La flor roja

la flor roja

El enfermo está loco y su obsesión es esa flor roja. Sus momentos de lucidez llegan en mitad de la noche, cuando el ruido ambiente desaparece. La patologización de las vivencias procede entonces del otro. Éste es un loco que llega a la institución psiquiátrica fuerte, arrollador, avasallando, porque ya sabe lo que supone el internamiento. En la Rusia de Alejandro III sigue sin haber sitio para la disidencia. El sueño reparador invierte sus términos en esta breve pieza y transforma al cuerdo en uno más, en otro loco en el manicomio, porque para eso ha ido a parar allí.

Comparte con sus compañeros de reclusión esa mirada diferente y la suya es una fijación teñida del color que será el de los futuros revolucionarios, quizá porque él se siente también una flor roja que hay que arrancar, puede que ésa sea la idea global que alberga en su alma atormentada. En realidad no está solo, “en este lugar hay unos cuantos como yo”, aunque él afronte con la dignidad de su reflexión el malestar de su encierro. Los que no viven el cautiverio con ese sentido misional no debieran permanecer allí, al menos eso es lo que declara, por la atrocidad que significa la separación para que el que no sufre del síndrome del apocalíptico. Él sí, él padece el hambre de su convicción que mueve al abandono.

Nuevamente visionario Garshin asegura que “ninguna autoridad goza por parte de sus subordinados de un respeto comparable al del psiquiatra por parte de sus dementes”. Luego habrá muchos ilustres que escondan la bata en años venideros a los que las masas seguirán con un respeto reverencial…, los grandes tiranos que aprovechan esa enajenación del ciudadano en sus cavilaciones. Por eso los locos son oriundos de todos los países, porque la vida y la muerte los ahogan en ese sanatorio de voces que deben ser silenciadas y por eso el protagonista dice ser capaz de leer los pensamientos de los demás, porque la suya es una historia compartida que incluso puede seguirse a modo de crónica en los estucos de las paredes.

El ser humano descubre su condición de apartado, su condena a un espacio donde la actividad se ralentiza y se ejecuta de manera mecánica, ordenada, enfermiza; para alzar los ánimos de los desesperados lo mejor es mantenerlos ocupados en acciones inútiles que les hagan olvidarse de esa rara flor de la insurgencia, “impregnada de toda la sangre derramada”. Por eso es en la penumbra donde el individuo despierta a su cuerpo, a sus sensaciones, a un cerebro asesado.

Habrá quien considere como él que la coherencia se va perdiendo en el camino de la corrección, pero no está loco, sabe perfectamente que toda flor roja suele estar sitiada por malas hierbas y que aquel gorro que le ofrecen es el paso previo para despedirse de su identidad. La energía que desprende esa florecilla podrá ser un opio para quien no sepa destruirla tiempo, cargada como está con la fuerza de las ideas. Pero no hay de qué preocuparse en el hospital los alaridos se sofocan en el mutismo de lo igual, porque aunque ahora no griten, su criptograma es el mismo y su proeza es la que antes intentaron otros. Matarán la agitación momentánea, pero el desvarío causado por aquellos que encierran los pensamientos hará una y otra vez a generaciones de locos zafarse de sus ataduras para ser ellos quienes luchen por su libertad o la entreguen, dormidos entre las flores de su victoria, la de la recuperación de sus sentido.

 

La flor roja. Vsevolod Garshin. Nevsky Prospects. Madrid, 2011. 72 páginas.

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