La memoria de la civilización peligra en Palmira

Autor: Jose Javier Martin Espartosa

Autor: Jose Javier Martin Espartosa

Morir apostatando de toda una vida. Ése era el “ofrecimiento” que el EI hizo al Howard Carter de Palmira, Khaled al-As’ad, acusado por los yihadistas de trabajar para el régimen baazista, tener vínculos con los chiíes de Irán y confraternizar con “infieles” occidentales en blasfemas conferencias, según explicaba el Observatorio Sirio de Derechos Humanos. Es cierto, cincuenta años siendo jefe de Antigüedades y Museos de Palmira hacían inexcusable su presencia en cualquier evento arqueológico internacional.

Como responsable de la evacuación de las antigüedades de la ciudad siria antes de la toma por parte del EI lo fácil hubiera sido cooperar y entregar al califato lo que quería, los codiciados tesoros de su ciudad natal. En lugar de eso, tras un mes de interrogatorios, Al al-As’ad  optó por mantenerse fiel a su fe, la del autodidacta que descubrió en los yacimientos la belleza de la civilización, esa idolatría por la que lo condenaron, y fue pasado a cuchillo el 18 de agosto. Su cuerpo, colgado de un poste de la luz para escarnio público y advertencia a quienes sigan reticentes a colaborar. Las reacciones no se han hecho esperar: “Para aquellos que compran los tesoros robados por el ISIS en Palmira, (decirles que) este hombre de 81 años murió intentando protegerlos”, sentenció Chris Doyle, director del Consejo para el Entendimiento Árabe-británico, en su cuenta de Twitter. A cambio de no traicionar su compromiso con Palmira como recordó Irina Bokova,  directora General de la UNESCO, los extremistas le han arrebatado la dignidad a su cadáver, haciendo de su ajusticiamiento, violencia retratada, una vez más reproducción de la barbarie, justo en las antípodas de lo que significan enclaves como Palmira. En declaraciones a la agencia de noticias siria SANA el ministro de Cultura, Issam Khalil señaló que “los terroristas procedieron a decapitar al investigador y mutilar su cuerpo para vengarse de cada pensamiento civilizado capaz de desenmascarar su oscuridad”. Queda esperar que al menos, las palabras de Bokova sean proféticas: “Han asesinado a un gran hombre pero jamás silenciarán la historia”.

Volvía a verla cada año. En la distancia Miquel Molist echa de menos a “la novia del desierto”, Palmira, la ciudad patrimonio de la UNESCO que desde hace poco el EI ha oscurecido con su bandera, aunque es optimista y espera volver…  En 2018 habrían cumplido cuarenta años juntos.

Antes de la guerra en Siria, en Palmira había unos 200 equipos internacionales, tres de ellos españoles. Miquel Molist, arqueólogo especializado en Prehistoria, dirigía el último que salió del país. “En 2011 nosotros trabajábamos en el valle del Éufrates, en la parte norte: normalmente íbamos a excavar en septiembre y octubre, pero decidimos hacer una campaña en Semana Santa de 2011. Al llegar estuvimos presentes en la primera etapa del enfrentamiento en Deera. Al cabo de un mes decidimos que tampoco era la situación idónea para trabajar y nos fuimos, pero fuimos el último equipo. Posteriormente hubo uno japonés que lo intentó, pero ya no pudo trabajar”. Tal vez cuando acabe la guerra el profesor regrese como si no hubiera pasado el tiempo. “Seguimos pagando el guarda del yacimiento y la casa de excavación que tenemos en la zona, porque es la forma más preventiva de que no haya pillaje, de que los propietarios sigan haciendo una política de vigilancia. Así sabemos cada semana que, aunque ‘estamos’ en zona EIS, no ha pasado nada; allí tenemos los ordenadores, las chaquetas, el material arqueológico…”, explica.

Nunca pensó que la separación sería tan prolongada. “Esa ha sido un poco la sorpresa. Oriente Próximo es una zona inestable, todos somos conscientes y cuando desarrollábamos un proyecto arqueológico pensábamos que todo lo que pudiéramos hacer este año no lo dejáramos para el año siguiente, porque nunca se sabe. Pero en los últimos 15 años la estabilidad en Siria ha sido bastante alta y no le dimos importancia. No parecía que hubiese una ‘primavera’ como en Túnez o Libia, era más como en Jordania, donde hubo unas cuantas manifestaciones, pero luego llegó la estabilización. El conflicto es complejo, porque tiene unas lecturas internas, pero también otra internacional muy potente, actores exteriores que juegan a un cierto tablero de ajedrez en esa zona.“ Por eso, aunque en su momento no lo vivió como una despedida, quizá al ver ondear el emblema negro del ISIS en Palmira supo que su retorno iba a tardar más de lo previsto: “No se acaba de ver la salida. La gente pide el apoyo internacional para que se estabilice, pero los grandes actores internacionales no están orientados a dar una solución al problema sirio”.

