El hombre que mató a Michael Hutchence

Hutchence Trece libros, la página 37 arrancada y poemas escritos por detrás conjurando la muerte de la estrella del pop. Planteadas así, podrían ser pistas para un detective a lo Poirot interesado en desvelar las claves de todo un enigma, la muerte en extrañas circunstancias de un ídolo de jovencitas, aficionado a las emociones fuertes. Parece que algunas estrellas como también ocurriera con Carradine buscan emociones al límite en el sexo, quizá porque demasiadas groopies se les ofrendan cual vírgenes impúdicas. Pero no era el caso del cantante de INXSS, su desesperación –de ahí el posible móvil del asesinato- provenía de la cara B del mecenas de los hambrientos del mundo, el filántropo de la canción, Bob Geldof, en este caso volviendo a sus orígenes ratoniles con su actitud hacia el romance de su exmujer y Hutchence.

Versos transmedia y arropados por los de autores de su generación que abren plano al lector para colarse en la 524 del Ritz Carlton, donde la luz de la persiana revela la verdad de un suicidio imposible. El agónico representante de una raza de supervivientes camina sin rumbo, en paralelo al cariacontecido Jim Morrison en su locura, como él su muerte se prolongaba al término de cada concierto. Michael espera a su ejército de Marías Magdalenas que acicalen su sexo y le rediman de la soledad, esa carretera secundaria llena de quinceañeras. El presunto suicida va custodiado por sus monstruos y el recuerdo de unas bragas, seguramente las de la mujer del subinspector de la fábula que construye el autor. Cierre en falso para la investigación con la complicidad de la oscuridad y el silencio que sucede tras la compulsión coital.

El hombre que mató a Michael Hutchence. Malone Miller. Lupercalia. La Romana, 2014. 176 páginas. 13,95 €

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