Viaje al territorio oscuro de la infancia

Loureiro

Entrevista a Aurelio Loureiro

La novela reconstruye pedacitos de un universo faulkneriano extinto…

Es el regreso a un mundo que  a mí me implicó mucho, pero casi como espectador de ese mundo. A medida que ha pasado el tiempo y ese mundo se ha ido extinguiendo, lógicamente al cerrar la mina, todo el mundo que había en torno a ella se ha deteriorado bastante en todos los sentidos. Allí prácticamente sólo quedan jubilados y los jubilados se van muriendo, así que diríamos es un mundo prácticamente en extinción, de momento, como todos los mundos, por otra parte, que viven en torno a un…

Universo duro…

Un universo duro, porque sobre todo la dureza está ya en que la gente se levante por la mañana o por la tarde, según el relevo y vayan a trabajar al fondo de la tierra. Es la oscuridad, un enterramiento previo, procaz casi. El título por eso es, al margen de la enfermedad, una especie de símbolo en el que yo digo los mineros nunca veían el cielo, porque o estaban en la mina o estaban en la taberna y yo les alquilo, digamos que es mi homenaje. Mi homenaje a un mundo del que me fui y al que regresé después de años.

La presencia del niño es la luz que sí les lleva el cielo y pone el contrapunto a toda esa oscuridad…

El niño es esa tercer persona…, el niño y el adolescente, porque no hay que perder de vista una cosa, yo tampoco quiero hacer una exégesis de la infancia. Yo sitúo esa tercera persona en edades que van progresando en el tiempo y eso se detiene en el momento de la huida, en que yo inicio un viaje del cual regreso. Yo he dicho muchas veces que para el viaje de vuelta se necesita ayuda, se necesita un guía. Tú en el viaje te metes en una especie de túnel, porque no sabes adónde va y al cabo ves una luz al fondo, pero durante ese viaje por ese túnel necesitas una lámpara. Yo muchas veces digo que esa lámpara es como la de los mineros que avisaba por una parte del grisú y por otra parte alumbraba por las galerías oscuras. El niño, el adolescente es el que me va guiando por ese mundo como esa lámpara. Ten en cuenta que este libro surgió como una especie de rencor contra la enfermedad, era un libro sobre la enfermedad, y la enfermedad en realidad es como la galería de una mina, es oscuridad que necesita una guía y no siempre al fin del túnel o al fin de la galería vez la luz es un poco jugar con esas dos metáforas de la vida.

La muerte, la enfermedad, la muerte dulce, todo tiene una densidad muy fuerte, pero con escenas algunas escatológicas, eróticas que hacen bajar a la realidad al lector…

Eros y Thanatos, pero yo no he querido reflejar eso, es decir, la niñez y la adolescencia es lo más complejo del mundo donde se reúnen todos los elementos que conforman una personalidad y dentro de esa personalidad cuando tú inicias el regreso… Yo insisto mucho en esto del viaje, porque fue así realmente: tú húyes de un mundo para volver a él al cabo del tiempo, porque ese mundo te arrastra. Cuanto más lejos te vas, más tira de ti. Y cuando te enfrentas a ese mundo te enfrentas a un período de la vida o a esa guía de la lámpara que te introduce en ese mundo en el que caben todas esas contradicciones. Es decir, la muerte estaba presente siempre, pero la muerte no es óbice para que haya erotismo, no sé si escatología, en cualquier caso sería escatología intelectual.

Comentaba Luis Alberto de Cuenca que es claustrofóbico por esa sensación de llevarte al fondo de la mina para luego dar el impulso hacia arriba.

Yo digo mucho que a pesar de la “trascendencia” del libro que yo creo que la tiene, porque eso que tú dices que tiene es verdad. Yo bajo con el lector a la mina por primera vez en mi vida, sobre todo voy al entorno de la mina que, aparte de la fatalidad que puede ocurrir en cualquier momento a un minero o a veinte si hay un derrumbe, yo lo que hay fuera es tan dramático como lo que hay dentro, pero claro, en la vida del niño, del adolescente que vive no enterándose muy bien y convive con esa fatalidad, sus instintos van por otro lado y ahí es donde reside el humor. Yo digo que este libro es a pesar de todo es un libro con mucho humor.

