Sobredosis: Una muestra de diez contestatarios

cartelNo dieron dosis de información masivas para silenciar el crujido de los sobres

Nos devoran por dentro; las flores de Víctor Royás son brotes de color y aromas que convierten la infamia universal en una experiencia sensorial gratificante. Aun así, sus ramos no dejan de ser recortes momentáneos en esta abusiva sobreexposición al dolor que vivimos. Quizá por eso funcionan, porque en medio de la grisura de la violencia continuada dibujan el instante de pausa preciso para reflexionar sobre lo que ya forma parte de nuestra rutina diaria: la muerte como aceptación mediática, sin posibilidad de protesta. Los labios prominentes de su protagonista delatan a una figura de rasgos africanos: nos da igual ubicarlo, puede ser un inmigrante detenido al cruzar la valla, un nigeriano represaliado por sus compatriotas de Boko Haram, un esclavo sureño a punto de ser ajusticiado por sus captores… Lleva la tragedia en su rictus, el de la asunción de la muerte como algo ineludible, su propio cuerpo se ha rendido, como nosotros al permitir que la banalidad recubra esta avalancha de crímenes que diariamente nos rodean. Las manos del ejecutor están decididas, nadie de los presentes parece dispuesto a detener la inminencia del asesinato. También el espectador es hoy, testigo mudo e impasible de las sentencias que conocemos a modo de macabro visionado. Fotomontaje revelador que permite al público encender los ojos sobre una realidad oculta ante tantas capas de información cruenta, propiciando una relectura de imágenes ya vistas a la luz de esa nueva perspectiva.

Olga Isla en cambio nos plantea un mundo hostil, aquel en que los objetos cotidianos semejantes unos a otros, con cierto aire decadente se reconfiguran para rebelarse y revelarnos nuevos significados. La vajilla de la abuela deja de ser el escenario lúgubre de nuestras sopas, para dotarse de un feroz contenido, el que queremos alejar de nuestras mentes con cada sorbo, las bandejitas para recoger las llaves a partir de ahora nos recordarán todas esas noticias a las que al cerrar la puerta ya no daremos esquinazo y los adornos caseros que bien podrían decorar la casita del matrimonio Arnolfini en los que aprovechábamos para retocarnos los rizos antes de salir de casa serán desde ya guardianes de secretos escritos a los que nunca les dimos importancia. Nuestra autonomía que se hace fuerte en el refugio diario de nuestras alacenas es gracias a la autora el siniestro recordatorio de informaciones a deshora que convierten nuestra morada de descanso en una vivienda de pesadilla como aquella mansión de la Bestia en la cinta de Cocteau. Textos arduos, espesos, de esos que debió catar la economista antes de pasar a su nueva y arriesgada vida de artista, son los que acompañan a estos escenarios de sobredosis, porque nos hicimos ciegos a según qué cosas hasta que la creadora llegó para evidenciarlos bruscamente. Por mucho que te frotes los ojos seguirán ahí…

O quizá debas enfrentarte a ese alud informativo, lidiando con él a raquetazos, como los hombres y mujeres de los collages de Eva Iglesias que, jovialmente sacuden el cuerpo para ejercitarse en el noble arte de esquivar lo que no nos agrada. Damiselas gentiles y suaves caballeros atezados con sus mejores galas estilo años veinte vapulean esas tuercas del sistema aupados en tornillos descomunales sobre fondos amarillos. El amarillo de esa prensa que sagazmente habrá inventado para estos personajes unas vidas incómodas para ellos, atractivas para el público que les obligarán a permanecer subidos a esos utillajes en imposible equilibrio para sortear la pieza inesperada. ¿Se puede seguir impertérrito, en actitud galante incluso cuando los medios de comunicación nos agraden permanentemente? La respuesta de las piezas exhibidas parecer ser que sí, aunque esa afirmación nos condene a un partido perpetuo en el que defender nuestras posiciones. Habrá quien vea en esa tuerca gigantesca una clara alusión al neo-partido que marca la actual política y aprieta las ídem a sus convecinos de patio-hemiciclo. Nada seguramente más lejano de la intención de la autora: la docilidad de sus figuras atléticas y deportivas no perciben amenaza alguna, mantienen el sosiego de sus perfiles, siendo solamente el espectador consciente de la dimensión del reto.

Y si los de Eva Iglesias son personajes etéreos, las situaciones definidas Arturo Alarcón en sus piezas vienen provistas de un peso escénico. Tanto sus maniquíes que rescatan la figura femenina dotándola de una luz emanada de dentro de la que muchas veces carece la mujer en el espacio público, al entenderla como deudora de la iluminación que le proporcionan otros. Como en sus imágenes graffiteadas en tonos rosados, aparentemente inocuos de esa arma cargada de falsas promesas que es Facebook. Arte urbano, tan explosivo en su denuncia como impecable en la intervención que cualquier despistado podría confundir con un anuncio amable. Porque la red de contactos apunta y dispara tan sutilmente que nunca verás el proyectil contra tu privacidad, salvo que te sientes a limpiar la metralla que cada nuevo desconocido cuya amistad has aceptado por indolencia ha dejado en ti. No eres tú, son los miles de desnudos que ejecutas a cada segundo con cada Me gusta. Bombardeo sí, pero de una cercanía impostada, la más difícil de esquivar: todos somos vulnerables a la soledad. De ahí ese soldado enredado por telarañas invisibles, mientras a su alrededor cuelgan los rosarios de quien se encomienda a Dios ante el mal ajeno o festeja con sus madroños a modo de volantes, desoyendo el dolor que no empatiza.

