Los días extraños

 

ricoManuel Rico retoma las estancias sombrías, a partir de las cuales el silencio se llenó de Faulkner, Aldecoa o Dickinson sin remedio. Días extraños de aprendizajes entre los grillos que trituran la noche hasta marchar para “descubrir lo que solo conocía de lejos”. En el ahora los hijos que alargan la trama de aquellas jornadas “en que fuimos felices sin saberlo del todo”. La plenitud del poeta tiene mucho de olores y ríos amanecidos donde la mirada del hijo se vuelve espejo.  Y del invierno que deja al aire la raíz de un amor fortalecido gracias a esos “entusiasmos mínimos” con los que se venció a la muerte, hoy “envejecidos y tristes”, aunque silencien todavía “el miedo de la edad”.

“Días indóciles” mudados a la vista del lector que recuerdan los cielos atravesados por el silencio del padre asomado al campo, mientras el hijo se cobijaba en la conversación del libro, las palabras, las propias y de otros, a veces –“nunca premiados”, salvados de la mudez por el temblor callejero de un tal Marx. Espacios del páramo batidos por la noche y panorámicas de rascacielos heridos de sangre y dinero edifican los universos que luego se acumulan en carpetas y se comparten con quienes disfrutan de los brotes nacidos de una página. Y si en el Mirador de los Robledos el poeta sabe que volverá al calor del hogar, en él le espera la que permanece, la mujer surcada por carros de coincidencias, junto a la que no importa constatar que somos otros, letraheridos que asaltaron las almenas de los ochenta y miran la fragilidad de esos pasadizos de un tiempo abismado.
Alicia González
Los días extraños
Manuel Rico
Valparaíso Ediciones, Madrid, 2015
118 págs.
10 €
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