A veces puede dar la sensación de incomodidad por reírse después de lo que ha venido leyendo…

No, pero el humor es eso, el humor no es la carcajada, la risa, que también, pero éste es un libro en que se produce eso. Yo, leyendo algunos pasajes, porque no lo he leído entero después de publicarlo, yo mismo me río y sin embargo, yo presuntamente es el que he sufrido toda la majestuosidad de ese mundo. Yo salía de casa y veía el castillete al fondo y eso era impresionante, porque allí bajaba tu padre en una jaula que no era ni ascensor y bajaban al centro de la tierra a sacarle las entrañas a la tierra.

El libro tiene también de mitología: un monstruo, la abuela, el cancerbero de la discoteca, el confesor…

Es muy difícil escapar de los mitos, aunque no soy mitómano, en absoluto.

Pues te ha salido un libro muy filosófico…

Ya, mi formación es filosófica. Es muy difícil desprenderte de eso, pero yo he querido hacer una narración sencilla, con profundidad, porque es un mundo que se presta a la profundidad –no puedes pasar de puntillas por él, pero he querido hacer una narración comprensible, que llegue para que la gente no entienda un mundo, sino que sienta por un momento ese mundo y yo si se me permite la falsa modestia creo que lo que conseguido no sé si en todo, pero en parte.

¿La palabra es redentora o como en el libro de Sontag, ante el dolor de los demás nunca es suficiente? ¿Has querido salvarte o salvar a los personajes de alguna forma?

No, porque ellos estaban salvados ya.

Pero tú les alquilas el cielo por si acaso…

Por si acaso. Hay muchos de los personajes que están muertos pero que viven en mi cabeza, hay amigos, hay de todo un poco, hay familiares –está mi padre, mi madre que por cierto murió sin leer el libro ella que leía todo lo mío-. No es una redención. La palabra no te redime, la palabra expresa el concepto de tu vida y entonces sin la palabra no podrías explicar tu vida ni explicártela. La palabra no es redentor, ni vivificadora ni es nada, es simplemente la explicación de tu mundo y sin ella sería imposibles.

Y tú que has dicho no estar a favor de los microrrelatos casualmente cada previo del cuento te ha salido una digamos condensación narrativa.

No sé, sí puede ser un microrrelato, decía Merino que son como haikus.

Tienen belleza y significado por sí solos…

Es otra forma de ver ese mundo, más repentina, más espontánea, menos elaborada, porque no están elaborados, pero sin embargo, explican el mundo que se va a leer luego, pero que no tienen relación con el relato con el que van sino con la atmósfera en general. No quise hacer ni microrrelatos ni haikus ni nada. Yo en principio no quiero hacer nada, me sale y como me sale yo le doy forma, pero no estoy en contra de los microrrelatos, estoy en contra de la falsedad de muchos microrrelatos. Ocurre como con todo: hay microrrelatos, poemas, aforismos, fantásticos y luego hay una serie de cosas que no sirven para nada y están al socaire de los buenos, pero no estoy en contra del microrrelato. Ahora leer un libro de microrrelatos hay que hacerlo poco a poco. Y en definitiva, los microrrelatos que a mí me gustan son los que se acercan a los aforismos.

No sé si te encuentras más cómodo en la novela negra de La séptima jornada o en este universo negro…

La séptima jornada y los relatos anteriores yo los conecto. Tengo otras dos novelas que formarían una trilogía con aquella que están también en ese mundo onírico, que en el fondo no es tan distinto. Cuando tú te metes a fondo en una novela donde unos personajes llegan al borde del abismo es como si tú estuvieras al borde de la mina, pero esa parte más actual o más alejada de ese mundo de la mina, de la infancia, es una opción que yo tomé en un momento determinado como un proceso de esa huida. Estos relatos o novela, como quieras llamarlo y la novela que estoy escribiendo ahora que está en un tono un poco más de aventuras es una necesidad. Por supuesto, me he encontrado muy a gusto en todos los sentidos de las emociones escribiendo esto y ahora también con lo que escribo, pero es una necesidad y yo quiero abrir un mundo y cerrarlo.

¿Y en esa comodidad, ser crítico y estar rodeado de escritores como Merino o Luis Mateo, no sé si provoca un mayor grado de exigencia?

