El periodista despedido

ontanonTomar copas en El Malogrado es premonitorio para Francisco, arrojado a la inestabilidad laboral, para la que quedan remedios poco éticos como apagafuegos de, llamemos, políticos. La inacción del paro regala al protagonista todo el ocio que requiere la escritura. El autor reflexiona sobre la valía en el trabajo asociada a la dignidad y no a una religiosidad mal entendida como dice la chica que chapotea en katiuskas, Amalia. De la mano del Bernhard que lee ese dueño del bar llegamos al desasosiego compartido con el mecánico y otros dos desarraigados más. Francisco ha apartado de su lado a quien le sacó de la tiniebla en su relación con Sofía y a Pablo, el amigo que le arrancaba una risa de llorar sangre. Entre ambos, el amor con olor a restos de comida y el silencio de los concursos literarios le conducen a la pérdida de esa fe que mantienen algunos creyentes en las ofertas de trabajo. Y una enseñanza, aquel músico que en la amnesia y el vértigo parisinos se topa con su falta de genialidad y concluye esta revelación tomando posesión de la barra del bar donde todo confluye. El periodista superará los sobresaltos de ser el “negro” de su novia, dos tardes de aventura sexual con una menor surfera en una furgoneta y la muerte que le acecha con tanta pérdida. Terminará por creer en fantasmas, aunque no sea el de Rosa escuchando a Gould, sino a esos otros que se arraciman cuando el pasado se agarra hasta asfixiar nuestro presente.

Alicia González

El periodista despedido

Fernando Ontañón

Ézaro. Santiago de Compostela, 2014

136 páginas

14 €

 

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