Somos manchas confusas

© Ana Marcos

© Ana Marcos

Insomnio que remueve el yo dormido, despertar premeditado para ser apresado en inmortales, pero desveladas capturas. La vigilia convoca todas las existencias pasadas en el instante del despertar, en ese espacio de consciencia a medias o de plena lucidez no confesada.

Los no dormidos esperan con ojos audaces el momento de cerrarlos con la angustia empapada en sus prendas, la ropa de cama. La luz mortecina, a veces asfixiante, otras con la placidez de un entornar los párpados. Las imágenes de Ana Marcos son más Ana Marcos que nunca, en plena gestación de obras que la mañana borra o en la desesperación del no crear insomne.

Puede que Seabrook mantuviera sus pulsiones por la dominación a raya gracias a la imposibilidad de conciliar un sueño reconfortante. Tal vez las mordazas con que apuraba la respiración de su dama no le dejaban compaginar la noche con la calma del durmiente. Como él, en la autora palentina intuimos más que lo reflejado en ese borroso recorte onírico. El pelo enmarañado juega con el espectador a proponer una mujer más niña, en otras, la mirada desafiante nos empuja a conocer a la Ana agreste que el sol de la mañana apacigua. Porque al igual que Kertész la creadora se sabe atada a un cuerpo de por vida y lo indaga incluso en los momentos de mayor separación de la realidad, durante el interludio de acción, reposo que aquí se consuma en inviabilidad de sueño. En ella el yo de Ana es otro más vulnerable, desasistido, un yo que se pregunta cámara en mano, aunque eso sea en esencia y el acto retratado sea la potencia intuida de lo que será el futuro ya convertido en presente de píxeles con esa nube de ensoñación que gira en torno al recinto de la cama, con su yo desvelado y frágil, con la indefensión que bien hubiera comprado Man Raye b sus sesiones de bondage.

Quizá la constatación de lo que suponía ser no coincide con lo imaginado. Se preguntaba el húngaro si la muerte es una energía activa, en ese caso, ¿la hemos pillado in fraganti cuando creía estar en soledad u en cambio compartía el desdoblamiento de un yo curioso metomentodo, un entrometido que entorpecerá el acto de mañana al atropellas esa evolución natural de desconexión con la sensibilidad aceptada?

Las visiones congeladas presagian una desnudez que aún no se ha producido, pesadillas arrastrándose por la mirada perdida y desasosegante de la mujer insomne. Podría deducirse incluso que el yo ausente que ha querido retratarse en situación tan precaria no es más que un receso en el fluir de la persona o que ese continuo no se rompe con la inoperancia del dormir, sino que aumenta y refuerza los lazos de consanguineidad con una materialidad interrumpida. Invisible a la razón, pero que impone sus reglas también en la vivencia insomne.

La atención del público es total para el objeto de estudio: no hay distracciones, sólo hay despojamiento, hasta intimidad impropiamente transitada por unos, los espectadores, y por la otra, la creadora, al romper el hechizo del distanciamiento. Quebrantada la norma que nos impele a respetar el sueño, los velos de la existencia subconsciente afloran en toda su brutal ferocidad, la más inexplicable y a la vez más tangible, porque en ella no concurren los condicionantes del yo despierto propio y ajeno, las fotografías fijas con las que unos y otros sepultamos las instantáneas de lo dicho, que no dormido.

Laboratorio de psiquismo donde las herramientas de la vitalidad se postergan para dejar paso a la expresión sin corsés del abandono, del doloroso asombro de la vida aparentemente detenida que la mujer insomne observa con perplejo silencio, tan abrumador que arranca las palabras para describir al que mira. Más allá de las imágenes que nos hacen recrear el imaginario de los difuntos con esa figuras casi amortajadas, tenemos aquellas que cualquiera podría interpretar como las de una enajenada, seguramente, porque nos hemos habituado a un rictus facial, una composición de gestos y miradas sin lugar para el extravío. Y si no piensen…, ¿no fue en la cara de un mendigo donde por última vez reconoció esos ojos sin rumbo? Tal vez sean los únicos a los que se les deja no estar constantemente alerta por haber escogido salir de la normalidad.

Escapada de las exigencias del mercado la mujer que sueña lo hace desmaquillada, despeinada, sin emplear las estrategias de desprotección del cuerpo que exige el mundo capitalista para estandarizar la belleza y anular las identidades estéticas del individuo. Sin rincones para la alteridad, las imágenes de la artista son toda una proclama contra el control del sujeto por parte de una sociedad que nos quiere expuestos a su gula cada segundo a través de la hiperconexión que nos plantean las nuevas tecnologías donde si así lo queremos no hay resquicio para ser fuera del escaparate. Allí, en ese hueco sin restricciones que es el sueño la pausa permite al ser discrepar de la integridad sin fisuras de esta dictadura sistémica que expropia cada partícula de presencia. Máxime cuando la detención no es tal y en el horario previsto para el olvido o la fijación de los recuerdos, según se mire, el protagonista permanece con los ojos abiertos, y en ausencia de otros, mientras la ciudad y la sociedad de la información duermen. Entonces los deseos podrían rebelarse frente a la rutina del rendimiento permanente y decidir que simplemente quieren contemplar lo que no nos permitieron ver o lo que vimos en mitad del ruido ambiente de una sobredosis comunicativa que nos hizo sordos.

Al final de toda nuestra seguridad, de ese camino de certezas por el que andamos cada día estamos nosotros, manchas confusas.

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