El patrimonio en el punto de mira

Esta relación con la novia del desierto, como la llaman los sirios, viene de lejos. “Tuve la suerte de empezar mi carrera en el Próximo Oriente en Palmira, precisamente. Mi primer yacimiento se situó en el análisis de los restos arqueológicos prehistóricos en su oasis, que es el más famoso. Desde el 78 hasta el 86 estuve trabajando de manera anual unos dos meses en Palmira, con lo cual no solamente me lo conozco bien, sino que la aprecio muchísimo”. Palmira (Tadmur, en árabe) es una urbe en el camino natural entre Mesopotamia y el Mediterráneo y desde la Prehistoria ha habido una ocupación histórica permanente, con una ciudad nueva a cinco minutos de las ruinas. “Lo espectacular de Palmira es la conservación de los restos arqueológicos de época romana, desde principios del siglo II a. C. hasta el VII. Los pobladores que se instalaron allí en los siglos XVII, XVIII, XIX hicieron suyas las ruinas y eso permitió la perduración. Con la independencia de Siria empezó la progresiva ‘musealización’ de la ciudad y por eso hay un nivel de conservación muy interesante”.

Desde hace cuatro años, cuando estalló la guerra, no hay prácticamente información fiable de los daños. “Distingo la evolución 2011-2014 en que los monumentos, como en toda guerra, podían ser afectados como efecto colateral —en Alepo, Hamah, Homs, hubo muchos desperfectos—. ¿Qué ha cambiado ahora? Palmira es un buen ejemplo, también Raqa, la capital del Estado Islámico. Desde su aparición en el verano de 2014, el EI incluye el patrimonio como una de las ‘armas’ de lucha. Hay vídeos con la destrucción de algún museo y una voluntad de poner el patrimonio en primera línea del enfrentamiento y eso es nuevo”, dice Molist. En su opinión, esta destrucción de bienes culturales “no es un vamos a jugar con la barbarie, sino que son discursos muy estructurados, buscando atraerse un segmento de la sociedad. Para ellos son piedras que no contribuyen a su bienestar o a la civilización; nosotros consideramos el patrimonio como la memoria de la civilización”.

El investigador cuenta que la semana que invadieron Palmira, “algún monumento quedó tocado y hubo enfrentamientos muy duros. Una semana antes hubo un desplazamiento de parte de las piezas del museo hacia zonas más seguras”. De momento, sigue analizando la información que llega de la propaganda y apoyando a los profesionales de la Dirección General de Antigüedades que se han quedado e intentan salvar lo que pueden, desmontando la parte expositiva en los museos, embalando las piezas y protegiendo las ventanas. Juan-Luis Montero Fenollós, profesor de la Universidade Nova de Lisboa, estuvo por última vez en febrero de 2011. “Fue nuestra última campaña en el valle del Éufrates. Vivimos allí la caída del gobierno de Egipto. Sabíamos que el siguiente podía ser Siria. Y así fue. Un mes después empezó la revuelta al sur de Damasco. He tenido la suerte de poder trabajar a lo largo de 20 años en diferentes yacimientos”. Para él, los arqueólogos sirios que permanecen en las zonas controladas por al-Assad “son héroes que luchan por conservar su pasado.”

“En los museos —apunta Molist—  la guerra ha tenido poco efecto. En cambio, sí que ha habido más problemas con los yacimientos, porque no hay suficiente personal para vigilar, así que sí que ha habido pillaje”. Si los objetos entran en el mercado ilegal de antigüedades, se añade una dificultad más de seguimiento, se aprovechan del caos, como pasó en Irak. “Uno cada año va a Siria —cuenta— y la vox populi te señalaba cuando un coche iba hacia la costa cargado, pero era muy difícil contrastarlo. Beirut ha sido bastante refractario al contrabando, en cambio Irak es más permeable, dada su inestabilidad. El papel de Turquía es más confuso”.

Montero, por su parte, considera que “el EI ha encontrado en el tráfico de antigüedades una vía de financiación alternativa al petróleo. Siria e Irak, la antigua Mesopotamia, tienen un patrimonio arqueológico excepcional, muy codiciado por los grandes coleccionistas privados que piden a estas mafias, siempre a través de intermediarios, objetos a la carta. El caos y la pobreza que viven favorece su trabajo sobre el terreno”.  Si en la Segunda Guerra Mundial los nazis hicieron acopio del “arte degenerado”, hoy el EI “por un lado lo menosprecia y por otro lo acapara con la intención de venderlo. Quizá, a diferencia de entonces, no va a parar a las colecciones privadas de sus dirigentes”, matiza González Villaescusa, profesor de la Université Nice Sophia Antipolis.

