacios en Oviedo por lo que se regala así, sin más, dos zonas de suelo céntricas de lo mejor de la ciudad a dos empresarios muy conocidos, Cosmen Adelaida y Alberto Lago, que montan una empresa, Jovellanos 21. Por un lado, se trataba de hacer un Palacio de exposiciones y congresos, el llamado Palacio Calatrava, y en la otra parcela, un palacio consistorial, previo pago de 38 millones de euros”. El cuento se convierte en enredo con sucesivas cancelaciones de proyectos, ante la carencia de recursos del Ayuntamiento: Una facultad de Bellas Artes, una Ciudad de la Justicia, unas macro torres tipo KIO. “La operación montada por estos dos empresarios con la connivencia del Partido Popular, les regala este suelo a condición de que dentro de 50 años revierta en propiedad municipal, y la explotación del edificio una vez construido. Como aún así estos empresarios querían más dinero, consiguen que el gobierno regional del PSOE e IU también apoye la operación y compre las salas del edificio por 60 millones de euros, muy por encima del precio de mercado. Es una operación muy ejemplificadora de lo que ha sucedido en España”.

Y con la avidez de relevancia pública y el afán de la pirueta más difícil no se echó mano del freno racionalista. “La Laboral y el Niemeyer, hasta competían por traer la actuación o exposición de mayor relumbrón, dos centros que han jugado a lo mismo y han gastado más de 120 millones de euros. ¡Con eso tendríamos para programar cultural los próximos 100 años en Asturias! Mientras eso ocurría lo que estaban haciendo es cargarse la cultura de base”. La amarga moraleja para David es evidente: “Lo que ha habido no es la voluntad de ofrecer a la ciudadanía unos mejores servicios, sino de enriquecer a unos pocos que se han hecho de oro y para hacer una operación así siempre viste más rodearse de cultura…”

Nuevos negocios: Divertirse y/o denunciar la especulación

Las ciudades crecen a veces del vientre de los políticos, de sus más bajos instintos. “Son edificios que no responden a una necesidad. Además la mayoría se hacen por adjudicaciones que no son transparentes. No es nada fácil saber cuánto han costado algunos edificios, incluso hay contratos de confidencialidad y cosas así. Es absurdo, porque no sabemos cuánto se está gastando”, valora Luis Feás.

Aún peor es la desolación que se vive en Murcia. Así lo ve José Mateos, abogado de la plataforma Atrapa Murcia: “Aquí se ha despilfarrado muchísimo en aeropuertos, campos de golf, grandes hoteles…, pero apenas tenemos macroproyectos culturales, salvo La Paramount que es más un parque de atracciones. Desde siempre se le ha dado muy poco valor a la cultura y lo poco que se ha hecho ha sido una instrumentalización para lo más prosaico, el típico concierto para que luego votes al concejal, pero en lugar de hacer proyectos sostenibles se han hecho conciertos”. Aunque los hijos de los jinetes del Apocalipsis especulador son muchas veces más crueles que sus padres, por el problema añadido que supone un endeudamiento excesivo. “El festival SOS cuesta todos los años un mínimo de ocho millones de euros y se organiza a través de Murcia Cultural, una empresa intermediaria que ha tenido que ser embargada. Ofrecen eventos de una utilidad más que relativa y luego se niegan a pagar al proveedor. Muchos han tenido que cerrar”. En definitiva, un solar que se llena a costa de demoler los soportes que lo apuntalaron. Dejamos a José de Atrapa Murcia entre papeles, porque su lucha se ha enfocado en judicializar la corrupción persiguiendo las prácticas injustas de la Administración y empresas privadas.

