El horror dulcemente pixelado

Simeón Saiz Ruiz nos empuja a redescubrir el dolor

Aplicando la distancia podemos engañar a los sentidos, hacer que las emociones dejen de embargarnos, separarnos de la tragedia para percibirla en un plano más ajeno si cabe. Los dramas cotidianos cargan con algo de este axioma necesario, con la obligación de minimizar sus efectos para continuar sedados y no sentirnos constantemente agredidos por esos malestares de los que, de interpretarlos en su medida, nos doleríamos como si fueran propios. Por eso la incorporación de la dosis de sufrimiento diario en nuestros telediarios anestesia nuestra percepción como espectadores y banaliza las grandes catástrofes para convertirlas en parte del espectáculo entretenido que completa la escaleta de un programa televisivo.

Pero en ocasiones el distanciamiento aplica reglas perversas, porque tomando el espacio debido para que un lienzo respire podemos descubrir en él nuestro propio enajenamiento, nuestra alienación como seres humanos, al menos desde la perspectiva de haber sido capaces de dejar de empatizar con los padecimientos de los otros. Es el caso de las obras de gran formato de Simeón Saiz Ruiz. En ellas, de cerca, el visitante contempla un radiante campo multicolor, un paisaje amable retratado casi al modo puntillista de extremar el detalle cual ocelo de insecto. Pero al alejarse, al otorgar al cuadro la dimensión real del escenario observamos con horror que, aquellas imágenes aparentemente coloristas, ejecutadas como si se tratara de una labor de aguja esconden los cuerpos sin vida de la guerra de los Balcanes. Ciertamente el juego se torna macabro cuando el espectador se encuentra a sí mismo expulsado de su lugar de seguridad, de su posición crítica, sin implicación, la que todos mantenemos delante del televisor, para verse arrojado a los pies de la obra, como las colaboracionistas francesas en su pública humillación, sin poder dar otra excusa que la voluntaria ceguera con la que quiso protegerse de la contundencia del golpe, de la barbarie que habitualmente contenemos con el discurso fácil de la valoración desapasionada. El gancho en el estómago es aún mayor cuando el observador descubre que esa recreación podría ser sin duda el fotograma pixelado que despreció durante el último zapping. La dificultad estriba en reconocerse en ese comportamiento, en frotarse los ojos al identificar esa violencia sin paliativos, y en no poder poner ya excusas para justificar el silencio ante la injusticia, ante el documento audiovisual desde el que las víctimas reclaman nuestra acción.

En su cuestionamiento del pasivo espectador Simeón Saiz Ruiz nos transforma en testigos incómodos y nos impide mirar hacia otro lado, al menos mientras siga caliente en el lienzo la sangre de los “Cadáveres de presos muertos en los bombardeos de la OTAN contra la cárcel de Istok”, la “Mujer croata muerta sobre alfombra, víctima de comando bosnio” o las víctimas colaterales del “Error de la OTAN en Grddelica Ravino (Yugoslavia) al atacar un tren de pasajeros”… Por eso en alguna de sus muestras plásticas se han presentado bajo el título de “J’est un je” para empujarnos a recobrar la conciencia de que ese yo retratado bien podríamos ser nosotros, por el desdoblamiento y el cambio de paradigma tras la contemplación de sus piezas.

(Más info)

Alicia González

Anuncios