Las botellas del señor Klein

klein¿A quién no le gustaría probar las virtudes de ese cristal tan delicado que al contacto con las pieles más íntimas hace vibrar las notas más altas? Yo no sé si el señor Klein es diminuto o no, pero seguramente merece la pena catar su descubrimiento artesanal. Pero ésa es sólo una de las intrigas de esta novela hecha de almazuelas, con tatuajes en zonas recónditas para el amante poco curioso y con pieles consignadas por entero al placer de ser horadadas una y otra vez.

Un libro de yakuzas postizos y un jefe de la partida de maleantes, o Asamblea de la Iluminación Universal, como se prefiera, Belarmino Wu, que retoma el cientifismo filosófico de los personajes de Pérez de Ayala en esa secta de “orientales orientalistas” de moral difusa como la lógica de las lavadoras de última tecnología. Un guiño, el de escoger ese nombre de Wu, en alusión a lo mejor a ese proyecto de banda de escritores, tan falsos en su orientalidad como estos promiscuos desenraizados.

Los relatos que se confunden tienen algo de la caverna platónica con personajes de ojos quemados que no saben distinguir al fin la realidad de la imaginaria, el sexo mercenario de K. Júnior y su esposa arrollados por el intercambio corporal llevado al extremo de la cirugía-espectáculo, escenas de sexo que concluyen en una metamorfosis reptiliana en la acidia postcoital, reflexiones sobre la perversidad de los celos o historias de seres minúsculos que deben huir de la civilización luego de ser arrancados de un empíreo de la marginalidad. Habrá que capturar las botellas arrojadas al mar para que relatores como éste no dejen de escribir mientras dure el mundo…

Las botellas del señor Klein. Óscar Calavia. Lengua de trapo. Madrid, 2008. 185 páginas.

Anuncios