Palabra que se respira

PENTAX Image  Entrevista con Antonio Colinas

Alicia González

– La última vez que hablamos cinco universidades de China le habían invitado. El país asiático ha dejado huella en esos poemas que abren el libro…

-La poesía y la filosofía de Extremo Oriente me atrajeron muy pronto. Después de ese primer viaje a China hice un segundo del que nació ese poema de poemas que abre mi libro, el titulado “En invierno regreso al Palacio de Verano”, un texto lleno de simbología, de temas de raíz oriental, como las ideas de dualidad y unidad, de ascenso y descenso. De estas ideas nació también mi libro Cerca de la Montaña Kumgang, que escribí tras un viaje a las dos Coreas. También late al fondo de ese poema que abre el libro el tema de las ideologías extremas. Como “El soñador de espigas lejanas”, es un texto largo, pero al fondo hay una luz, un claro afán de sentir y pensar en los límites.

– Ese viaje físico le lleva a una poesía más depurada, al “manantial” de su juventud

Lo más nuevo en estas Canciones para una música silente es ese progresivo afán de silencio y depuración de la palabra. Estamos ante un libro muy complejo, de tonalidades muy distintas en sus ocho secciones, pero el poema y el mensaje se van depurando a medida que avanza. Así en las dos secciones finales (“Valle de Sansueña” y, sobre todo, “Llamas en la morada”, el regreso a mis “raíces” leonesas) ya estamos ante un mensaje extremado en forma y contenido. Es cierto que en mis libros de juventud también se da una cierta pureza y una apuesta por la emoción, pero ahora el poema se condensa y depura mucho más, y el poeta, además de sentir, razona.

– La escritura del silencio, de la totalidad ¿está enraizada en la edad como ha sugerido?

-Desde luego la maduración de una obra va muy unida al paso del tiempo, es un viaje (exterior e interior) hacia lo que Antonio Machado reconocía como la “palabra en el tiempo”. En esta expresión hay una Poética, aunque últimamente he aludido a otras, como la de que “la poesía es una manera de ser y estar en el mundo”, una vía de conocimiento; pero también, en el breve poema que cierra mi libro, puede haber una Poética. Nos forman las lecturas, las diversas formas del Arte, la música en mi caso concreto, pero sobre todo la vida. De ahí el que no haya separado nunca la experiencia de escribir de la experiencia de ser, de vivir.

– No sé si se está pasando al género de la autoayuda, porque le he leído recomendar su Canto XXXV como una lectura que puede ayudar a lograr la paz interior…

-Se ha banalizado demasiado –con publicaciones muy epidérmicas y comerciales– la literatura de “autoayuda”, pero no niego que en alguno de mis libros hay este componente de ayuda o sanador. También en este. Siempre recuerdo mis libros de aforismos, mis tres Tratados de armonía, por ejemplo, que algunas personas tienen de libro de cabecera. En uno de los prólogos, recordaba cómo un psiquiatra recomendaba a sus pacientes su lectura. Estas circunstancias no las recuerdo por ironía o vanidad. Son simplemente hechos curiosos. Sí, en mi literatura, sobre todo en la última, puede haber un componente que podemos reconocer bajo los nombres de sanación o autoayuda, en la medida en que son libros que nacen y buscan la plenitud de ser. En este sentido sugiero memorizar el “Canto XXXV” y musitarlo.

– El libro está escrito desde la alquimia como la entendía Jung, como un proceso psicológico de transformación…

-Así es. Este fue uno de los muchos hallazgos de Jung y de su “psicología del siglo XXI”: descubrir cómo la alquimia no respondía a un proceso material, “químico”, sino a un proceso psicológico. De ahí esa presencia del símbolo del oro en mi libro, que no implica nunca lo material sino el hallazgo de esa plenitud de ser. Por eso, también concibo la poesía como lo que Jung reconocía como un “proceso de individuación”; el que se extiende a lo largo de nuestra vida y nos conduce, a cada uno a ser lo que debemos y tenemos que ser en la vida. A ser, insisto, en plenitud; aunque, lamentablemente, siempre sea pasajera, pues nos domina la tremenda dualidad: la noche y la luz, el bien y el mal, la paz y la guerra. Esa dualidad hay que deshacerla.

