El amor brujo

artl Torturado por los semáforos de la estación Retiro un hombre derrotado, casado, es observado por la mirada felina de una colegiala. En el vagón de tren Balder e Irene aprovechan la parálisis de la lógica para consumar “cierta íntima ilusión materializada”. El “animalito feliz” que es el propietario del Perramus, hombre de orden, tendrá que enfrentarse a la familia de la “diosa”, aunque no está claro que se vayan a contagiar de esa “fiesta interior” sin deseo ni pudor que han experimentado. Estanislao Balder necesita poseer para salir de la pereza del amor que se acomodó. Mientras los paisajes se nos presentan como parte de un escenario amoroso de lo que el protagonista intuye como una complicación, los personajes rinden cuentas al cronista de la historia.

El presentimiento de lo extraordinario que no se atreve a aceptar en una sociedad monótona de infidelidad conyugal, sobre todo para las que “estaban aún en la masturbación y la mentira”, como Zulema, infelizmente emparejada con otro frigorífico y promotora de los encuentros de su amiga y su admirador. Un universo que alienta la afinidad entre los que comparten porquerías y no hipocresía, en convivencia con el despuntar de los rascacielos, tan altos como las aspiraciones de Balder, y los militares en el Buenos Aires de los años treinta. Aunque el primer tartufo sea Balder, revolucionario de pacotilla en permanente alucinación y primera desilusión para la niña Irene no sabemos si por la fuerza del virgo dudoso o la de la costumbre al matrimonio.

Alicia González

El amor brujo

Roberto Arlt

Drácena. Madrid, 2015

228 páginas

15,95 €