Recorrido por una novena edición que sigue viva

art-madrid-jpg--644x362Nos acercamos a la exposición, al espacio individuado donde recuperaremos al hombre en mayúsculas. Quizá vamos solos, quizá toda la familia, los rostros borrados por la rutina recobrarán aquí la diferencia que nos hace uno.

Primera parada, la niña con abrigo terroso. Esa niña de posguerra, de pie en su pedestal, el cabello al hombro. Tras ella, el bosque, desarmado de luz, frente a ella con un verde imposible de eludir. A un lado, el niño pollito que diríamos vestido de galletitas pegadas una tras otra sobre ese disfraz que lo convierte en un pequeño murete andante. Como todos, porque somos armazones de ladrillos frente al otro, al que observamos con el mismo rostro incrédulo del chiquillo y su misma ingenuidad en los mofletes. Detrás de él, la presencia de un Dios que sólo recomponemos a partir de su mano mantiene arrodillados a los niños.

Art Madrid sabe sustanciar para el espectador el instante en que perdemos entre tanta urgencia como esos brazos unidos en el círculo perfecto del momento, girando siempre juntos con las manos entrelazadas. O en el que nos anclamos sin remedio, para aprender a salir de él, y si no, piensen en esa suerte de radiografía del hombre hastiado, retratado en tres instantáneas de luz: la de golpear con los brazos esa puerta imaginaria que la vida nos ha cerrado, la de resistir con todo el cuerpo el estancamiento, doliéndose con la cabeza entre los brazos por la constatación del hecho y por fin, cayendo derrotado, los hombros caídos en la aceptación del golpe.

Todos somos ante el arte niños pudorosos que afectamos la pose para vernos retratados en un algo mejor que nos consuele. Y siempre el espectador se detiene ante el lienzo, frente a la hechura del trazo para exprimir esencias no dichas por el autor, pero que a él le recuerdan momentos desaparecidos que otro capturó con su mirada. Incluso en aquel busto de rasgos rectilíneos más de uno encontrará el África picassiana o un Modigliani en acero, con la ventaja de que aquí, el arte es para tocar.

Hormigas desde el techo recorren los pasillos del laberinto que es el arte en las paredes blancas del encontrarse a sí mismos ahí fuera, aunque a ras de suelo seamos caras entendidas, cabezas con reflexiones anteriores a la visión de la propuesta. Aquella cabeza fragmentaria de niño dormido, fruncido el ceño lo sabe y nos lleva a considerar que la creación tiene algo de ensueño, de maquinación poderosa que adormece el sentido unos instantes para devolvernos despiertos a una realidad más entera, más completa, inapreciable, congelada solamente para cada uno de nosotros, distinta e indivisible, sensorial y sensitiva a la vez para paladares que nunca serán intercambiables.

Igual por eso aquel autor encerró la luz en la cabeza indefinida y rellenó de materia imprecisa los alrededores, porque tras el fogonazo de la intuición cada uno recubre el descubrimiento con los materiales propios de cada edificación, la suya, aquella con la que elabora percepciones y sentidos.

Hierros que se retuercen y junto a ellos, la mirada prístina de la perfecta desconocida de labios bermellón que todos quisiéramos cruzarnos a la salida de la muestra. Tal vez si los sentidos no están alerta quedaremos como esa cabeza, anestesiados, alelados frente a tanta belleza y perderemos la ocasión de tan trascendente encuentro. Entretanto, nos quedan las arquitecturas encerradas en paralelepípedos y el folleto donde recordar que aquella mujer nos miró desde el cuadro.

Alicia González

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