Una forma de resistencia

una-forma-de-resistenciaImpúdico relato de los dioses que habitan esa ducha en la casi ablución matutina. Confesiones excesivas para un narrador de la cotidianeidad de su vestirse con los consejos de otra, la que comparte esa otredad que le otorga el espejo sin intuir las ingentes provisiones de papelería que propician las caravanas de bolígrafos a un lugar remoto de la geografía casera. Luis García Montero traza el mapa de su intimidad para el lector en la que cada mañana debe escoger entre el aliño poético o el academicismo de lindes estéticas distintas para el respetable en un poema de amor a su mujer sin exclamaciones.

A partir de unas sandalias gastadas Luis nos lleva a El Cairo de olores acres que atemorizan al turista y de un reloj que atrasa a los pequeños placeres que esos contratiempos suponen, tan lejanos de la sacralización horaria con la que operan los economistas. Un escenario casero de electrodomésticos carismáticos, por cuanto están dotados de personalidad con esa juvenil nevera, el imprudente televisor o la caja de chapas vintage más de moda que nunca en su solapa, vistos los tiempos que corren y que le traen a la memoria a esos barbudos Sabina, Krahe y Chicho Sánchez Ferlosio rindiéndose en la puerta de un cuartel. Todo ello en el edificio de la madurez a la que te arrastra el sonido de tu primer disco comprado en la edad de los ganchillos predemocráticos. La lectura de este libro de estampas requiere ponerle cara a cada motivo y buscar la medida justa del tiempo para reconocer esa sombra que habita la silla de los abrigos o el apego en quien regresa como el brasero granadino año tras año tras el olvido de un ingrato verano, eso sí, con la complacencia del que observa el frotar de las cabrillas en las piernas bajo las faldas.

Porque en él descubrimos al autor ejerciendo de viejo verde en lugares no tan vigilados por la moral oficial como la cama y algo más tarde en el duermevela que provoca la prédica eclesial radiada que un poco más allá en otro texto le conduce hasta una escoba intolerante clavada donde sólo el prejuicio la sostiene, en homenaje a un deslenguado Jaime Gil de Biedma. Sin duda un repaso a la resistencia que conforma ese amor a los objetos, que no al capitalismo –que no los entiende-, de quien se niega a abandonar la negociación diaria con las chapuzas que habitan su biotopo, aquel donde la pérdida momentánea de la muleta que son las gafas le invita a mirar dentro de sí mismo y la butaca reconvertida en territorio de independencia y reflexión, en clara antonimia de la mezquina poltrona del obediente.

Una forma de resistencia. Luis García Montero. Alfaguara. Madrid, 2012. 224 páginas.

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