El crítico que pedía una prórroga a la vida para seguir leyendo

harold-bloomWilliam Blake y Hart Crane son la revelación a los doce, Robert Graves, una veneración por la Diosa Blanca a los 18, imposible de mantener en la edad provecta, que conducen al crítico literario Harold Bloom a Shelley, Wallace Stevens, Yeats, Milton y el Shakespeare de ese soneto 94 dudosamente ambivalente como vienen sosteniendo sus colegas de profesión.

El profesor de Yale riega en “Poemas y poetas. El canon de la poesía”, editada por Páginas de Espuma un árbol de la genealogía poética prioritariamente anglófono al que le brotan ramas ajenas como Petrarca, Neruda –y ese error generoso que es su poesía política contra la repugnante dictadura de Pinochet-, Octavio Paz –gran poeta erótico y crítico-, Charles Baudelaire o Pushkin, del que lee en verso el “agradable rompecabezas” que para él es “Evgueni Oneguin”.

Convengamos entonces que en este canon de la poesía occidental los españoles quedamos al margen, salvando las menciones a san Juan de la Cruz o santa Teresa o las reminiscencias de Dante que descubre en el Lorca del “Romance sonámbulo”, sin que lo salve abiertamente por su homenaje a Whitman, al no poder haberlo leído, dado su inglés inexistente. A partir de ahí, hay que coincidir con el autor-y con Freud, de quien parte la prueba de la realidad- en que el arte de versificar se ejecuta para aprender a soportar la mortalidad y entender así el recitado terapéutico del ensayista, “no muy de playas” según dice, con el que propiciar la sanación individual de la violencia. Y le ha debido ir bien, porque, sus cóleras contra los poetas insuficientes, dignos de estudio por su condición sexual, etnia o género, quedan subsumidas en las tesis de sus volúmenes, sin que tengamos noticia de que se haya abalanzado contra los baluartes del resentimiento que derroca los criterios estéticos y los sustituye por otros espurios.

Encontramos en este libro la ansiedad por la influencia -que ya le dio para un estudio independiente- en el Petrarca redimido del egotismo de la escritura, deudor de su originalidad en las “rime petrose” dantescas y el acoplamiento violento de lo heterogéneo de metafísicos como Donne que cuestionan los criterios de lo general o lo universal, en oposición a la estrechez de Johnson con su crítica al arcaico John Donne, poeta menor frente a Spenser o Milton para el neoyorquino. Disfrute el mejor Bloom que embiste contra esa “multitud de críticos meapilas” al abordar las interpretaciones erróneamente platónicas atribuidas a la obra de Shelley, autor que le permite hacer incluso etología de los antishelleyanos, haciendo especial sangre en los preciosistas y que no para en mientes al destaparse obsesionado con el “Childe Roland”, “como si fuera el poema moderno por antonomasia”.

Sorprende quizá que, pese a que Bloom rechace los ismos de género como etiqueta de calidad cite a Anne Bradstreet como la primera poeta americana notable, destaque de Dickinson su forma de enseñarnos intuitivamente “que las mujeres no necesitan ver como los hombres, no necesitan desear como desean estos, no necesitan apropiarse para ellas mismas como tal vez necesiten los hombres” y concluya su canon poético con un lamento porque se perderá lo que queda por llegar de Anne Carson, citándola entre las lenguas de maestros que reabren heridas las de dos Emily Brontë y Dickinson (de nuevo), entre los que intuimos no está Walcott, del que duda tenga una voz propia. Entremedias prepárese para confrontar a Blake con el nabi, asomarse a las tessera y abrirse a la kenosis, conceptos que entre otros disemina Bloom en este campo por labrar que es el análisis crítico tan “tenazmente vivo” como el Viejo de Wordsworth en una materia, la poética, que permanece “en estado primordial y desprotegido más aún poderoso en su dignidad”, por más que intenten matarla acabando con ese lector no contaminado por la crítica cultural de moda. Si el Hamlet de Valéry reflexionaba “sobre el aburrimiento de recomenzar el pasado”, Bloom es el bibliotecario ansioso por ese título que intuye no verá llegar a sus estantes, el de una canadiense que no se parece a nadie vivo.

Alicia González

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