Pesadilla capilar en Capadocia

El entusiasmo por la conservación de reliquias hace que los amantes de las rarezas dispongan de fetiches tan extraños como la saliva de Hitler en una toalla requisada clandestinamente en el Berghof o el último aliento de Edison. Ni qué decir que si entramos en el recuento de todo tipo de miembros anatómicos célebres, especialmente de santos y beatos la lista podría hacerse interminable.

Pero no hay que irse al oscurantismo religioso o al coleccionismo más freak como la simpática Leila Cohoon de Missouri: en nuestra tradición reciente encontramos los “detentebala” carlistas o el relicario de la canción. Precisamente en la confección de éstos, más que trocitos de capotes de torería se empleaban mechones de cabello de la persona fallecida, a la que se quería honrar, o recordar quizá morbosamente como en la mítica colección de camafeos de vello púbico de sus más de 3.000 amantes que dice la leyenda atesoraba el general Miranda, aquel que acabó sus días en La Carraca. Pensemos en las tribus indias de las películas del Oeste y en el tópico de que arrancaban cabelleras, costumbre que, al parecer fue sobre todo alentada por los hombres blancos que pedían a sus sicarios indígenas esta prueba de “trabajo bien hecho” cuando cobraban piezas de tribus rivales en el frente de batalla, aunque los omaha o los mimac cultivaban también este macabro ritual. Más bien habría que remontarse a los escitas para recuperar los orígenes de esa moda tan gore de adornarse con las pelambreras del enemigo a modo de trofeo.

A Galip Körükçü se le fue de las manos… Unos dicen que todo comenzó como una apuesta del alfarero, allá por 1979, para entrar en el Libro de los Récord Guinness, otros aseguran que fueron razones meramente comerciales -lograr participantes en sus cursos de cerámica- o simplemente crear un extravagante libro de visitas a su taller de alfarería. Lo que es incuestionable es que el acopio de muestras capilares de cabello femenino ha hecho de este museo en Avanos, la Capadocia turca, el sexto museo más bizarro del mundo. No hablamos de rasuraciones de pubis donadas gentilmente; en este caso, se trata de fragmentos de melenas que las mujeres, visitantes más asiduas del recinto, ofrecen al curioso coleccionista como si de modernas Berenices se tratara o que el alfarero recopila gustosamente provisto de tijeras cual Eduardo Manostijeras turco a quien tenga a bien prestarse. Siempre están las que buscan la parte positiva y se aferran a la superstición de que si regalas unos mechones tus deseos se harán realidad…

Tal vez sea solamente un resabio de mitos clásicos por aquellos zarcillos de Medusa convertidos en serpientes, o la contemplación de la procesual y transgresora utilización del cabello por artistas como Gabriel de la Mora, pero sólo el hecho de pensar en transitar por los pasillos de estas cuevas da un poco de repelús, algo así como quedarse encerrado en la Cripta de los Capuchinos en Sicilia. Desde luego, el perfumista Jean-Baptiste Grenouille hubiera disfrutado extrayendo las aromáticas esencias de estas “amantes” expuestas como incompletos retratos pilosos. Asomarse a este museo del pelo para un caetofóbico -hay quien se excede sin serlo en la depilación extrema- o sencillamente alguien que tuviera en la infancia pesadillas recurrentes con hombres-lobo es enfrentarse a sus temores más irracionales. Los techos están literalmente forrados con cabello humano, convenientemente etiquetados para conocer la procedencia de la donante, su nombre, incluso su número de teléfono, por lo que el paseo puede ser incluso rentable para preparar una futura cita. Dos veces al año además realizan un sorteo seleccionando entre diez de las cabelleras residentes de la cueva para invitar a las premiadas a una estancia en el taller de cerámica vidriada. Imaginamos que la esposa francesa del propietario de Chez Galip estará de acuerdo con este inusual concurso capilar… No dudamos que como él mismo dice esta colección “no tiene precedentes en el mundo”, pues son ya más de 16.000 las melenas que cuelgan de techos y paredes, en un macabro muestrario que haría feliz a las indecisas a la hora de elegir tinte en la peluquería.

Alicia González

 

 

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