La camisa

olmo Superado el teatro inmediato a la guerra civil caracterizado por el apego a la comedia intrascendente o de gran densidad patriotera, la literatura dramática, a partir sobre todo de los años cincuenta, opta por olvidarse de la evasión por el entretenimiento, bien al estilo clásico del siempre popular Benavente, bien al de los innovadores de la comedia, Neville y su escéptica ironía y Mihura con un  humor absurdo disfrazado de comercialidad, pero heredero en definitiva de las vanguardias ramonianas. Aunque es realmente la implosión del realismo social la que imprime un nuevo carácter al teatro español desde una búsqueda del didactismo y la crítica a las formas convencionales a las que tan dada es la burguesía con un teatro sinuoso en el tratamiento de los temas, por la exigencia de rehuir a la siempre excesivamente obsesiva censura. Dramaturgia caracterizada por el rechazo de los usos consuetudinarios en sociedad que transigen con el sometimiento, en una denuncia de lo sociológico evidentemente extrapolable a la situación política del momento, desde una sabia oposición que sortea las barreras del buen gusto y lo permitido en ocasiones desde la protesta ante la injusticia social y en otras desde una elaboración de esa oposición mediante una postura existencial y un más acentuado psicologismo. Una senda -por la que transita sin duda Lauro Olmo con “La camisa”- que abre brecha en los cincuenta, pero que pervive en los sesenta, aunque seguida de cerca por la corriente del llamado nuevo teatro español. No obstante, cabe decir que Olmo ni otros autores realistas se autoexilian en la oposición abierta y contestataria sin fisuras, puesto que introducen en su lenguaje elementos cargados de simbología como los globos de colores o la propia camisa de Juan y personajes como don Humo, don Severo o Pum-Crak, de “El cuarto poder” driblando a los censores con frases como ese cagarse en el sol o repudiando “la estupidez receptiva de un determinado y mayoritario tipo de lector”.

Este nuevo teatro español, a pesar de ser igualmente crítico con las estructuras del sistema sociopolítico de la España franquista, se aparta de los conflictos de clase o psicológicos para adentrarse en la cosificación del ser humano. Por otra parte, su repulsa se manifiesta no en la elección de los temas desgarrados, sino en el uso de un lenguaje simbólico que de todas formas significa una opción estética tras la que se esconde también el esperpento de la dictadura, en una vuelta de tuerca. Las vías quedan a merced del autor que escoge el teatro pánico o el absurdo, o la alegoría… con el objetivo de poner en solfa la incomunicación y el desasosiego del inmovilismo en que viven.

El retrato de un fragmento en la vida de los habitantes de estos suburbios es la excusa de Lauro Olmo para ofrecer al espectador un fresco del ambiente mísero en esta España enfrentada al desarraigo como solución a sus problemas económicos. En realidad, la asfixia que padecen todos ellos a causa del paro no es más que un subterfugio del autor para hablarnos del anhelo de libertad ejemplificado por los globos del tío Maravillas con soluciones más o menos definitivas como la lotería que salva a Lolo de esa subsistencia o traumáticas como la decisión de Lola de marcharse fuera de España a servir como empleada doméstica para sacar de la penuria a su familia, pese a la oposición de su marido.

Este eje central se expande en temas adyacentes como el alcoholismo que atenaza a las clases obreras, el analfabetismo, el machismo y la consiguiente violencia de género como forma de relación normalizada en pareja; el fracaso social que se identifica con el símbolo de esa camisa imposible de conseguir como la libertad y que por otra parte refleja el estatismo de una sociedad hecha para los integrados e inhóspita para los que se sitúan en sus márgenes. Entre las formas de evasión tenemos: la emigración que se entiende como el remedio providencial a la catástrofe económica y que además en este caso, lleva aparejada la defensa de la condición femenina, percibida como la única que muestra arrojo y valentía para sobreponerse a las dificultades, independientemente de la generación a la que nos refiramos, ya que tanto Lola como su hija están dispuestas a sacrificarse por amor, del mismo modo que la abuela o Balbina se atreven en un mundo de hombre apalancados en la cobardía de la taberna del señor Paco; el fútbol, que como el cine, la naif venta ambulante de globos o el satélite de no se sabe si rusos o americanos facilita la creación de un paraíso artificial donde la vida es más fácil y un Olimpo para las clases menos pudientes en el que refugiarse de tanta carestía.

