En tierra de sangre y miel

Nada humano me es ajeno

El mundo de la apariencia, el desdoblamiento del ser humano en un conflicto que sitúa a cada persona al límite de sus renuncias morales. La cotidianeidad del crimen, de la muerte como acontecer diario, que se puede olvidar en el mismo instante en que se comete y los refuerzos que la ideología ofrece al débil cuando las convicciones éticas deben disiparse en pro de un objetivo superior, una misión revestida de mesianismo por los dirigentes políticos.

Es entonces cuando no hay compasión ante el lloro de un niño, ni por la edad provecta de la anciana, ni por quien te servía el pan caliente hace apenas unos meses, ni por tener que recurrir a mujeres como escudos humanos para exterminar al contrincante con lanzallamas. Claro que siempre es preferible el casi vicario combate desde las colinas, donde los perfiles apenas se aprecian y no llega el olor a carne quemada. La guerra de los Balcanes fue esa trinchera confusa en la que había que posicionarse, embarrada por todos los resquemores de quienes hasta hace poco convivían sin aparentemente reparar en religiones, etnias y adscripciones políticas y donde se ejercia el oficio de la violencia con la calma que otorgan las justificaciones que nos trascienden.

No creo que la película trate sobre una batalla concreta, ni que el escenario sea única e indiscutiblemente el de la guerra en Bosnia y no otro, muy al contrario pienso que la película -sobre la que podríamos valorar su calidad total como producto fílmico, la redondez de su guión, la fuerza de sus escenas…- pretende ofrecer una anécdota que sirva para la denuncia de una fenómeno globalmente consentido, el uso de la violación como arma de guerra. Ahí están las imágenes del hacinamiento de las mujeres consideradas aptas imagino para satisfacer la sevicia de los militares, transformadas en harapos obligados a repudiar su condición femenina que es la que las convierte en objeto de cosificación y tortura. Pero no sólo eso, la cinta de Angelina Jolie reflexiona seguramente con cierto maniqueismo, en torno a la transformación del hombre en carcelero del otro, amparado por las condiciones idóneas que para ello brinda la contienda bélica. Danijel (Goran Kostić) deja de ser el amante de los tiempos anteriores a la guerra, para pasar a propietario de Ajla (Zana Marjanović), con menos perverso divertimento que en aquel “Portero de noche” de Liliana Cavani, pero la misma carga de sadomasoquismo que caracterizaba a aquellos personajes, incapaces de sustraerse a una pasión prohibida. Como ellos, los protagonistas de “En tierra de sangre y miel” se ven inmersos en otras circunstancias, muy distintas a las que hacían de su amor una decisión libre y adoptan los conocidos papeles de agresor y víctima sumisa tan propios de una relación de violencia de género. Con el agravante de que la mezcla étnica que supone su pasión era algo comúnmente aceptado en la Yugoslavia de los matrimonios mixtos de antaño.

Ajla desarrolla las herramientas de supervivencia de la buena encarcelada, puede que conserve parte del amor previo a su celador, este militar con el que tiene sexo dosificado, exento de la brutalidad que ha vivido en otros momentos de su encierro, pero sobre todo ha aprendido la importancia del silencio de sus propios prejuicios, de los reparos que en una situación normal tendría para acostarse con el asesino de los suyos, porque ha de seguir con vida. No vemos en su trato perversiones sofisticadas como las que retrata Coover en “Azotando a la doncella”, no hay nada de sensual en su relación, si acaso al observarla percibimos que al igual que ella pasea con delectación por ese museo nocturno sólo para ella, él ha hecho de esta mujer su pieza preferida de coleccionista. Por eso no quiere otra y por eso la mayor ofensa es saber que ha compartido sin saberlo su cuerpo con el de otro hombre, una bestia como él en el frente, pero despojada de los miramientos y las cortesías del enamorado en la cama. Precisamente esa inacabada visita por la galería de arte es otro recordatorio más, el del desprecio de todo aquello que significó la cultura y que ahora calla bajo el estruendo de las bombas, porque nadie en su sano juicio continuaría cometiendo atrocidades de mantener su sensibilidad, por eso los recintos culturales son objetivo prioritario en la batalla, pues permiten borrar los vestigios de una incómoda historia y porque en tiempo de granadas no hay espacio mental para recuperar la cordura que significa el arte, por penoso que sea.

No es casual que la protagonista sea pintora: todo ejército triunfante necesita de retratistas oficiales de sus victorias, aunque en este caso se añade la percepción de quien por su trabajo está habituado a detener la mirada. Al sentarse ante el lienzo para bosquejar el rostro del general Nebojsa, el padre de Danijel, los espectadores nos vemos obligados como ella a contemplar al que está enfrente, alguien que no es sino su vecino, un animal herido por las barbaridades de una antigua guerra que vienen a desovar en ésta. Probablemente sea pronto para hacer revisionismo y aquilatar las responsabilidades, la propia directora aseguraba sentirse confusa sobre lo que había sucedido en los Balcanes… La única certeza ha de ser la de no mirar hacia otro lado.

Alicia González

Ficha técnica

País: EEUU.
Año: 2012.
Duración: 127 min.
Género: Drama.
Reparto: Zana Marjanovic, Goran Kostic, Rade Serbedzija, Vanesa Glodjo, Nikola Djuricko, Branko Djuric, Fedja Stukan, Alma Terzic, Jelena Jovanova, Ermin Bravo, Boris Ler.
Guión: Angelina Jolie.
Producción: GK Films.
Música: Gabriel Yared.
Fotografía: Dean Semler.
Dirección: Angelina Jolie

(Ver más)

 

Anuncios