¿Es necesaria la complicidad de los expertos? En opinión de Montero Fenollós “lamentablemente sí, para tasar las piezas expoliadas. Por ejemplo, una tablilla cuneiforme solo puede ser leída por un asiriólogo y no tiene el mismo valor un texto de contabilidad que uno literario”. Ricardo González Villaescusa, en cambio, lo considera “poco relevante. Son países con altísimos porcentajes de población miserable, gente que siempre ha encontrado objetos de valor en los yacimientos, que luego ha vendido, como nosotros hasta el siglo XIX cuando apareció la noción de patrimonio cultural. Viven en una economía de la desesperanza: obtendrán solo el 1% o el 5% del valor final que alcanzará cuando sea comprado por un occidental”.

La esperanza radica en lo que queda por descubrir en una ciudad que, como asegura Molist, “debe estar, siendo generosos, en un 10 o 12% del potencial que tiene de excavación. El monumento sí que puede sufrir daños casi irreparables. Hay muy pocos en el mundo con una conservación como la del  templo de Bel”.

En función de la aniquilación patrimonial los investigadores podrían convertirse en meros documentalistas del desastre. A González Villaescusa le consta que “grupos de inversión preparan la posguerra de Siria”.

La Palmira que otros vieron para usted

Arrasar Palmira es acabar con parte de la narración de Siria como nación. “Sería una catástrofe y no solo para los sirios. Palmira es una ciudad romana única en el mundo, que simboliza el encuentro entre occidente y oriente. La reina Zenobia se independizó de Roma en el siglo III d. C. allí durante varios años”, explica Montero Fenollós. Quienes la conocen hablan de una belleza inusual que quizá no puedan experimentar los turistas del futuro. Para los que no han estado en Palmira, la mirada de los expertos nos permite caminar de nuevo por ella: “Si estuviera con un mapa delante —explica Miquel Molist— vería cuatro o cinco puntos imprescindibles por su belleza, tanto arquitectónica como por su importancia histórica: El templo de Bel, a mano derecha, donde tenías acceso a un edificio completo del siglo III, alto, casi de unos siete metros de altura, con la piedra rojiza característica de esa zona. Detrás está el oasis, donde se cultivan los dátiles y si avanzabas te encontrabas el cardus y el decumanus con las columnatas que te permitían pasear dentro”.

El espejismo stendhaliano lo describe Montero Fenollós: “Palmira es una gran ciudad romana en medio de un impresionante palmeral. La vista desde el cercano castillo medieval sobre la ciudad es espectacular, especialmente al atardecer. Contemplar las ruinas de la ciudad y el oasis bañados por la luz dorada de la caída del sol de oriente es algo único e inolvidable”.

 

Objetos que crean vínculos

 

Los lamentos por las minas que custodian hoy Palmira son lo de menos. Mario Cuesta Hernando, periodista y autor de Por encima de mi cadáver, habla de un patrimonio intangible: “están muy preocupados por el futuro. Ven que el país está destrozado y el pasado monumental hecho pedazos. El primer duelo fue el zoco de Alepo, muy al comienzo de la guerra, que si no me equivoco es el zoco cubierto más grande del mundo, un lugar extraordinario. Cuando se destruyó hubo mucha consternación, porque fue la toma de conciencia de que la guerra no iba a respetar nada y de que se estaba haciendo más y más virulenta”.

Casi todos sus amigos, incluso los que están fuera de Siria, “viven tan pegados al horror diario y a la falta de esperanza en un cambio inminente que esto es solamente un horror más. Es tal la pérdida de vidas que ahora mismo les cuesta pensar en otra cosa. Hay ciudades completamente arrasadas en un país sin recursos. Estaban muy orgullosos de su pasado, te mostraban muy ufanos sus muchísimos prodigios arquitectónicos. Cuando haya que recomponer el país no solo habrá que reconstruir las ciudades sino el espíritu sirio de concordia, tolerancia, hospitalidad y amabilidad. Todo eso es más fácil si hay objetos de un valor incuestionable que representan el orgullo de ser parte de esa historia que la guerra está rompiendo. Para la reconstrucción, Palmira y todas las Palmiras que se están destruyendo en Siria van a ser esenciales”. Objetos que crean vínculos y trascienden la realidad siria.

