Detrás de las máscaras seguimos siendo nosotros

tineiOlvidarse de la identidad con Alexander Tinei

Personas heridas en azul, magulladas por trazos que pueden ser las manos de otros agrediéndoles o simplemente el recorrido del sistema circulatorio evidenciado a ras de piel como en aquel “All that jazz” de Bob Fosse, en la que un coreógrafo se veía asediado por sus propias pesadillas de muerte, identificadas en dos mujeres de estupendos movimientos y ajustadísimas mallas serigrafiadas de venas y arterias. Tal vez Alexander Tinei esté conjurando algún tipo de muerte azulada semejante en sus obras. Algunos han leído las manchas azuladas de los cuerpos blanquecinos en las figuras de sus obras como tatuajes, aunque al buen cinéfilo le venga a la memoria aquella Prissy, la cyborg de Blade Runner, Daryl Hannah, a.de o. (antes de operaciones), también ella acrobática y ceñida en sus evoluciones para atemorizar a Deckard (Harrison Ford) y hacerle desistir de su persecución. Pero no sólo azules, si escarban en sus lienzos descubrirán líneas rojizas en algún brazo, como en el cuadro titulado “Red stripe” de este mismo año o en el que retrata a una muchacha que bien podría estar inyectándose droga y sin embargo, blande entre los dedos una pluma con la que quizá se ha escarificado parte del cuerpo. Como los Nexus-6 los personajes de este artista moldavo nos parecen humanos, pero como ellos en sus rostros percibimos la carencia de esa empatía humana cada vez más en peligro de extinción.

Algunos de los cuerpos transparentes y venosos de Tinei, poblados de los graffitis de la degradación que es la vida como el mismo asegura, cuelgan de árboles en posiciones que recuerdan a saltadores de natación inertes, congelados en el acto, pero también a los pedazos de cuerpos que Goya vislumbró en la retirada del ejército napoleónico, en esos “Desastres de la guerra”. La única vida que se plasma en el lienzo es la de un trío de pavos reales, uno de los cuales observa la imposible disposición del hombre que junta las manos como en una última plegaria. El ejemplo más obvio de despersonalización lo tenemos en la mirada ausente del muchacho vestido de soldado -nada más impersonal que alistarse-, con los ojos desaparecidos tras opacas manchas azules o esa profesora de música, cargada con el acordeón en una de esas poses estatuidas que hemos visto reproducidas cientos de veces en la iconografía de esa tradición del tupé y los tiempos felices del padrecito.

A medida que avanzamos en su trayectoria muchas de sus figuras han perdido las referencias personales: tienen los ojos cubiertos por antifaces, se cubren parcialmente con sus manos o sus brazos, o enmascaran sus rostros mediante pinturas casi animalísticas -como osos-panda en esa pareja que jóvenes los “Picasso children” con algo de punk en su indumentaria y la actitud del Syd Vicious de antaño, un más que presumible Warhol al que ha retratado en varias series con su pelo disparado, seres que ocultan sus cabezas en cajas de cartón o los que utilizan sus manos a modo de caretas improvisadas, elaborando grotescos monstruos-, pintadas que llegan a cubrir todo el semblante de esa mujer de ojos entornados. Otros simplemente están de espaldas al espectador, para que nos fijemos en la actitudes habitualmente ocultas, las que pasan delante de nosotros de manera imperceptible y que en ocasiones dicen más de lo que creemos de nosotros mismos: son las prendas que nos protegen, es la melena ondulada y eterna de esta dama romántica y tal es el caso también de lo que bien puede ser una madre y su hijo. Únicamente sabemos del supuesto sexo de ella a partir de sus sujetador y presumimos esa relación materno-filial por la forma en que él se agarra a la cabeza de ella, pasando el brazo por el hombro, con ese total abandono que sólo se da con personas en las que confiamos plenamente. Aun así Tinei nos hace sentir el enigmático desvalimiento de esas seis figuras sumergidas en un agua oscura, dándonos la espalda, sujetándose unas a otras o avanzando a tientas, pegados para intuir la proximidad del otro o apartándose, en realidad son las opciones de vida que todos en algún momento tomamos, seguir solos o contar con alguien de modo más o menos dependiente para compartir esa ceguera de la que hablaba Saramago. En el mejor de los casos entre todos podemos componer construcciones humanas entrelazando brazos, piernas, contorsionándonos y creando torres donde todos los elementos del engranaje son necesarios por mucho que los rostros no estén demudados, permanezcan inexpresivos, restando importancia a la conjunción de miembros a la subyacente dominación o sometimiento si se quiere.

El artista moldavo, soviético por formación como él mismo reconoce, reclama la potencialidad del espíritu por su poder revolucionario, más evidente en sus obras iniciales, como “Cast an Eye”, en la que la carne humana no ha perdido aún su coloración sonrosada, pero está cubierta de lo que suponemos sangre, en un entorno de cajetillas, definiciones de diccionario y titulares de periódico con los que seguramente se alimenta el protagonista de la pieza, pues a los pies están caídos cubierto y tenedor. En estas primeras obras las naturalezas muertas que rodean a los personajes adquieren mayor relieve como en “Gong-Zum or Vasile Chirita`s Spase”: los aperos en torno al aldeano con su gayata nos dan una idea muy precisa del universo del paisano, cuarteado como la tierra a la que está apegado. Más adelante, los cuerpos blanquecinos, paralizados, se torsionarán para mimetizarse con los árboles de un paisaje oscuro que no vemos o sostendrán las osamentas de piezas de caza mayor en esos cuentos macabros de bellas durmientes o mitológicos augurios si pensamos en esa desapasionada Europa a lomos de su toro.

Más imágenes

Anuncios