Entrevista a un libertino ilustrado, David Felipe Arranz

Arquitecturas-213x300

Periodista curtido, que no hombre cansado como el de Heine, David Felipe Arranz anuda cine, teatro, artes plásticas, literatura en libro con el que un adicto engancha hasta al lector perezoso

Alicia González

Observador con ojo de homo ludens se divierte contándonos todo aquello que se escapa de la lectura inatenta…

Creo en el principio de colaboración, un criterio a la hora de abordar cualquier obra y que, además, ofrece la oportunidad de averiguar por qué nos conmueven ciertas obras de la literatura. Hay libros que esperan décadas, intonsos, a que el lector los deje entrar en su corazón. Dense un paseo por las librerías de la Cuesta de Moyano. Ni siquiera hace falta una lectura atenta: con hacer una lectura, bastaría para asistir a un espectáculo maravilloso. Hay jarchas mozárabes del siglo XI en las que el lector avezado y curioso reconoce, casi como una forma de energía, la voluntad de ser leídas: las buenas obras están vivas, por muchos años que tengan.

Como un autómata enciclopédico se sumerge en los libros por el lector…

Al sumergirte en un libro te sientes acompañado frente a una realidad perentoria que vemos cómo desaparece y reaparece cada día. Los hombres se van, sus obras permanecen: ars longa, vita brevis, que dirían Hipócrates y Séneca. En una biblioteca todos los libros coexisten fraternalmente dialogan en la mente del lector. Hay bibliotecas que son auténticos edificios de arquitectura que piden al lector que colabore con ellos escuchando lo que le tienen que decir. Leer hoy es un acto de resistencia que satisface y que genera esperanza.

El suyo es un afán didáctico digno de Gracián, un tanto heterodoxo…

Ante una sociedad que venera la imagen explícita, nada mejor que proponer, a contrapelo, la imagen implícita, la que recreamos con la imaginación. Gracián escribió al respecto un tratado insuperable sobre el uso de la metáfora, mucho antes que George Lakoff y Mark Johnson: Agudeza y arte de ingenio. Sigo acudiendo a él porque refleja la configuración mental del lector dominado por las imágenes y la ordenación de las palabras. ¿Cómo era Julián Sorel? ¿Qué rostro humano es el que confieren la dignidad, la nobleza, la justicia, la superación? ¿Cómo encaja el barón Trotta el desmoronamiento del Imperio austrohúngaro? ¿Cuál es la forma humana del humor trágico, de la ironía ante el inevitable hundimiento de Europa? Estas reflexiones obviamente a una sociedad preocupada por el volumen de ventas con granjas-oficina dedicadas a la producción no le importan nada. Y hablar y leer a Stendhal o a Joseph Roth es una provocación audaz muy satisfactoria: te entiende poca gente, pero los que te entienden, saben que formas parte de la résistance frente al imperativo social. Simplemente leer poesía es una provocación, hay que incomodar a los convencionales para que despierten. La heterodoxia es una ordalía, un camino iniciático, como en los cuentos de hadas, que me encantan. Adoro a los hermanos Grimm y cómo podemos perdernos en sus bosques narrativos, encontrándonos en ellos a las más fascinantes criaturas.

Si el libro es un refugio, ¿sería una casa acogedora o un lugar inhóspito?

Un paraíso, que sería lo ideal. Y en el caso de mi hogar, una jungla ingobernable y salvaje: los libros se reproducen y expulsan a sus moradores originales, como en un cuento de Carpentier o Cortázar. Cualquier día no podré entrar en mi propia casa, una casa tomada.

¿A través de esta treintena de artículos podemos reconstruir al autor?

En parte, sí. Decía Gregorio Marañón que la mejor manera de conocer a un hombre era acceder a su biblioteca; aplicado al cine, tenemos un axioma bastante similar. En una de las jugosas conversaciones que Gore Vidal mantuvo a lo largo de varios años con Robert J. Stanton enunciaba al periodista uno de los principios básicos de la teoría de la recepción: “Averigüe qué películas ha visto un hombre entre los diez y los quince años […] y tendrá una idea bastante precisa de la mentalidad y el temperamento que tiene”.

Arquitecturas-213x300Como Ahmuf Rainer sobreescribe para nosotros el imaginario literario, generando una corriente empática en el lector ¿Era su intención?

Me encantaría contagiar esta pasión. Que cada uno construyese su canon particular a través de mis propuestas y que después se produjese, a nivel conversacional –como diría Gabriel Tarde– una conversación entre cánones particulares. Eso se hacía maravillosamente en los salones ilustrados y en las tertulias de café de la primera mitad del XX. Habría que impartir clases de humanidades en las tabernas más típicas, en las chocolaterías, en las reboticas, en las casa de comidas y frente a un vermú de grifo.

Éste es un libro apto para nativos digitales por la concisión, agilidad y tono.