-Han definido los “Catorce retratos de mujer” del libro como los referidos a una mujer órfica… ¿intenta abarcar la polifonía de la feminidad como una vía de conocimiento?

-La mujer es una presencia y un símbolo muy importante en mi obra. Se trata de un símbolo de significación múltiple, polifónico. La mujer es la amada, pero también la amiga de nuestros Cancioneros; remite a lo telúrico, es la diosa madre, pero también es, como en los románticos, un ideal de los valores de belleza y verdad. En fin, remite también a lo misterioso, como se aprecia en los poemas “Estación Central” y “Una aparición en la noche” y a esa significación extrema que Dante vio en su Vita Nuova.

– Si por extensión y complejidad no es un libro para perezosos ¿qué lector busca?

-Busco el lector normal. Hay un cierto hermetismo, pero el tono general es de claridad. Es un libro extenso y con muchas “aristas”. Por tanto, está muy alejado de cierta visión “fotográfica”, simplista, “desvitaminada”, decía José María Valverde, que a veces se tiene de la poesía. Ésta exige una cierta iniciación, pero a la vez el poeta no puede renunciar a que la palabra sea lenguaje que fulgura, al sentido órfico del verso, a que –de nuevo Machado– “el alma del poeta/se orienta hacia el misterio”.

– Va de la emoción a la meditación, y esa meditación trascendente nos lleva al silencio, que es el poema no escrito…

-Este suele ser el proceso creador del poeta en el tiempo. Partimos del sentimiento, del poema o libro que se escriben de un tirón (estoy pensando en mis Preludios a una noche total), pero a medida que avanzamos en años, la palabra poética deriva hacia el pensamiento. De ahí que el poema ideal es aquel en el que el poeta siente y piensa en igual medida. Eso lo apreciamos muy bien en Hölderlin o Leopardi, pero también en los líricos grecolatinos, en el espíritu mediterráneo de Valéry, Seferis, Quasimodo, Aleixandre, Gil-Albert…

– En su camino hacia lo sintético, opta por el tono de la canción, donde el verso sería la palabra respirada…

-La alusión a la “canción” en el título remite, más que a un género literario, a que el lenguaje se va condensando y reduciendo; respecto al verso como “palabra que se respira” es algo esencial para mí; alude al ritmo, que es la condición primordial del poema, a su música, al sentido órfico de los versos. Porque a un poema, en nuestro afán de síntesis, podemos librarlo de sus imágenes y metáforas, de su métrica y rima, pero difícilmente del ritmo, porque entonces el poeta estaría ofreciéndonos, en vez de versos, prosa cortada en trozos.

– A pesar del realismo y la actualidad de algunos poemas, no pierden la intensidad de otros más metafísicos…

-Otra de las novedades de este libro es la apuesta por un tono fuertemente realista en los “Siete poemas civiles”; pero esto no es nuevo en mi poesía última. Nunca he ignorado la realidad-realidad, y ahí están poemas como “La tumba negra”, un texto que nació tras la caída de Muro de Berlín. No es incompatible ese tono realista con otro más trascendente. Uno siente su “voz” y simplemente es fiel a ella, aunque la exprese con distintas tonalidades. Lo que importa es esa fidelidad, esa sinceridad. Porque es muy cómodo escribir un poema “testimonial” y luego lavarse las manos ante la realidad, desconocer que el compromiso y el afán de libertad nacen de nuestro interior.

-Nos había hablado antes de otros proyectos. ¿En qué fase están?

-Tengo bastante avanzado mi Cuarto tratado de armonía, pero estos libros de aforismos son para mí de creación muy lenta y de una sencillez muy engañosa, pues responden a un pensamiento que madura, aunque a veces sea a través del lirismo, de la emoción. Y sobre todo a una gran llaneza en el pensar, que algunos toman por “ingenuidad”. También trabajo en un nuevo libro sobre Leopardi, un autor que siempre regresa a mí misteriosamente. A veces mis lectores me recuerdan que debo escribir la tercera de mis novelas, pero últimamente vivo más el relato breve. Deberé escribirla, porque las dos anteriores respondían al proyecto de una trilogía. En el fondo, todos mis libros poseen un sustrato poético; la poesía es la que revela esa “voz” a la que debemos ser fieles, por encima de géneros y modas. En este sentido Canciones para una música silente es también, quiere ser, sobre todo, un dilatado gesto de libertad creadora.

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