Escaparates

P1130557Gente de la alta alcurnia, una frase que siempre he oído en mi casa para referirse a esa clase de familia arisca, ennoblecida y habitualmente con posesiones a la que hay que pedir audiencia para visitarla. En estos días nuestra alcurnia debería ser más que nunca la “kunya”, esa posesión que es el cariño de los que nunca nos fallan o si lo hacen se debe a un exceso de amor. Porque laextravagancia de los afectos nos lleva a veces a propasarnos en el cuidado, a excedernos en las atenciones y entonces el pajarito que es el ser querido queda oprimido en ese nido espinoso del mimo.

Perdemos parte de la identidad cuando desaparece un ser querido -un término que nunca me ha gustado- y probablemente sea porque a veces atesoramos a las personas como parte de nuestras propiedades y por eso queremos decidir incluso cuándo o cómo nos han de mostrar afecto. ¡Ningún objeto se revuelve cuando lo depositas en la estantería! Y a veces pretendemos que la familia sea eso, un objeto desechable que recuperamos del olvido cuando nos interesa y que expulsamos de nuestra vida en el momento en que hemos cogido fuerzas suficientes para seguir andando. Esa modalidad es la conocida como rincón del terapeuta al que recurres en caso de necesidad, abonando abrazos y besos y del que te deshaces una vez que has vuelto a recobrar la calma interior. Ahí es donde se enciman la alcurnia y el rancio abolengo, pero no ciertamente en la aristocracia de los sentimientos, sino en el hábito de trasvasar preocupaciones, malestares, quejas al de al lado esperando que absorba parte de tu dolor, costumbre para la que se suele escoger a los más preparados, a los elegidos en interponerse como cascos de Naciones Unidas. Hasta que la fuerza de interposición queda recubierta de una espesa capa de desolación que es el residuo de los conflictos propios de los orígenes compartidos y entonces no hay psicólogo del ejército que te pueda echar una mano.

Hay algo de botonadura en esta imagen, de retratos que uno lleva en la guerrera diaria de sus emociones, porque son las que has ido soldando a la coraza con que sales a la calle y que abrochas metódicamente, siempre sin que quede ningún botón suelto, haya o no bronca de por medio, porque el hilo de la familia nunca se deshilacha por mucho que lo muerdas para iniciar una nueva vida con casaca de estreno. ¡Más te vale adecentar tu indumentaria, porque es la que se mantendrá siempre al fondo del armario! Y porque tú como yo te acuerdas de todos y cada uno de los botones cada vez que ejecutas ese gesto mecánico de vestirte, por aburrido que sea…, pues eso es la familia.

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