Pesadumbre en Bridgetown

Arráiz  La montaña como horizonte pleno de expectativas, aventado el ánimo por “ese viento sabroso”, revive en el autor todos sus otros, el violento, el taciturno, el penitente, incluso aun a riesgo de que algunos estén ya en franca retirada. Puesto a prueba, el aire “por entre sus entrañas y el del ir y venir de su corazón” arrojan a un hombre en el punto más alto de su humanidad, admirado de las comunidades pequeñas que convierten de nuevo en fractales los gigantes primero zaristas y luego perpetuados por Stalin. Desde el verano caraqueño el autor se interroga sobre la pequeñez de la concordia frente a las disensiones instaladas en la domesticidad urbana, cuya cuadrícula puso en trance de entendimiento al hombre, sacudido por batallas que lo pueblan por dentro y afuera. Prodigiosamente los sucesivos seres que es él mismo pelean por desentrañar la gramática, insisten en la tarea de Sísifo, volando como Horus sobre los primeros ataques a los baúles de su infancia.

Sin temor y ajeno a todo, agarrado a la mano de la madre, mientras “el mar bate su incesante cabellera contra las piedras”, el poeta rige el reino olvidado de los verbos incandescentes y en su peregrinar susurra “para recordarme que estoy vivo”, pese a que en su fuero interno prime el deseo de ser nadie.

Pesadumbre en Bridgetown. Rafael Arráiz Lucca. Ediciones La Palma. Madrid, 2014. 81 páginas. 10 €

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