Donde estuve

donde estuveFernando Delgado entreabre los mundos inciertos de la palabra que dan sentido al existir, aunque no siempre la claridad como él dice acompañe este vuelo laberíntico con el que proporcionar voz a su paisaje. Palabra limpia, inadmisible si se alimenta en las cuevas del miedo y juguetona para quien la toca con delicadeza. Con esa misma emoción sutil el autor nos despliega un atlas de encuentros difusos, llenos de muecas públicas y confusiones de alcobas posibles o no en el banquete de las fantasías donde nadie está obligado a reconocerse.

Se desdobla en el niño organista catedralicio, rasgado por la sonoridad en la caja de resonancia que es el poeta. Delgado es música, geógrafo y ornitólogo en esta partitura de vidas, porque todas esas conciencias de observador le permiten salir de su jaula y trazar viajes por cumplir, incorporar las notas del recuerdo, a veces más libre en su condición de ensoñación y otras revelador, por cuanto la memoria puede transformar en carcelero al muchacho feliz que creía oír trinos o en pólvora lo que pensábamos eran besos almibarados.

La fugacidad de noches desaparecidas, sólo presentes “en las brumas del tiempo” ponen verdad al cálido arrebato. Desde los rescoldos Fernando Delgado esboza esa sonrisa que recordamos de los telediarios con la ironía sentenciosa de quien remata la situación y el verso –como en aquel sucedido de beso robado y por ende inconfesable incluso hoy en desvelo compartido-. En otras ocasiones es sin embargo el relato de la fiesta gozosa aun en noche oscura o rescatada del fuego redentor que esperaba una carta todavía por llegar.

Momentos prodigiosos sobrevividos en el espejismo de la memoria, en el que se almacenan en cruel inventario las tardes en Velintonia ya irrecuperables, una risueña tarde de escondidas en Bomarzo y los besos diluidos alentados por el vaivén de la góndola en San Bartolomé.

Viajes por estancias vívidas de cuerpos con algo de traslación religiosa en lo que configuran esas muertes de la comunión de alientos, única fe para el que comprende el temor que sostiene la peana del santo y se admira ante esa caja vacía de un verdadero creador, Oteiza.

Donde estuve. Fernando Delgado. Vandalia. Sevilla, 2014. 128 páginas. 11,90 €.

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