Dopaje informativo

jeringuilla  Me siento, me conecto, leo, me levanto, me conecto, reviso el correo, me levanto a tomar algo, vuelvo, me siento, cambio de pantalla, me conecto, leo, bajo, bajo, bajo el cursor, leo, diagonalizo, cambio de pantalla. Llega un e-mail, lo cierro, no, lo dejo pendiente, cambio de pantalla, pienso en levantarme a beber agua, sigo delante del ordenador. Saludo a mi madre que entra por la puerta y se sienta detrás de mí: observa cómo muevo el ratón, reviso Facebook, reviso Twitter, reviso LinkedIn, nada, nadie, ¡ah, sí, un aviso! Giro la cabeza…, es mi madre que ha dicho algo que apenas he entendido. Digo algunas palabras inconexas que he creído oírle para enganchar la conversación y me giro hacia la pantalla. Me sigue hablando, giro el cuello para ver qué es eso que anuncia la televisión. “Guantes, lejía…” Vuelvo al teclado. Aprieto las piernas para aguantar las ganas de orinar. Miro el móvil de reojo. La ventana emergente vuelve a aparecer, la cierro. Oigo de fondo la risa de mi madre que me pregunta “¿habías visto una cosa igual?”. Le digo que sí, miro su cara de desconcierto y luego enfado, el mohín de “qué cosas dices”, cambio de opinión, resuelvo la incidencia y regreso al ordenador. Me distrae la voz que dice “La salud es para disfrutarla… Llame al 902…”

Me pregunto qué cosas están pasando fuera de mí mientras sigo conectada a lo urgente. Me pregunto si realmente lo urgente lo es, o podría prescindir de atenderlo, me pregunto si mi sobreexposición a tantas fuentes de información para no perderme nada me permite estar al día. Me pregunto si sufro una sobredosis de redes sociales, televisión, móvil, pdfs. que descargo para leer y nunca leo o leo ametrallando las líneas con los ojos. Me pregunto si estoy dejando de vivir para estar alerta. Me pregunto si el estado de alerta permanente es bueno para mi salud. Voy a buscar algo sobre eso en Google. Me pregunto si la relajación es posible una vez que te has dejado bombardear por noticias que van desde el llanto de Belén Esteban a la decapitación de 21 cristianos coptos en Libia. ¿Cómo puede afectarme tanto visionado de violencia? ¿Se alcanza el sosiego mirando canales de relajación zen o sigo estando expuesta, a otra clase de información, la de una calma que está fuera de mí y me proporcionan otros? Mi madre me pregunta que qué me pasa. Le digo que nada, nada y miro el móvil que parpadea con una llamada entrante. “La función protectora de la piel…”, “¿Nunca has sentido que te falta algo?”, ahora resulta que eso que buscaba en mí está en Perú…, es lo que dicen los publicistas. ¿Las aspiraciones pasan por aceptar lo que nos venden los medios de comunicación o es posible todavía independizarse de las recomendaciones de consumo y experiencias que otros hacen por mí? Mi hijo pega saltos en su cuna, le digo ¿pero qué has hecho? mirando el desastre de galletas troceadas sobre el que coge impulso. Echo una ojeada al ordenador. La portada de ese libro con sus colores claros me confunde: como está al lado del móvil da la sensación de que el teléfono se ilumina porque están llamando, pero no. Vuelvo a concentrarme en lo que leo en pantalla. ¿Puedo concentrarme o es sólo un autoengaño? ¿Qué capacidad de dedicarse a la reflexión tiene una persona con tantas ranuras de información por la que entran tantos contenidos? ¿Cuándo vomitaré este atracón de datos? ¿Quedarán flotando en mi cerebro sin orden ni concierto hasta que me siente a organizarlos o irán mermando mi capacidad de procesar nuevas entradas? ¿Por qué hablo de mí como si se tratara de una unidad de procesamiento? ¡Qué dolor de cabeza!

El tsunami de información nos tranquiliza, nos hace sentirnos partícipes en la lectura de la línea, que no en la acción. ¿Estamos tan dopados de noticias que somos incapaces de ponernos en pie? ¿Puede la indignación convertirse en dama sumisa por la abulia informativa? ¿Llegaron tantos datos a los ciudadanos de la Alemania nazi sobre el exterminio que prefirieron relajarse antes que actuar? ¿Se puede dimitir de la responsabilidad de movilizarse como ciudadano alegando sobredosis?

©Alicia González

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