Antología poética

ochaíta1Más de cuarto de siglo nos distancia de esta forma de hacer poesía del de Jadraque, llena de estameñas, cenceños, ferranchines, escintilas y postemas, con la que canta a los Mendoza y a ese agua que va uniendo por su cauce las tierras de la Alcarria. Aunque no vayan a creer que no hay marido fiel que guarde su lealtad sin medir sus abrazos en los de otras amantes y por eso el cronista de Guadalajara concluye el volumen con escarceos poéticos dedicados a la “Suavia casi germana”, Soria machadiana, “agobiada de olor de pinos” o a la carne rosada del Guadalquivir. La retórica clásica de Ochaíta que algunos asociarán a su faceta de letrista de coplas junto con Quintero, León y Solano, traza con rima de contundente sonoridad una capital abstracta a la que pregunta aquello tan latino de dónde quedaron las glorias de ese Castillo del Cid y otra ciudad concreta que amplía la visión del lector hacia esa tierra de provincias a la que tan cercano se siente el poeta, hasta desembocar en la ciudad doliente por la gloria perdida que apuntala la monumentalidad de antaño, personificada en ese “muerto palacio de infanzones”.

El autor reivindica a esa desconocida “de balcones volcándose” y a los personajes que pueblan sus iglesias con sus abanicos en un ay de contención y tremolar de piedad en la carmelita localidad de Pastrana, la misma donde hincara su rodilla el poeta ante la colegiata el día de su muerte. En realidad, su verso nos está sumergiendo en esa intrahistoria de una convivencia entre asfixiantes visillos para “doncellas sin garganta”, conservando su alma mora inmortalizada en lo que es un poema casi fónico, mucho antes de Hugo Ball ¿o no? Libro en definitiva para satisfacer a los amantes de la poesía “cantábile”, porque tenga en cuenta que estamos hablando del autor que creó una de las letras más repetidas de nuestra historia reciente como “El porompompero”.

Sorprendentemente en un punto del poemario, aquel que coincide con el canto a Nuestra Señora de la Antigua, el escritor que mucho antes nos ha confesado su semejanza en aspecto al hijo del Greco, cambia la feminidad de la ciudad por otra viril serenidad. Otro pintor, Solana, pero también el arcipreste de Hita, Luis de Lucena, el conde Lucanor, doña Ana, la Calderona, el Doncel de Sigüenza o Alvar Fáñez de Minaya dan señorío a la casa del Henares, asombro mendicante de una Alcarria que resuena a luz, cristiandad y linsonja, valores de una grandeza que adquiere tintes de verdad en versos como aquel que refiere los “trajes palurdos de crujiente gala”.

Antología poética. José Antonio Ochaíta. Excmo. Ayuntamiento de Guadalajara. Guadalajara, 1998. 152 páginas. 6,01 €

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