No leer antes de la edad adulta

Warren

Dibujo de Dave Warren para la versión cinematográfica de Terry Gilliam: The Man Who Killed Don Quixote

“Es tan clara que no hay dificultad en ella: los niños la manosean, los mozos la leen, los hombres la entienden y los viejos la celebran”

Leer adaptado, leer desmejorado, leer manipulado, leer lo que otro ha entendido que dice, leer con dibujos que delimitan los que podemos recrear sin esa lectura pautada, leer breve, leer sin emoción, leer para no poder leer luego, para aborrecer lo que hubo que leer, leer con reverencia, sin echar a volar la imaginación, porque para eso están las interpretaciones canónicas.

¿Puede ser el placer asignatura obligatoria o la razón crea monstruos como el Humbert Humbert al que su padre leía el Quijote? ¿Tanta moraleja es cervantina o forma parte de motivos pedagógicos espurios o teorías de la recepción funcionales a la convención del momento?

Al abrir el Quijote el lector debiera adoptar la actitud del curioso Martín de Riquer niño, sentado en el suelo y sucumbir ante la voluminosa novela. Las aventuras del ingenioso hidalgo son extensas en recorrido e intensidad y tratar de restarles densidad lingüística transforma la lectura en un sucedáneo de una historia que no es solamente un relato de caballerías, sino la narración de un extravío y un encuentro con la amarga lucidez de la soledad que es el fracaso entrevisto por Julian Barnes. El Quijote nos permite entender que no hay que mantear hidalgos por mucho que nos adeuden un pago, ni burlarse del idealista que subimos a lomos de un caballo de madera para mayor regocijo. Lo contrario da rienda suelta a la jauría que intuyó Turguéniev.

Tal vez esa insistencia en hacer de él lectura imprescindible en la infancia haría reírse a don Miguel que vería redivivo el espíritu del Retablo de las Maravillas, pues hemos convertido en una prueba de intelección la ingesta atropellada de sus páginas, salvo que claudiquemos reconociendo la nescencia de un país que cierra librerías día sí y día no. Cervantes alertaba de los peligros de la lectura sin freno –moviendo a la espontánea carcajada de sus coetáneos- y nosotros desvirtuamos alegremente su obra transliterando las peripecias, recortando aquí y allá para fabricar un cadáver exquisito -erigido en “mitologema nacional” como asegura Varela Olea- de obligado cumplimiento para la expedición del certificado de suficiencia lectora. Detrás de esas exigencias se esconde la misma falacia que impele a los padres a ser monitores de tiempo libre de sus hijos, en estado de perpetua actividad sin espacio para el descanso creativo tan beneficioso para el manco en sus años de reclusión. Y como dice Canavaggio quien no ha leído aún el Quijote está de enhorabuena; ya habrá tiempo de medir el paladar con tamaño plato sin que la degustación provoque en el chaval el duelo por una compulsión ajena y el quebranto de la futura aversión a la letra impresa.

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