Las gentes de este Madrid son seres de escasa formación en los que siguen presentes los prejuicios de clase, de ahí la obsesión por tener una indumentaria presentable, los abusos del dominador sea en el ámbito personal como en el sexual, con un señor Paco que tan pronto menosprecia a sus clientes como se propasa con Lolita que con Nacho representa aún la ingenuidad y la pureza.

Probablemente el personaje central por lo tentacular de su acción y su relación con el resto de las figuras gracias a su establecimiento de bebidas es el señor Paco, un sujeto carente de escrúpulos que impone su ley del silencio, al ser el más rico del entorno a estos desheredados acogotados por el alcohol y la desesperación. En su bar se reúnen tanto los hombres, apocados unos, esperanzados todos en un futuro mejor que no llega y que no todos están convencidos de salir a buscar, como Sebas, Lolo, Luis, Ricardo, el tío Maravillas o Juan. Precisamente es la peripecia de Juan, el protagonista, la que hilvana la trama principal, con sus disquisiciones sobre lo que es salir de la pobreza, ese honor malentendido donde la honra consiste en mantener a las mujeres bajo su égida. Y así tenemos a Lola, su mujer, tenaz en su convencimiento de escapar del ahogo del desempleo con una decisión tan atrevida como la de emigrar; Lolita, aún inocente, pero ya apetecible para el desalmado señor Paco que acumula sus ganancias a costa de sangrar a los parroquianos de su tasca y al que le interesa que el statu quo permanezca invariable, en clara alusión a la autocracia vigente en la España de los cincuenta; y colateralmente a Agustinillo y a Nacho, hijo y “futuro yerno”, con sus sueños de adolescencia y esa niñez que no terminan de despegarse, dependientes todavía del hombre de la casa o a la abuela y Balbina, que representan en parte las misma posiciones de osadía y retraimiento, de empuje y conservadurismo de Lola y Juan. Por último, nos queda María, en la que el autor relata quizá el destino que espera al matrimonio protagonista de obcecarse hasta el desgaste en ese machismo cerval.  Se configura así un triple triángulo emocional que expresa la evolución de la pareja en la España de la dictadura desde la inocencia de Nacho y Lolita, con sus ilusiones aún por poner a prueba, al modo de la pareja joven de la Commedia dell’arte, Juan y Lola, que han cumplido con todas las obligaciones sociales como el matrimonio o la bendición de los hijos, pero no por ello han obtenido las promesas de esa vida idílica que nunca llega y les conduce quizá a ese desencuentro personificado por María y Ricardo.

En medio de toda esta degradación moral y el hartazgo de los personajes queda un resquicio para la felicidad que el autor se encarga de recalcar recuperando la jerga de los chabolistas, con un punto castizo ciertamente cómico. Pero no sólo en el lenguaje, sino además en las situaciones que van desgranando, con el descreído señor Paco y su teoría sobre la relación entre la ubicación del corazón y la posición de la cartera, la chulería de Nacho y el infantilismo de Agustinillo que nos regalan momentos entrañables de hasta donde es capaz de llegar el señor Paco en sus perversiones, pagando a los golfillos para simular un accidente y así ver las faldas levantadas de una incauta. O las conversaciones de mesa camilla de la abuela con Balbina en las que aún se nota vibrar la sangre de la carnalidad en estas dos hembras de raza, preocupadas por la turgencia imparable de Lolita, demasiado aleccionada ya por el cine, según la una. Y las peroratas del tío Maravillas que se levanta contra el represor con su particular guerra de globos de colores que suelta en rebeldía con ese sentimiento patriótico que además le mueve a comparar globos con satélites, tal vez por el hábito de la época de hacer comparanzas tecnológicas de España con otros países por gravosas que fueran a la postre. Sin olvidarnos de la pelea cotidiana en la mesa de la familia protagonista por las sardinas arenques y los tomates siempre saldadas a favor del elemento masculino que es quien debe comer para levantar la casa.

Y si no fuera por lo trágico del trasfondo que hay tras la persecución en pos de la camisa, resultaría cómico el relato que se hace de la historia de otras prendas similares o de cómo al final se compone la camisa con retazos de otras para aparentar lo que en definitiva no se es.

La camisa

Lauro Olmo

Cátedra. Madrid, 2007

328 páginas 

10,60 € 

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