El peor lugar del mundo

Oswiecim  Llegué a Oświęcim (Auschwitz) en las peores condiciones posibles. El trayecto desde Cracovia se hacía en 2006 en uno de esos autocares interurbanos de los que en España ya habíamos retirado hace dos décadas: tapicería de skay en los laterales y un tejido que imita a un terciopelo duro que rasca la piel hasta hacerte herida. El calor del verano polaco y la calefacción estropeada del vehículo ponía el resto de la escenografía. Aparte de la sugestión del pensamiento que se encamina a ver ese agujero en la Tierra donde se pudo sentir todo el sufrimiento del Tártaro, la incomodidad de notar que la ropa te sobra y no hay más que quitar, que el aire te falta y estás entre cuatro paredes rodantes, que nadie te entiende está el hecho de que difícilmente van a parar por una turista agobiada que no está habituada a viajar en los transportes de otra cosa que no sea el primer mundo.

Por fin el autocar se detiene ante la puerta del recinto. Nada que te haga pensar en el lugar del martirio de millones de personas. Me acuerdo entonces de lo que me comentaban los polacos de Cracovia con los que charlé tratando de informarme: No sabían lo que sucedía en el interior del campo y algunos, dicen, se acercaban a llevarles pan o patatas a los prisioneros. Me contaban que el campo de concentración  está lejos de la ciudad y rodeado de bosques y que no se podían imaginar la magnitud del genocidio. Aquellas chimeneas de vez en cuando expulsaban un olor nauseabundo, pero nadie supuso que estuvieran quemando personas, a lo sumo grasa de animales.

Quizá por eso el recorrido por los barracones genera la angustia de quien se siente partícipe como parte del género humano de la barbarie. Responsable de no haber indagado lo suficiente, de no haber preguntado adónde se estaban llevando a todas esas personas que diariamente desaparecían en el vecindario, de no haberse asomado al otro lado del muro del ghetto, de haber tenido miedo y perder así la dignidad.

Los visitantes suelen quedar impresionados por todos los vestigios del aprovechamiento fabril del horror: por las lámparas, ceniceros, libros, etc., fabricados con piel humana, los manojos ingentes de cabellos enmarañados que forman una especie de estropajo inmenso, de esa madeja amarillenta y siempre mortecina que se usa para aislar las cañerías, detrás de una vitrina. Tal vez los asesinos lo veían así, como materias primas despersonalizadas, abstrayéndose del dolor y el asesinato para hacer su trabajo, la confección de piezas únicas sólo para sádicos que querían conservar la evidencia de que el exterminio estaba siendo un éxito.

Hay turistas que empiezan a llorar sobrecogidos ante semejantes manufacturas. A otros les llaman la atención los miles de miembros ortopédicos acumulados sin ton ni son: de madera, de plástico, de cuero, con agujeritos, macizos, articulados, rígidos… Cuánto mutilado había y más aún, si la propaganda nazi acusaba a los judíos principalmente de ser la clase más pudiente, ¿por qué no habían evitado ir a los campos de batalla durante la primera Guerra Mundial cuando podrían haber pagado por no unirse a la leva?

Personalmente lo que me descolocó en aquel sinnúmero de escaparates de la infamia de Auschwitz no fueron las imágenes de las pieles macilentas de los presos, los ojos desorbitados, las fichas de ingresos y castigos, el recuento de defunciones, las latas de Ciclón B formando casi una escultura moderna despojada de toda la maldad a que su nombre está asociado…, incluso las prendas de los reclusos vistas en la distancia, como si hubieras llegado de Marte, no distan demasiado de la muestra de los gigantescos calzones del sultán que puedes ver en Topkapi.

Lo que a mí me hizo detenerme fueron las maletas y carteras hacinadas de los internos. Justo al lado de la vitrina de los zapatos, te encuentras con ellas. Claro que quedarte descalzo es el primer paso hacia la miseria, pero entiendo que la pérdida de los zapatos era el último peldaño, el previo a la muerte, aquello que dicen los que pasaron ese infierno de esperar a que el compañero muera para adueñarte de sus pertenencias, cuando quizá ya al moribundo no le importa esa última renuncia.

En cambio los bultos de mano, esos maletines de cuero con los nombres y unos números apenas pintados, son el enlace entre el pasado, la identidad que se iba a perder al entrar en el campo y el presente, esas cifras con las que el sujeto humano dejaba de ser tal para convertirse en un amasijo de huesos sin derechos ni libertades. Un presente que, de prolongarse mucho, obligaba al individuo a percibir el futuro como tiempo de condenación, desterrada toda esperanza en esos barracones. También fueron esas maletas y no las gafas -¡qué peor que perder la vista, quizá la vida!- destrozadas, porque verlas en aquellas vitrinas me llevó irremediablemente a toda la imaginería cinematográfica en una noche oscura del tren cargado de judíos, homosexuales, gitanos que para en ninguna parte. Allí estaban todos los prisioneros que yo estaba imaginando, desorientados en los andenes, subiendo a empujones a los vagones infectos, alguno calvo, con impecable abrigo y sombrero, bigotito recortado, intentando explicar a los soldados que es un error y que él no pinta nada allí. Obteniendo por toda respuesta la primera humillación, un culatazo en la cabeza…, es entonces cuando sabemos que es calvo y no antes.

Alguna cartera lleva impresa incluso la fecha, 7 de febrero del 43. Al menos a Jacob sólo le quedaban unos años de encierro, hasta el 27 de enero del 45 para ser más exactos, aunque la estancia media en el campo era de promedio únicamente de medio año.

Intenté en su momento desprenderme de los prejuicios, ver ese recinto de internamiento con ojos de observador al margen de toda la oscuridad que conocemos encontró en Auschwitz el laboratorio ideal. Vistos desde fuera los pabellones podrían pasar por antiguas residencias de un colegio británico, la alambrada reposa sin la carga atemorizante, peligro de muerte, que sabemos implicaba su proximidad. Los hornos crematorios son casi un mecanismo de ceramista, si no fuera porque lo que allí ardían eran cuerpos de hombres y mujeres gaseados por otros hombres y mujeres que se habían cegado tanto ideológicamente como para justificar la matanza de inocentes, incluso de culpables, porque ningún ser humano, por horrendo que sea su crimen merece sufrir la tortura física y psicológica en estos espacios sin Dios.

Afortunadamente dado que la cartelería no estaba en italiano no pude estar compungida por mucho tiempo, porque ante las dificultades de un matrimonio para traducir lo que aparecía en cada vitrina, el hechizo del horror dejó paso a la solidaridad entre desconocidos, aquella que seguramente vivieron en sus carnes los habitantes de este recinto que testimonia hasta dónde puede llegar la maldad del ser humano. No sé si mi ayuda para comprender lo que había en cada sala les sirvió, pero a mí me permitió abstraerme del sentimiento de náusea que exhala lo que en realidad hoy no es más que un parque temático de la inhumanidad. Puede que para alguien poco empático la exposición de miserias en espacios despojados revista un cariz de misticismo moral, poco catártico. No hay nada más aséptico que la muerte que fue y ya no es, por algo el dolor no se guarda en la memoria, porque nos inhabilitaría para seguir acumulando nuevas experiencias.

Lo mejor, encontrarme a la salida una evidencia de que la vida sigue: dos chavales en silla de ruedas se acercaban uno a la otra para besarse, justo en el peor lugar del mundo para un discapacitado, el lugar en el que no habrían podido sobrevivir, donde habrían sido considerados infrapersonas, o habrían sido pasto de experimentos antinaturales para probar quién sabe qué teorías eugenésicas.

©Alicia González

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