Los cimientos de la vocación librera

Hisilicon K3

Ya apenas nadie visita La Escalinata. Marta Fernández, la librera menuda, de pelo corto y timidez enquistada que atiende a los clientes sentada a mano izquierda, sobreviviendo al asedio de volúmenes sin número, lo sabe. Y en el dolor de la certeza se solapan los 25 años dedicados a querer a los libros de una bióloga.

Ni siquiera buscó trabajo de lo suyo, el gusto por leer que adquirió con los tebeos y la tentación de tocar los ejemplares del negocio familiar, libros de arquitectura con hermosos grabados, fue más fuerte que la vocación por los misterios de la vida que, no obstante contempla con delectación en las especies animales que adornan la “Historia natural” de Buffon. Una inclinación tan acendrada –yo perdía el autobús del cole todas la mañanas por leer- como las robustas vigas de madera que su padre y su tío y Bernardo entrecruzaron a modo de estanterías, haciéndose una con la estructura de un local que antes fuera de bicicletas en ese Madrid que se está perdiendo. Con el languidecer de comercios como éste desaparecerán la puerta que se resiste a ser abierta al visitante, como si al entrar por ella se interrumpiera el normal transcurrir de una cápsula del tiempo donde descansan bibliotecas que alguien vendió y Marta supo apreciar. Ahora ya no: desde hace un par de años la propietaria de La Escalinata no compra, aunque bien que quisiera, porque con la irrupción de internet en este mundo de lo minucioso han desaparecido incluso aquellos que venían a la tienda con indicaciones de los colores de la decoración de su casa para aprovisionarse de libros que no desentonaran y seguramente dieran un empaque intelectual difícil de impostar. Al buen lector se le ve. Ése es otro de los problemas de este cambio de hábitos, la mala educación de algunos de los que cruzan el umbral de la librería exigiendo precios imposibles a esta descendiente del liberal Salustiano Olózaga que se arrepiente de haber vendido en tiempos una primera edición de “El origen de las especies” de Darwin muy por debajo de su valor. Eran otros tiempos, no había demasiadas herramientas para comparar las tasaciones de ejemplares únicos como aquel. “Yo estoy ya muy cansada, mi idea es venderlo todo y poder disfrutar los que me quede, porque ahora no tengo tiempo, metiendo todo el día los libros en internet para que no se venda nada”. Un desánimo que no le hace olvidar por qué se sienta aún tras la mesa, con la báscula cerca para pesar los pocos envíos que reciben, “cuando empecé a trabajar aquí dije ‘si esto es precioso’. Ya sólo el contacto, el olor, el pasar la página, las cosas bonitas que te encuentras dentro de un libro que parece nada…”, dice sonriendo al sostener la mirada en ese pasado que no será.

Alicia González

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