A Lupita le gustaba planchar

lupita Una arruga desaparecida en el cuello del delegado asesinado abre una línea de investigación que sólo una aficionada a la plancha podría reconocer. Lupita es toda una experta en el uso de la memoria como elemento de autoagresión después de que la culpa infanticida cuelgue las prendas por planchar de su cabeza, saturada por eventos brutales (la brutal violación de la niña, la muerte del hijo en una noche de eclipse que le permitió la observación atenta de la tristeza) bañados siempre en alcohol.

Lupe va a la muerte por el alcohol, o al menos a la cancelación del yo en esas lagunas mentales que llevan al arrepentimiento máximo. Sus faenas caseras cumplen el rito de la purificación, encomendando a la oronda policía a Tlazoltéotl, yendo el agua del pecado a la cueva de la chama Conchita.

La protagonista padece la pulsión de la autocompasión en ese dolor asociado a la figura de Celia y al decurso entero de su vida, aunque el suyo sea un personaje que atrapa la alegría pese a todo: el gobierno de los narcos y vendepatrias que extirpa cualquier posibilidad de esperanza. Su manera de hacerse respetar es chingando, a pesar de que hasta la fecha sus insultos no la hayan aupado más allá de la euforia que la peda consigue para afrontar la presión. Todo ello en un escenario de irrealidad, donde la muerte real del delegado estropea la recreación de la muerte diferida y serializada de los rituales de la Pasión de Semana Santa en el Cerro de la Estrella, trocando el paganismo en religiosidad bendecida, con una Lupita cargada con su cruz de suero, en pos de la ataraxia.

Lupe, que cuenta la con la admiración del comandante Martínez, es enemiga menor para la “Mami” y sus trapicheos con los narcos, aunque su encontranazo con ella sea su particular viacrucis por las siete cantinas. El viaje iniciático a la sobriedad busca sin fortuna conectarla con ese dios interior que es su malestar, en episodios donde pierde la noción de sí y acaban siempre en brazos de un amante repulsivo o junto a un cadáver sin nombre. Por eso esta novela es más que una crónica de nota roja , con su reivindicación del influjo de lo invisible, de la hermandad del tequio y de la conexión sea o no sonora de las cosas y las personas, de todo con todos en ese México inviable de corruptelas en el que cada vez son menos los guerreros voluntariamente enmudecidos ante la cara menos luminosa de Tezcatlipoca.

Alicia González

A Lupita le gustaba planchar

Laura Esquivel

Suma de Letras. Madrid, 2014

208 páginas

16,5 €

 

 

Anuncios