En otra batalla más lúdica nos encontramos con Teresa Galindo, una de las organizadoras de la Ruta por el despilfarro, creada en Valencia para denunciar la mala praxis urbanística de esta arquitectura mediática. Su pelea la de la sonrisa indignada, pues su asociación se dedica a montar recorridos para mostrar “una infraestructura muy infrautilizada. Tenemos datos económicos de cómo esa inversión se le ha quitado a otros ámbitos de la cultura. Vemos la Ciudad de las Artes y las Ciencias como un elefante blanco de la cultura”, nos cuenta. “Se trata de hacer periodismo ciudadano local: Valencia ha crecido en esta década a partir de grandes eventos y de obras como la Ciudad de las Artes y las Ciencias y además del poco contenido están los sobrecostes, más de cien millones de euros”. Una iniciativa surgida siguiendo quizá la estela del Bassibus, las excursiones del bufón italiano Leo Bassi que han puesto la cara colorada a los responsables de la Cidade da Cultura en Santiago de Compostela, verdadero mausoleo que lleva once años en obras. Pergeñado por Peter Eisenman podría resumirse como el vaciado del Monte Gaiás para sustituirlo por una costosísima obra, dos de cuyos edificios están a día de hoy paralizados hasta que arrecie la crisis y alguno sin destino definido. Ahora el horizonte se fija para 2018, pues según explicó el presidente de la Xunta de Galicia se trata de “invertir lo mínimo necesario para que lo ya invertido no sea desperdiciado”. Sólo en mantenimiento y vigilancia el desembolso alcanza el millón de euros anuales.

Pero regresemos a la ciudad de las flores, de la luz y del amor, como reza el pasodoble, que recorren Teresa y una cincuentena de curiosos durante tres horas. “La realidad es tan dura –nos comenta- que incluimos algunos guiños humorísticos, porque sino los viajeros podrían deprimirse. Al verlo en su conjunto la gente se sorprende, porque entiende la filosofía del crecimiento que se ha aplicado en Valencia”. Elefantiasis constructiva que no sería tan gravosa si las infraestructuras públicas no se hubieran abandonado en el camino, colegios públicos realojados en barracones, “el abandono de la muralla árabe que se cae a pedazos, porque lleva más de 20 años sin que se haya tocado prácticamente. Enseñamos cómo en la obra nueva se ha despilfarrado y cómo no se invierte en cosas que ya están y merecen la pena”. La Ciudad de las Artes y las Ciencias es el sancta sanctórum de ese pensamiento mágico que encumbró a los arquitectos a la categoría de chamanes sociales, la Sforzinda del condotiero Francesco.

despilfarro1 Casi salida del mundo de los ingenios renacentistas de Il Filarete la Ciudad de las Artes y las Ciencias es la fiebre de una gripe inmobiliaria en España que ha dejado víctimas no sólo urbanísticas. “Recientemente estuvimos en el Ágora, una obra que ha costado unos 200 millones, y no pudimos ni entrar. El arquitecto, Santiago Calatrava, ha ido haciendo modificaciones sobre la marcha y no le han acabado de hacer los remates de forjado que están tirados en un descampado, porque ya no hay presupuesto”, aclara Teresa. Hubo un tiempo en que el nombre de Calatrava era sinónimo de éxito asegurado, una suerte de conjuro como el entrechocar tres veces los chapines de rubíes de Dorita.

Haciendo memoria esta arrogancia visual del complejo arquitectónico nos retrotrae a los tiempos del “Scimmia”, diálogo satírico en que Andrea Guarna, presenta al arquitecto del XVI, Bramante, amenazando a San Pedro con marcharse al Infierno sino le deja demoler el Paraíso para reconstruirlo desde cero. En opinión de Teresa Galindo el objetivo es dar forma al modelo de ciudad, “la más grande, la más desarrollada, la más moderna”, lo que no esconde “también una vanidad política, la del ayuntamiento y la de la Generalitat”. Ahora el mayor reclamo turístico de la ciudad deja a Valencia huérfana de ingresos. “Es una obra monumental, que por lo distinta cautiva, pero no creo que la inversión sea proporcional, porque aquí las bandas de música se están muriendo al no haber inversión en una ciudad como ésta muy musical en la que en todos los pueblos, en todos los barrios hay música. En los próximos veinte años no se podrá hacer otro tipo de inversión, porque aún estamos pagando esa obra y del valor inicial previsto en 300 millones al final estamos pagando 1.300”. Coincidiendo con la manifestación del 15-M la Ruta del despilfarro dispuso de una peculiar escolta, la policía local y nacional, durante todo el recorrido. “Nos pareció una anécdota que refleja una nueva política de seguridad y de restricciones a la libertad de información”. El viaje clarifica el significado de macroeventos como la Fórmula I, el American’s Cup que al final el ciudadano “ni compra, ni ve, ni le beneficia”, remata Teresa.

