Aquí y ahora

tumblr_inline_nekx8dPx1n1sy9qjo Hemos quitado la banqueta de debajo de los pies a los poderosos y ahora se balancean al ritmo de sus propias mentiras. Las calles son nuestras aunque no lo quieran: sumergidos en la contracultura que tantas veces han absorbido, creamos nuestras propias armas de defensa ante la falacia. Nuestra interpretación de los hechos es individual, violentamente única, porque seguramente ampararse en el colectivo nos ha llevado a esto. No buscamos crédito, ni honores, somos los autores de dazibaos con los que exhibimos nuestra queja, no como un refugio, no como una huelga, sin intención política, porque nuestra expresión es la pérfida herramienta con la que seccionar las incoherencias sociales de una contemporaneidad que no nos convence. Vencemos la apatía desde el margen, porque en los arcenes de la vida convencional somos menos observados, aunque hay quien ha llegado a la conclusión de que tendrían que mantenernos en cuarentena para que la epidemia de libertad se controlara.

Vivimos demonizados, porque estamos obligados a construir cada día el universo sobre el que edificar nuestro futuro, mermado, asediado y borrado por quienes aseguraron que nos tenían en sus programas electorales o en sus oraciones. Nada de eso nos importa, el manifiesto de esta generación de atletas es aguantar la asfixia llevada al extremo para, a partir de ahí, expulsar la respiración tantas veces contenida en forma de desobediencia creativa, anular la parálisis para mover con ella a los convulsamente dormidos y frotarles la felicidad que tanto les angustia a los carceleros, porque somos la evidencia de que el Aquí y ahora es nuestro Cuaderno de la cárcel, escrito a cada minuto.

Frente a las muecas de la corrección nuestro programa de actividades contempla desvestir los santos oficiales de la moda para presentar nuestros cuerpos como único instrumento, desandar los caminos de las prosas institucionalizadas para confeccionar un discurso universalmente válido para cada uno de nosotros, el que tú y tú elabores. Somos insurrectos a la gramática que moldea nuestro combate, desvirtuándolo hasta hacernos pensar que es más importante la manicura que la artesanía fabril. Sabemos de dónde viene nuestra autonomía, aunque no sepamos adónde nos conduce y nos alimentamos de la miseria oscura, de aquello que las lecturas normativizadas han desdeñado. La agitación del momento nos ha impedido sentarnos a escoger y por eso hemos izado la bandera de la vigilancia activa desde todas las atalayas que los creadores del sistema dejaron desguarnecidas.

No queremos tener tensión narrativa, estamos hartos de quien ve en nosotros vitalismo fluctuante. No queremos cambiar las estructuras, porque eso sería mantener en pie el edificio, con otra decoración, pero iguales artificios. La cuerda está siendo lentamente estirada por propuestas que recorren los suburbios, pero nadie quiere ver el nudo alrededor de su cuello. Se han dado cuenta de que los toques de queda, los vallados, las alertas de nada valen porque el pensamiento es resistente, pero nosotros no podemos padecer la enfermedad acomodaticia, rotulándonos con los colores de quienes podríamos considerar nuestros camaradas, porque como dijera el comunero Jules Vallès: “en los momentos duros ¡tuviste que soñar con el remedio contra el hambre y rumiar los artículos frescos de un código de justicia humana! ¿Qué aportas de nuevo, desde el fondo de tu horrenda juventud?”

Y es ese horror, el del abismo personal el que cruzamos para cada espectador, invitando maliciosamente a que atraviesen después cada uno el suyo, porque perdido el miedo al precipicio de la individuación, sólo resta crear.

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