Adoro la ironía. Le contaré una anécdota. En una ocasión, recomendé a cincuenta alumnos de una de mis clases de Periodismo de la Universidad Carlos III que acudiesen a una librería porque había localizado una caja repleta de ejemplares nuevos de La galaxia Gutenberg de Marshall McLuhan… ¡a 1 euro! Les di quince días: no fue ninguno. Pero les conté que el libro hablaba de Cervantes y de Shakespeare, de los personajes de tinta y papel convertidos en seres que cobraban vida… y no se lo creían. McLuhan escribe sobre el Quijote y sobre Hamlet y él mismo se convirtió en personaje en Annie Hall, de Woody Allen, en la cola de un cine. Hasta que no hice una selección y se la pasé, no querían saber nada de sus teorías. Hay que dar a conocer lo que hemos descubierto y proponer el juego de la literatura con humor. Pero no están habituados a comprar libros en papel. En cualquier caso, en la Cuesta de Moyano están a 50 céntimos. No es que los nativos digitales no lean en papel porque son perezosos: es que nadie les ha llevado de la mano a descubrir los templos sagrados del libro.

Le veo un poco rupturista con esa realidad fragmentaria que nos venden, con este intento unificador de causas literarias que le ha salido…

Qué va, me confieso curioso de la opera aperta y de mosaico. Es que ya éramos así, incluso mucho antes que ahora, desde 1870, con la ruptura de la alianza entre la palabra y el mundo y que define la modernidad. El Ulises de Joyce o los Cantos de Ezra Pound representan un golpe a la totalidad, a la unificación controlada: ellos anticipan la crisis de la palabra y el crepúsculo del relato lineal. El nuevo tejido de la cultura y de los medios de comunicación, entregados a los intereses de grandes corporaciones y de los gobiernos, nos demuestra cada día que un velo de ignorancia nos separa de cualquier posible conocimiento.

Maldecido con la pasión libresca se rehabilita de la adicción con más literatura…

Por inspiradas que sean esas lecturas, las palabras del poeta se quedan cortas frente a la intensidad del momento, a los fenómenos y estados del ser, las intensidades de los sentidos, una cierta respuesta al misterio inefable de la belleza… Pero la literatura –Proust era un maestro en esto– ayuda mucho a retenerlo y a recrearlo. La poesía amorosa explica, por ejemplo, el amor. Y el paso supremo es el que te lleva de la lectura a la escritura, porque necesitas realizar esa transferencia al habla: escribe Kafka que no es el canto de las sirenas, sino su silencio lo que verdaderamente lleva a la iluminación… o al naufragio, la amenaza. Un científico puro y consecuente hará del lenguaje literario un sistema fonético con sus normas convencionales e internalizado en el habla. Un esteta se deleita con las prodigalidades del error, el titubeo, el sueño… Calderón, Cernuda y la derrota sublime del príncipe encadenado capturan el desgarro del lenguaje y lo convierten en poesía, en literatura, que es adictiva.

Si  ficción es a delicuescencia, ¿cómo casa con la arquitectura del título?

No podemos vivir sin un acto de confianza, sin entrar en las ciudades de la imaginación. Pongamos comillas al “sólido” edificio de la literatura, pues nos ayuda a construir la historia de nuestros propios significados. El mundo no hubiese podido construirse sin las respuestas de la literatura, que lamentablemente se desgajó de la filosofía por los teóricos en la Edad Media. Platón expuso sus presupuestos filosóficos en forma de diálogos literarios y yo sería partidario de unir las asignaturas de filosofía y literatura, como hace Steiner. Una respuesta responsable ante un acto de lectura convierte el proceso de comprensión e interiorización de la obra en un acto moral en una sociedad inmoral.

¿Con qué autor de los que rescata se encerraría un libertino como usted?

Aclaro que soy libertino en sentido literario, ilustrado. Más que con los autores, con sus personajes. Benito Feijoo era un “libertino”, así como Pierre Gassendi, ¡jesuita que escribía sobre Epicuro! Théophile de Viau, Cyrano de Bergerac, John Wilmot –duque de Rochester– son escritores que me producen una gran fascinación. Me encerraría en una cárcel del siglo XVII con la Dulcinea soñada por don Quijote, en el castillo real de Elsinore con la Ofelia de Hamlet o en una celda de un convento parisino con las hermanas Juliette y Justine, la amoral y la virtuosa. Y que sea lo que el Divino Marqués –como lo proclamó André Breton– quiera. En el plano de los autores, me hubiese gustado entrevistar a Margarita de Navarra –la autora del Heptamerón– y a María de Zayas y Sotomayor: qué mujeres tan inteligentes, teniendo en cuenta las difíciles épocas en las que escribieron.

Arquitecturas de la ficción. David Felipe Arranz. Madrid. Líneas Paralelas, 2014.

Anuncios