La proporción costes versus estética: El sumidero del dinero

“No se ha hecho bien, no ha valido la pena, pero yo lo volvería a hacer, bien hecho”. Para Esther Valiente, arquitecta y profesora de la Universidad de Valencia es necesario tener una arquitectura contemporánea y eso no es incompatible con tener el centro histórico completamente restaurado. “Aquí tenemos muchas barbaridades, pero hablando de ineficiente gestión y construcción hablaría del edificio Copa América”. Sabe de qué habla porque trabajó de manera activa en el control de calidad. En el Vels e Vents el presupuesto de 34 millones de euros se disparó. “Si la constructora duplica el presupuesto es que está teniendo que hacer ahí –no sé cómo llamarlo siendo políticamente correcta- una serie de gestiones económicas ligadas a otros problemas políticos y porque hay que mantener muchas cosas o personas. Detrás de la construcción es donde se produce la gran burbuja, y donde aparecen los costes que se justifican más fácilmente: incrementos de obras, cambios que te permiten inflar al 300 o al porcentaje que quieras el coste”.

Esther nos cuenta cómo ese desfase en los tiempos y en las ambiciones estéticas condujo a una situación kafkiana. “Se tuvo que construir en ocho meses, pese a que la madurez del hormigón requiere unos doce, porque la Copa América se tenía que hacer allí. El consorcio formado por las Administraciones no quería recibir el edificio a la constructora, porque eran conscientes de que había muchos defectos y estuvo más de un año así, inaugurado y en uso. Es una maniobra del mundo de la construcción, porque de ese modo incrementas costes indirectos, precios de materiales… Levantar un edificio como ése con su coste real no está reñido con que la ciudad tenga buenos hospitales, buena educación y el centro histórico renovado. Pero es una forma de blanquear y pagar muchos impuestos revolucionarios que tradicionalmente han rentabilizado los políticos”. Hubo quien se sintió halagado por esos grandes presupuestos que les permitían para erigir sus edificios. “Santiago trabaja con un cheque abierto y va generando arquitectura sin preocuparse de más, es como un salario. Él cree que realmente empuja Valencia y que la proporción del coste no es importante”, aclara la arquitecta.

¿Necesitaba Valencia un Guggenheim? Para la profesora Valiente la respuesta es un rotundo no, si bien matiza que no es sólo el atractivo del edificio emblemático, sino la publicidad aparejada. “Si traes la Fórmula I tengas o no la Ciudad de las Ciencias el éxito lo tienes, porque pagas mucho porque la gente venga aquí y ya encontrarán un rinconcito que enseñar, que por supuesto Valencia tiene muchísimos”.

Respecto al innombrable, Esther Valiente lo defiende sin ambages: “Calatrava es del barrio de Benimaclet, un tío muy valencianot. Aparte de ser un gran arquitecto, un gran ingeniero y un excelente licenciado en Bellas Artes, es todavía un mejor político e independientemente Santiago ha sabido moverse. Tiene muy clara la idea del sensacionalismo y crea proyectos realmente muy hermosos. Lo brillante de él es esa pureza de las líneas, esa simplicidad del color, esa tendencia de que menos es más, que ya se inició con Mies y Le Corbusier, con lo cual es sencillo, es limpio, pero a la vez orgánico”.