Aunque más allá de la información enlatada está el universo de la que percibimos cada día sin darnos cuenta como bien sabe Laura G. Villanueva. Todo ese envío de datos es un desnudo no pretendido de todos y cada uno, nuestra tarjeta de identidad, presentada sin que nos la pidan, a veces integrada, a veces concienzudamente apocalíptica. Porque nuestra indumentaria, la arquitectura textil que recompone nuestra figura ante los otros define intenciones, retos, silencios frente al espectador que son todos y cada uno de los individuos con los que cruzamos el paso. Acetatos sobre lienzo, todo en blanco, deslindan con delicadeza esa intimidad desvestida para el otro que ejecutamos en las coreografías con las que recorremos las trayectorias de nuestras rutinas. Pliegues que se deslizan imperceptibles por la piel para cubrir lo que no queremos sea desvelado al público y aberturas que encauzan lo que compartimos en nuestra comunicación más personal, la de mostrar el propio cuerpo.

“Miedo a todo” se va al otro extremo, con rostros sin pupilas, ilustraciones de unos personajes que en la candidez de su trazo acumulan la impasividad de Cara cortada y su familia. Como ellos son supervivientes de esta sociedad en la que todo es susceptible de ser deglutido, consumido hasta el vómito. Figuras reclinadas sobre los contenedores de basura, tal vez no porque tengan hambre, sino porque han desarrollado una de esas patologías de esta sociedad enferma, el síndrome de Diógenes, donde lo importante es acumular, poseer, aunque la posesión te transforme en un detritus más de tus tesoros de vertedero. Pero no nos engañemos los dibujos del pequeño de Miedo a todo son calcos de esta realidad inquietante en la que vivimos: llena de seres desnaturalizados que se buscan la vida bajo la mirada ausente de sus convecinos y el silencio cómplice de quienes asisten atónitos e inmóviles a los desahucios. Eso sí, de todo evento, por luctuoso que sea siempre hay que dejar huella en las redes sociales, porque como dice la ilustración de Alicia en el País de las Maravillas “lo importante no es estar sino haber estado”, haciendo alusión a ese disfrute vicario del asistente a través de la envidia que genera en su interlocutor por el acopio de experiencias.

Zonas libres de distorsión televisiva, diagnósticos de patologías oculares como el glaucoma político, plazas urbanas pensadas para la libre circulación de personas o viviendas para la cría avícola que nos recuerdan amargamente las condiciones de las infraviviendas que el mercado nos ofrece como si de gangas se tratara. Ésas son las propuestas de David de Pablos, un artista dispuesto a incomodar dulcemente. Porque sus creaciones no son las protestas que suenan a bofetada en las calles, sino pintadas de guante blanco que golpean más fuerte si cabe. ¿Qué podría ser peor que alfombrar de felpudos con la palabra “Bienvenido” en alemán las entradas de edificios públicos en Atenas? Una dosis de humor ácido que se te atasca en la garganta nada más tragar para evidenciar hasta dónde llega la humillación o la transformación del espacio común gracias a una crisis que se ha instalado a patadas en nuestras vidas, sin pedirnos permiso para arrebatarnos la dignidad que se aloja hoy en esos habitáculos espléndidos para desvalidos pajaritos, los ciudadanos, decididos siempre a arrostrar las dificultades y a apretarnos el cinturón hasta la extirpación del bazo.

Entre tanta queja, tanta imprecación, tanto llamamiento a la acción encontramos a Álex Barros que nos sitúa en las antípodas de este ruido entorno mediante paisajes que concibe en una somera grisura, en la desolación del vacío absoluto, rincones de un mundo donde la existencia del ser humano se halla desprendida. Allí es el no-lugar al que no alcanza la sobredosis informativa, el reducto de tranquilidad que el ciudadano atribulado por tanta desgracia mediática busca sin descanso para volver a encontrarse. Panoramas de silencio, realistas, naturales, frente a la competencia desleal de tanta realidad tratada informáticamente, tantas secuencias fragmentadas para hacerse digeribles al espectador que, en cambio, bien quisiera habitar estos instantes de nada que sugiere en sus pinturas el autor, reconquistándolos para una civilidad más humana, incluso aunque la recuperación del sector del ladrillo se frustrara.

Y acabamos con Cristina Cano y su suerte de élitros de insecto, elementos reticulares que bien podrían ser trazados urbanos por los que deambular perdido en medio del tráfico después de una sesión de narcoléptica manipulación informativa. Bajo ellos tonos verdes y azulados instan al espectador a sosegarse, a reintegrarse a la vivencia de lo natural y a incorporarse a la tendencia de la vida “slow” que los medios de comunicación proscriben con su cháchara. Ilustraciones cándidas, preciosistas que interpelan al que se detiene frente a ellas, para observar lo diminuto, lo imperceptible, la belleza mínima que contiene aquello que olvidamos contemplar porque requería esa moneda perdida, el tiempo que nos robaron con tanta disertación vacua.

* Una muestra comisariada por Adriana M. Berges, artista visual y gestora cultural. Desde joven mostró una predilección especial por el lienzo y la pintura. Estudió Bellas Artes en la Universidad Complutense de Madrid y cursó su tercer año en la HAWK, Hildesheim, Alemania 2012-2013, donde pudo especializarse en diseño, técnicas planográficas y edición de libros ilustrados.

A su regreso a Madrid finalizó los estudios de Bellas Artes en 2014 y seguidamente fue seleccionada para el Máster en Historia del Arte Contemporáneo y Cultura Visual en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, donde actualmente continúa su formación. Compagina su pasión por la pintura, con diversos proyectos de gestión y comisariado con artistas nacionales.

Sobredosis, es su proyecto más reciente.

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