No, yo el grado de exigencia no sé si lo consigo pero lo tengo desde siempre…

Pero es interno…

No, a mí no me condiciona nada conocerlos, porque además me da mucha alegría

Porque creo que también son buenos lectores tuyos…

Son buenos lectores míos y yo soy, creo, buen lector de ellos. En algún momento algunas partes de lo que escribo me han dicho esto es muy como Mateo y lógicamente puede ser, porque las influencias no hay que negarlas ni menospreciarlas y además no sería mala influencias, pero creo que tengo un mundo propio que va saliendo poco a poco, muy poco a poco –pero tampoco tengo prisa- y que voy desgranando. A mí lo que me interesa en la literatura es poder desgranar un mundo personal, luego el resultado a veces es buen, a veces mal y a veces mediopensionista, pero ése es mi rol y mi reto y me da igual estar trabajando en un territorio que en otro. Mi grado de autoexigencia es muy grande.

Ya que mencionaba Merino los haikus ¿te has planteado escribir poesía?

No.

¿Lo descartas completamente?

No sé escribir un verso.

Nadie lo diría viendo esos microtextos…

Me da mucho reparo. Esto sale y por lo visto sale bien, porque gusta, pero tiene que salir.

¿Ya has recibido cartas o correos de lectores?

Sí y bueno, estoy muy satisfecho y quien ha leído el libro la verdad es que ha sido muy generoso en los elogios y eso te llena mucho, porque en definitiva la literatura para qué es, primero para llenarte tú mismo y el que diga lo contrario miente. La literatura es una alimentación personal de mucho fuste, pero también para alimentar o tratar de hacer un rato no agradable, porque la literatura no es para entretener a la gente, yo eso lo menosprecio absolutamente –uno se puede entretener yendo a ver caballos o con la tele-, pero la literatura no te tiene que hacer feliz, pero te tiene que hacer pensar y sentir y yo creo que este libro hace sentir para lo bueno y para lo malo.

El niño domina desde el castillete la escena…

No, yo me acerqué sólo a la zona de lámparas, mi padre no me dejó ni siquiera acercarme a la jaula. El niño es el que hace ese viaje, ese recorrido. En ese sentido el mundo del niño es mucho más oscuro, cerrado y claustrofóbico, puede ser que el mío. Yo soy el que narro, pero habla el niño y yo lo que narro es lo que ve el niño que se enfrenta después de tantos años a un territorio oscuro, un territorio triste y donde moría la gente, por eso la paradoja de la muerte dulce. El grisú es un gas que te duerme, pero te duerme de una forma feliz, claro que es un sueño del que no despiertas y entonces muchos muertos por el gas del grisú tenían una expresión plácida, feliz y ésa es la gran paradoja. Es el niño el que se enfrenta a todas esas cosas, la sirena que anuncia la fatalidad, el sentimiento de orfandad antes de haber muerto el padre, el hermano.

Es uno de los capítulos más sentidos. No sé si escribes el libro en un momento en que te vuelcas en el libro como ansiando esa muerte dulce, por encima de la enfermedad, de las vicisitudes, encontrar esa placidez en la vida…

Hombre, la enfermedad, cuando no es tuya produce emociones y sentimientos muy complejos. Es lógico que en una persona sea terrible, pero ser espectador de esa enfermedad durante mucho tiempo te cambia, te transforma, es muy difícil y no es que yo persiguiera una muerte dulce, ni para mí ni para nadie, pero sabes que cuando hay una enfermedad al final del túnel está la muerte y yo sí que le deseo a todo el mundo una muerte dulce, a mis amigos, a mis familiares y si tengo, que creo que alguno habrá, a mis enemigos.

Incluso a los críticos literarios…

No, pero los críticos son buenos… ¡qué te voy a decir a ti! No, yo convivo muy bien con ellos. A veces me dicen crítico, pero yo soy otra cosa, un intérprete de la literatura, un aficionado, máximo, compulsivo de la literatura.

Fuera de esos paralelismos con Luis Mateo ¿hay algún  autor europeo que te haya servido de referencia?

A mí centroeuropeos muchos, yo soy más que lector de la parte anglosajona o latinoamericana, aunque por ejemplo Beckett, quizá por las connotaciones gallegas me gusta muchísimo y me parece un escritor centroeuropeo que me ha influido mucho. García Márquez también a pesar de lo que digo, o Bohumil Hrabal con esa novela de un personaje que trabaja en un horno crematorio quemando los libros con ese humor que extrae, pese a la tragedia que era quemarlos después de leerlos en un acto de rebeldía contra el destino y me parece muy simbólico. Me han influido mucho, pero no en el estilo, creo, pero sí en la formulación del mundo.

 Alicia González

 

 

 

 

 

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