Fachadas imposibles, el coste de la grandilocuencia

“Hay casos claros –según Esther- en que la arquitectura está “mal proyectada, mal diseñada y mal ejecutada y otros en que es el promotor quien no define o cambia las necesidades de uso. Desgraciadamente en arquitectura todo el mundo opina y cuando hablamos de edificios públicos son los políticos los que tienen la última palabra, y cambian cosas sin sentido”. En cuanto a la monstruosidad como categoría necesaria para esta arquitectura de papel couché Esther Valiente considera que “hay veces que los edificios no están bien escalados y otras veces las dimensiones te las marca el promotor, porque quiere un hito en la ciudad y aunque no quepa”. En ese sentido, de la Ciudad de las Ciencias solamente descartaría el edificio del Ágora, ése que parece la espalda de un dragón. “Es un añadido innecesario, fuera de escala, sin versatilidad de uso y con un coste que no viene a cuento y cuyo importe se podía haber gastado en terminar las zonas de urbanización adyacentes“. Lo que no admite son las críticas sobre el presunto mal acabado de la Ópera: “Se dice que la acústica está mal resuelta; yo he estado allí en un concierto y suena extraordinariamente bien y parece sorprendente, porque en el cálculo interior hay trencadis. El azulejo del trencadis está muy vitrificado, tiene un esmalte cuya reverberación del sonido es altísima y sin embargo, está calculado para que las parábolas de madera arriba la compensen, sino no podrías estar allí, sería de locos”.

El milagro de San Dimas: “ustedes ponen la fe y yo todo lo demás”

A Luis García Tójar, profesor de la Universidad Complutense el término burbuja cultural le resulta un tanto extraño: “Si ha habido interés ha sido por la especulación inmobiliaria. La función de estos edificios es revalorizar el terreno que tienen alrededor y la prueba es que una vez que se hacen, las administraciones que los proyectan no tienen ni financiación, ni personal ni capacidad para darles contenido y muchas veces están vacíos”.

Llevado el símbolo al extremo, la cultura se mercantiliza al amparo de un buque insignia, por varado que se quede. ”La espectacularización no es el único factor que lo explica, también una hay una función política de estos sitios que pretenden servir para dar identidad, que la gente se sienta orgullosa de tener en su municipio o barrio un símbolo cultural que se supone puede atraer visitantes y pueden ver en televisión. Identidad falsa, por supuesto, como todas. Por ejemplo, lo que han hecho los vascos con el Guggenheim es de libro, cómo han utilizado la cultura para modernizar la identidad vasca”, afirma García Tójar y puntualiza “No sé si puede ser lo que ha ocurrido en Asturias con el Centro Niemeyer que está medio vacío; se ha creado un monstruo arquitectónico que nadie se atreve a utilizar. Es la conversión de la cultura en simulacros culturales como diría Baudrillard”.

Esta devoción volcada en la arquitectura deriva de una sociedad sedienta de mitos. “En todas las épocas –comenta Luis- se consumen relatos que dan cohesión al mundo que construimos. Lo que me preocupa es que estos relatos acaben con nosotros, es decir, que la gente vaya al Prado nada más que a ver la exposición temporal de masas, hiperpublicitada en el telediario y no pase por la colección”. Y el hecho de que estén vacíos resulta a todas luces muy revelador para el doctor de Sociología en la Complutense… “Claro, porque no hay ideas tampoco, porque se ha hecho el edificio antes de pensar para qué. La clave de edificios como la Tabacalera es que detrás hay un grupo de gente que quiere hacer cosas y las hacen ahí como las podrían hacer en una panadería o en la plaza. Las administraciones no tienen a esa gente, porque no se ha interesado en contratarla y al final esas infraestructuras tienden a ser colonizadas por un sector privado pujante de gestores culturales que son los que van a los ayuntamientos, a las comunidades autónomas y a los ministerios a contarles a los técnicos qué eventos crear para salir en los medios de comunicación. Hay una burocratización de la cultura”.

La retórica de los arquitectos juega con la Bensalem de la que hablaba Francis Bacon en su Nueva Atlántida, concebida como el eje de un Estado ideal. “Es una cultura desde arriba, como casi siempre, una cultura que la gente de la calle no puede decidir, ni intervenir en su creación, aunque al final como en el caso de Tabacalera la gente se las arregle para redefinir los espacios que el poder a veces les concede”. No obstante, las escapatorias de esa piel incómoda que es el mausoleo cultural no siempre son sencillas: “En estos lugares es más difícil –asegura García Tójar-, porque realmente puedes hacer muy pocas cosas y son edificios muy dirigistas, casi no hay espacios vacíos. No hay donde sentarse, lugares que no sean una tienda o una cafetería, para pensar o ver las obras con detenimiento, es un no-lugar, un lugar en circulación; la gente entra en el museo, en el recorrido establecido, atraviesa su mirada sobre las obras en el orden en que quieren que las veas y te vas lo antes posible, no sin antes pasar por la tienda”.

