Las águilas de los nacionalismos

En muchas banderas luce un águila, símbolo de una grandeza perdida y añorada y signo de un nacionalismo cohesionador que pretende reunir fuerzas con un discurso victimista. Los otros son los malos, los torturadores, los expoliadores, los imperialistas, pero al final de esa cancioncilla siempre se vislumbra el ave de otros tiempos, el abrazo emplumado de quien en su misión liberadora quiere ser nueva madre para otros a los que cree sometidos o que pretende recuperar para una historia que creen les pertenece. Frente a ellos estamos quienes concebimos la historia de los pueblos como un abrazo entre las comunidades, los que tratamos de intuir las similitudes y los puentes y tendemos el hilo del entendimiento que muchas veces representa la cultura. Somos más los que estamos dispuestos a enhebrar la aguja de la alianza, pero las águilas siempre despliegan las alas con el ímpetu de las proclamas, arrollando con su propaganda los esfuerzos por desdibujar el trazo de las fronteras que hacemos los demás diariamente.

Hay muchos que no han vivido una guerra, aunque parecieran echar de menos sus cánticos, la camaradería de esos tiempos, desdeñando la desolación que deja en las vidas de quienes sufren por unas siglas y combaten preguntándose si no había otro calor más allá de la trinchera. Allí se refugian en años de paz los que abanderan la política del desasosiego, porque es la mejor manera de hacernos empuñar un fusil contra el otro al que sin olvidásemos esa ceguera podríamos considerar un buen vecino.

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