Premio a un autor que sigue ardiendo en cada historia

2Luis Mateo Díez recibe el premio Umbral al libro del año 2012

 

Alicia González

 

Había que estar allí para contemplar la seriedad con la que Umbral, poema-objeto en un rincón, máquina de escribir puesta en pie y bufanda blanca erguida sobre el atril contemplaba a Luis Mateo Díez recoger cual chiquillo premiado en certamen infantil el diploma que lo acreditaba como ganador de la edición de este año del premio al libro del año que toma su nombre de la fundación de don Paco. Porque el leonés no ha perdido un ápice de su entusiasmo primero como escritor, si acaso ha ganado en acrecentar el perfil quijadiano, por quijotesco en los rasgos y tal vez en la escritura, pues intuimos en “La cabeza en llamas” mucho de esa irreverencia del “Licenciado Vidriera” cervantino, dispuesto a incomodar con su incendiario y extraviado parlamento, armado con la labia “el arma de los desesperados”, galdosiano en otras, a través de esos secretos de familia hechos narración en el territorio de lo fronterizo, donde la imaginación tiene más espacio para ese estremecimiento que el lector fiel de Luis Mateo Díez busca con agrado en cada uno de sus libros.

En ese partido de tenis que fue la conversación entre Manuel Longares y el de Villablino con Fernando Rodríguez Lafuente de árbitro de pista, encontramos al autor en diálogo casi consigo mismo, siguiendo el autoconocimiento al modo de Valente, mientras atendía las explicaciones de uno y otro sobre su obra, interesado como está en entender los destinos de cada historia vistos por sus lectores –esta vez aventajados compañeros de mesa- y confesando las contabilidades, casi agrimensura de la idea matriz, que el autor se plantea al componer el cuadro de las tramas para acomodar a relato o novela esa “exploración del alma” como la definió Carmen Iglesias, miembro del jurado, en cuyos latidos aseguró, el lector se reconoce. Luis Mateo reveló a sus seguidores cómo durante el proceso de elaboración del personaje él escudriña a su criatura, siguiendo sus pasos, escuchando “para ver lo que él puede decir”. Por algo confesó que entre sus mayores satisfacciones se encuentra la de pasar desapercibido para el lector desatento, que recuerda a sus personajes, pero olvida la paternidad del relato, lo que nos hace entender el envenenamiento placentero de un autor que halla su gratificación en el gusto por contar, fruto de su admiración por el Dostoievski que bajó al pozo de las pasiones para mostrarnos su complejidad y herencia a la vez de esa tradición filandonera de reunirse a la lumbre de la charla.

Pirómano él mismo, el escritor leonés ejercita el músculo de narrador creando cuatro historias de diferente factura rumbo al lado oscuro de la condición humana, desde la ironía y la reflexión libertaria, la misma que le hizo asegurar que “la cultura está tocada del ala”. Una lucidez que comparten sus personajes en esta comedia humana, en palabras de Carmen Iglesias, teñida de la melancolía que acarrea sobre los hombros la contemplación de la desgracia. No por eso, sino para compartir la comunidad del momento, el acto contó con la presencia de amigos del autor como José María Merino, Santos Sanz Villanueva y Juan Pedro Aparicio, entre otros, para quitar solemne ambiente catedralicio al evento –por la elección del espacio- y dar calor a uno de sus pares, “el mejor de nuestra generación” a juicio del ganador de la primera edición del premio, Manuel Longares.

Anuncios