Las alternativas baratas ¿que no venden?

Y ya que nos han insistido una y otra vez en el Centro Social Autogestionado Tabacalera, contactamos con Jordi Claramonte, profesor de la UNED y colaborador del colectivo para que nos resuma las claves de cómo un edificio dejado de la mano de Dios se revitaliza con la participación ciudadana.Es algo tan sencillo como que la gente haga lo que quiere sin más mediaciones, sin esperar aprobación y sin que alguien proporcione los medios. Es tan complicado como tus fines o la organización que crees para poner los medios”. El estupor del contribuyente bien entrenado no puede más que brotar ante la paradoja de mecanismos que escapan a la maquinaria paralizante que en muchas ocasiones es la Administración. “A través de un proyecto se legitima, es decir, vas a los propietarios de un edificio que no tienen capacidad de darle vida y simplemente les exiges que te puedes hacer cargo poniendo ese espacio a disposición de quien quiera utilizarlo”. Bien, pero, ¿quién me asegura que al llamar al timbre de papá-Estado no me vayan a dar con la puerta en las narices? “Sí, hace cuatro o cinco años, cuando se empezó a reclamar que se abriese Tabacalera sucedió eso, pero ahora son ellos quienes vinieron pidiéndonos que organizásemos algún evento y tuvieron cintura como para escuchar la propuesta”. Atendiendo las explicaciones del profesor Claramonte todo parece de una obviedad palmaria: “Los propietarios somos nosotros, los ciudadanos, porque es un edificio público y los ciudadanos tienen derecho a hacer planteamientos sobre su uso, más que los políticos”. Queda por validar la rentabilidad… “Como en todo planteamiento económico que no sea apestosamente neoliberal hay un montón de actividades rentables socialmente que no se pueden monetizar, pero si medimos como un gestor cultural por número de visitantes o cantidad de eventos, lo nuestro genera muchísimas visitas y apariciones en prensa”. Atrás quedan las arquitecturas con nombre de marca que para Claramonte se ajustan al efecto culto cargo, en la herencia del Guggenheim: “Montas un museo con un arquitecto de prestigio e inmediatamente afluyen los turistas a la ciudad, se revitalizan los barrios, una especie de cuento de hadas”. Eso olvidando que detrás del edificio de Gehry está la reconversión industrial de una zona muy depauperada en el País Vasco. “Siempre hay una simplificación brutal y por eso cuando haces el mismo Guggenheim en Ponferrada y se produce el desastre hay quien se pregunta “¿qué he hecho mal?”, pues, todo… Aparte hay una crítica que tiene que ver con la producción de tejido social que te lleva a pensar que un esfuerzo de imaginación no vendría mal”. Mientras nos atiende, Claramonte se plantea en voz alta hacer algún seminario para analizar qué significa cultura en el ámbito del capitalismo tardío. “A lo mejor hacemos alguna cosa”, nos confiesa. Habrá quien vea exagerada esta deriva, pero basta recurrir a los manuales de Historia del Arte para asomarse a grandes proyectos urbanísticos como la remodelación de París, concebida para abrir grandes avenidas sí, pero también para sofocar más tenazmente las protestas obreras, cargadas de peligrosos adoquines. “Una de las cosas por la que nos han atacado es que aunque era para hacer cultura, la gente lo estaba usando para otros fines como organizar manifestaciones. Por eso los políticos no van a ser quienes lo incentiven de entrada, porque saben que esas cosas suelen traer aparejadas otras; la autonomía nunca es inocente y hay consecuencias que pueden no estar previstas”, concluye Jordi.

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