“La destrucción del patrimonio solo es un instrumento más de una guerra que solamente en Siria ha supuesto la vida de 200.000 personas y 3 millones de refugiados. ¿Podemos pedir al EI que no destruya Palmira si somos incapaces de detener el desastre humano? Eso quiere decir que hemos alterado el orden de las prioridades. La pregunta y la ausencia de respuestas estremecen”, concluye González Villaescusa.

Llorar sobre una montaña de escombros

Templos que saltan por los aires, homosexuales arrojados desde cornisas, miles de refugiados huyendo del horror, golpeando con su tragedia a las puertas sordas de Europa. Es la macabra herencia del Estado Islámico en Siria contra la que la comunidad internacional parece empezar a rebelarse tímidamente. El Consejo de Seguridad de Naciones Unidas acaba de celebrar este lunes el primer encuentro sobre la persecución del colectivo LGTB en territorio controlado por el Estado Islámico (Irak, Siria y Libia), donde se han documentado lapidaciones y persecuciones de personas por su orientación sexual. Mientras tanto, activistas locales han denunciado que 16 terroristas del ISIS de la ciudad de Al-Mayadeen han sido obligados a cometer atentados suicidas por su condición de seropositivos por HIV.

Y mientras las vidas humanas hablan de brutalidad, las piedras de Palmira lo hacen de barbarie. La otrora mayor atracción turística de Siria se ha convertido en sangriento escenario de ejecuciones y en una víctima más del conflicto. Si en julio asistimos a la destrucción del león de Al-lät, ahora es el templo de Ba`al Shamin que admiró al emperador Adriano el que ya no ofenderá a los fundamentalistas con su hermosa silueta pagana. Los milicianos del Daesh se han encargado de volar 2.000 años de historia, “cumpliendo los más oscuros presagios” del jefe de Antigüedades y Museos del país,  Maamoun Abdulkarim, según indicó en declaraciones a la agencia France Press. En la detonación del segundo edificio religioso más importante del yacimiento de Palmira después del templo de Bel, se han perdido la cella, el recinto más sagrado del complejo en honor del dios celeste –ligado al orden político- de los fenicios y las columnas del pórtico que lo rodeaban. Después de lo que la UNESCO ha calificado como “crimen de guerra”, los expertos temen ahora por la suerte que pueda correr otro vestigio politeísta, el templo dedicado a la tríada de Bel, donde un relieve ilustra la lucha del Bien y la diosa madre del mar, Tiamat, evocando la cosmogonía de Enuma Elish.

El horror y la estupefacción por los recientes sucesos en Siria e Irak no restan valor simbólico a la destrucción del templo de Baalshamin, “recuerdo haberlo visitado hace muchos años con otros colegas, guiada por Khaled al Assad. Son recuerdos que hoy se vuelven terribles”, explica Maria Grazia Masetti-Rouault, profesora de religiones sirio-mesopotámicas y arqueóloga en La Sorbona. “No sé hasta qué punto el terrorismo está al corriente del valor de los monumentos que arrasan y de su significado histórico, tanto para nosotros como para los sirios. Lo que atacan y aniquilan es para ellos, fundamentalmente un “objeto” de atención ¿turística? de occidente, creado por la investigación, pero también fruto del comportamiento imperialista europeo, que siempre se ha felicitado de recuperar en oriente los vestigios de la colonización antigua”. Masetti-Rouault considera que “para los turistas, Palmira era una especie de Disneyland, ¡Roma en el desierto! La arqueología, y el gusto ‘orientalizante’ serían desde esa perspectiva una forma irrisoria de dominación, que establece no solamente los criterios estéticos, sino también políticos y sociales, de desarrollo, a la luz de los cuales el mundo árabe aparece como  ‘bárbaro’. Así, todo encaja: los terroristas se comportan como bárbaros y no se va más allá en la reflexión. Nosotros nos indignamos y damos gracias por no ser como ellos”.

Desde la rabia y la más absoluta de las condenas por crímenes “sin nada de revolucionario” Masetti-Rouault admite sentirse “más dispuesta a llorar, más que por las piedras por la gente que se ha masacrado, tanto nuestro colega, el profesor Khaled al Assad, una espléndida figura en su vertiente intelectual y de hombre de Estado, como todos los que mueren cada día sin que los medios lo recojan o se indignen”. Como arqueóloga entiende que la destrucción es parte de la historia de un monumento, de un sitio que será estudiado de nuevo, gracias al fondo documental y científico que permitirá seguir a las investigaciones, incluso quizá su reconstrucción. “En cambio, los muertos sin nombre, sin palabras, no dejarán más que el dolor de su ausencia a sus seres queridos. Conozco demasiada gente en Siria para lamentarme como hacen muchos colegas sobre una montaña de escombros”.

(Más info)

Alicia González

 

Anuncios