El piano del pirómano

AA_Herrera_cubierta_Cubierta  Carbones emocionados últimos los de un poeta huérfano con el minutero alerta a las tragedias que matan la esmeralda en las familias. Los versos de Ángel Antonio Herrera se apuran dejando el poso de una amargura diríamos senequista y se construyen desde el desvarío esdrújulo para un autor que asegura que hay panteras menesterosas.

Suya es la complacencia de morir arruinado de aquel que tras disfrutar de “la colección de lo inútil y la furia de lo efímero” llegado el tiempo supo irse. Cantor de errancias y geometrías del exceso en convivencia con placeres audaces este herido de belleza advierte al lector de la importancia de viajar con los ojos abiertos, justo para atisbar esas muchachas que como versículos en flor proliferan a lo largo de todo el libro que rezuma segura muerte escrita en calendarios.

Declarado asesino de metáforas oscuras que borran las pérdidas, transcribe la deriva del corazón en un “vecindario de tiniebla que añade belleza al incendio”, porque como buen navegador de pianos en noches ebrias, el poeta no se reconoce en la emoción pasada. Para alguien que como él, perteneciente al linaje de la jungla, partidario de los devaneos y remiso de veranos que ya no son sutura, el secreto está presente en todo el poemario, por cuanto “todo verso silencia el relato de un robo”.

El piano del pirómano. Ángel Antonio Herrera. Calambur. Madrid, 2014. 70 páginas. 10 €

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