La ciudadanía del fracaso

images Aseguran que Ciudadano Kane es la mejor película de la historia del cine. Quizá porque inaugura el discurso de la posmodernidad con su técnica de falso documental en torno a la vida de otro fake, Charles Foster Kane, alter ego de William Randolph Hearst, aquel que afirmaba “Yo soy, he sido y seré una sola cosa: un americano”. Un triunfador para el vulgo, pero en realidad un paradigma del fracaso del hombre hecho a sí mismo. Kane se compone de retazos, los que van quedándole tras su infancia arrancada bruscamente por la llegada de Thatcher a su vida, del que intenta defenderse trineo en mano. Aquella escena primera es de una claridad blanquecina, un paisaje nevado en el que el pequeño Charles es el buen salvaje, ajeno al prometedor futuro que le depara la visita del forastero. Un espacio sin límites el de la naturaleza de donde sale -y que íntimamente añora, entonando el Beatus ille al murmurar ese misterioso Rosebud- para lograr todo lo que cualquiera pudiera desear. Su salvación precisamente en los años de la soledad final, extrema, pero una salvación ficticia, encerrada en la bola de cristal que sostiene en la mano cuando muere y en cuyo reflejo vemos a la enfermera para anunciarnos el abandono máximo del gerifalte, atendido por extraños en sus últimos días, evitando así el escenario del lecho de muerte de manera directa. Un elemento, éste de la bola de cristal, que entrará en su vida al tiempo que Susan, la estridente artista que juega en el suelo a componer puzzles, con la que se casa e intenta recuperar a esa mujer sencilla que era su madre, aunque las ambiciones de ambas terminen por separarle de sus vidas. Frágil la bola, como frágil se demuestra la cantante de mala opereta por la que Kane va cerrándose puertas, tantas como las que luego encontraremos en su opulenta residencia de Xanadú -en clara alusión al -Castilllo de Hearst de San Simeón en California-, acrecentadas por los tiros de cámara en aquella escena donde las puertas van señalando la distancia emocional entre el magnate y su mujer y remarcadas por el cartel de “No pasar” que prohíbe el paso a los intrusos a esta mansión convertida en encierro de oro como se percibe en la acústica de mausoleo que enmarca los diálogos de los personajes. La soledad suena a catedral, a cripta, porque Kane ha ido despreciando a sus allegados, como Leland (Joseph Cotten), compañero de correrías periodísticas en los años en que celebraban sus victorias profesionales con aquellas alegres señoritas de mallas ajustadas y bisutería falsa. Si hacemos caso al encuadre, Kane es el amo, los techos parecen aprisionar a un Kane desproporcionado, pero sin embargo aparentemente feliz. Igualmente arriesgado es el tratamiento de la escena de la fallida campaña a gobernador de Kane con la que Welles nos muestra a la figura real engullida por la figura pública plasmada en el cartel electoral.

De modo semejante el uso de la imagen del individuo frente a los objetos nos da la medida del hombre en esta sociedad del materialismo a ultranza. Así, el multimillonario, al que vimos en el principio de la película pisar con fuerza sobre los diarios, en una suerte de gigante mediático que hace y deshace a golpe de titular, se transforma en un misántropo devorado por un mobiliario asfixiante, mastodóntico, asediado por esa ciudad irreal que ha edificado con todas las estatuas y objetos que acumula -vanidad de vanidades que diría el Eclesiastés-, en un remedo de un Manhattan inerte, cargado de todo el dramatismo que aporta el encuadre y el propio significado de impotencia de controlar el afán de posesión, como si a través de la propiedad de las cosas hubiera querido dominar la voluntad de las personas sin conseguirlo. En realidad, Welles está vapuleando la propaganda de la doctrina Monroe, aquella de la toma de conciencia nacional en términos de grandeza, en un tiempo difícil como es el de la inminente entrada de EEUU en la Segunda Guerra Mundial. Kane también está obsesionado por marcar la agenda-setting de sus conciudadanos, algo que logra en el campo de los medios de comunicación, hasta que los sentimientos personales interfieren, mellando la coraza pública del hombre objeto de la investigación del periodista Jerry Thompson. Cinco analepsis, más comúnmente llamados flash-backs, que dan la oportunidad al espectador de conocer las perspectivas, las versiones de cinco testigos que conocieron a Kane. Ácida paradoja la de otorgar al juez de las conductas ajenas que fue Kane en su calidad de empresario de la prensa más amarilla la ocasión de defenderse a través de la información textual, siempre parcial y edulcorada que se completa con los testimonios de quienes al fin y al cabo son víctimas de sus acciones en esa especie de búsqueda con tintes de cine negro que es el documental de la vida secreta de Foster Kane. La interpretación del ganador a través del análisis de todos los perdedores que ha ido sepultando por el camino, en una visión caleidoscópica como la que encontramos en Artemio Cruz, incluso jugando con superposiciones de planos (efecto Kulechov).