La violencia también puede ser poética…, bueno eso ya está claro

madozHay algo de macabro en las cadenas de palabras de ese juego infantil que Chema Madoz se trae entre manos, porque las palabras con las que se entrelazan –sacadas de las “Especies de espacios” de Georges Perec- son una cadena perfecta, imposible de desanudar. Quizá miro con ojos distintos las piezas del fotógrafo, pero encuentro en “Las reglas del juego” un Madoz violento con básculas reconvertidas en sillas para pesar tal vez el alma del cansado como si se tratara de un ritual funerario egipcio, floretes doblemente hirientes, pues la copa del arma de filo se ha metamorfoseado en la esfera de un reloj y al tocarnos con la hoja, se descuentan los minutos de nuestro tiempo vital.Tiempo marcado al ritmo de ese columpio siniestro rematado por un cinturón de castidad que queda en movimiento en la mente del público, pese a ser la captura de una instantánea. Obsesión del madrileño, ésta de medir las dos dimensiones, espacio y tiempo, llegando al extremo al colocar frente al visitante esa correa de reloj que mide en micras y centímetros para tener todo febrilmente atado. Un universo perfecto, siempre al borde de la quiebra, por la propia fragilidad que está en la trabazón de sus fibras, porque si no, ¿a qué viene poner esos extensores de gimnasio al límite y emplear sus elásticos a modo de pentagrama?…, para que el observador intuya el desastre en su inminencia, la desaparición del acto por la potencia destructiva que todo objeto lleva en su germen. Ese tintero vertido sobre un blanco infinito dibujando con la densidad de sus pigmentos lo correcto, Right, aunque nadie acepte que un borrón pueda serlo.

Incluso aquella inocente planta que podría estar en cualquiera de nuestras casas descubre su lado más negro, atravesando con una de sus hojas otra, quién sabe si por ser diferente. ¡Y qué me dicen del anillo que reposa inocente en mitad de la trampa para ratones, cebo perfecto para un casorio!

En el bestiario de Chema Madoz no falta el avestruz que esconde la cabeza en su propio huevo gigante, en una inversión de términos que violenta al espectador: ¡quién no ha sentido alguna vez ganas de volver al útero materno para evitar la vida! Y también objetos extrañados de sí mismos que juguetean a recordarnos su función,

como ese ventilador en cada una de cuyas palas está escrita una de las letras del viento en inglés, Wind. Y si no, piensen en la avioneta que irremediablemente nos sitúa ante esa escena de “North by northwest”, con un Cary Grant asediado en mitad de la nada por un peligro ante el que sólo cabe tirarse al suelo y las iniciales de los puntos cardinales en esa suerte de brújula amenazante que parece ir a por nosotros, los desnortados. Cualquiera de ellos optaría por encaramarse al árbol más cercano cual barón rampante para huir de la realidad, pero no se engañe, los árboles de Chema Madoz los rematan esponjosas nubes en lugar de sólido follaje, del mismo modo que las esferas celestes están inexorablemente escritas en los meridianos del cuerpo humano o viceversa.

Ya le digo que Madoz violenta los perfiles de cualquier objeto, sea tacón de aguja o corbata con mensajes restrictivos. Hasta la propia luna, colgada como un gong en el espacio vacío, seduce al espectador que sigue sin dudarlo los engaños visuales del artista, porque en su cercanía sus objetos nos resultan aterradoramente conocidos. ¡Nunca reparamos en que esos libros hubieran sido mordisqueados por un ratón ficticio para formar ellos mismos la palabra book, ni habíamos caído en la cuenta de que la tela de araña era una ristra de palabras y no un pegajoso estorbo en las esquinas. ¡No se preocupe, no es usted el primero en caer apesadumbrado por no haber reparado antes en todo ese universo invisible a los ojos de la rutina! ¡Déjese llevar como Norma Desmond en su descenso final por esa alfombra que le conducirá a una inmersión tal vez tan indeseada en la piscina como la de Joe Gillis en “El ocaso de los dioses”, aunque la propuesta de Madoz sea más indolora e igualmente poética!

Alicia González

Las reglas del juego

Del 12 de mayo al 2 de agosto

Sala Alcalá 31 de la Comunidad de Madrid

Comisario: Borja Casani