El cansancio ajeno

elcansancioajenoTorbellinos de aire rehúyen abrazar a la enredadera, mientras el musgo aguarda conquistar “los muebles enviudados”. Encontramos el cansancio ajeno en esas curvas que quisiera ocupar la silla acariciada en su descanso imposible. Un amor expresado con melancólica emoción, más que arrebato carnal, como si las manos se hubieran transformado en ramas y la pasión en insomnio o en dolor amante sepultado en las palmas de las manos.

El mundo es percibido por Popa como espacio cerrado por la bóveda celeste, a veces empedrada, tal vez en una concepción fabulística y heredera de los cuentos infantiles a los que tan fiel era. De ahí esas rimas con guijarros, partos de piedra en conversación con el viento, quizá elementos de esa abstracción de lo terreno o sedimentos de su hermetismo. Esta poesía completa está poblada de poemas muy rurales y muy urbanos donde la naturaleza, esté o no asfaltada se esmera en servir de escenario vital, porque las miradas son calles y las paredes se esfuman en casas ciegas por las que deambula la juventud verde, nutrida de sorpresa o en el peor de los casos los días muertos compartidos.

El poeta dice ser en todo lo que transita el ser amado y florecer en el toque salvífico de su presencia. Al tiempo, escuchamos juegos rítmicos que podrían retrotraernos a esa Yugoslavia de sobreentendidos, de no moverse bajo la piedra, de convicciones del no lo haré, trenes llenos de asesinos, aldeas sitiadas por perros y gritos ahogados en la cabeza –quizá del prisionero en el campo de concentración que fue el escritor serbio-, soñando bocados de sol y enrollándose en el dolor de los trapitos, las prendas de la cotidianeidad con la que cubrir ese monstruo desollado al que la rutina llega a reconocer que desconoce. La que ya no existe, casa donde recibir al serrador de una Pristina, camino de la independencia.

El cansancio ajeno. Vasko Popa. Vaso roto. Madrid. 2012. 656 páginas.

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