Vidas sin confesión posible o el triunfo del voyeurismo narrativo

presentacion-premio-planeta-2015-1 “Hombres desnudos” y “La isla de Alice”, ganadora y finalista del Premio Planeta 2015

Cuando esta vez se siente a leer las dos mejores novelas según el jurado del Premio Planeta tendrá la sensación de estar inmiscuyéndose en las casas de otros, de internarse en esos terrenos secretos que nadie confesaría voluntariamente. Puede que la crisis nos haya hecho más observadores que actores y que la rebeldía solamente se pueda manifestar en la intimidad. Dos novelas, ganadora y finalista de la 64ª edición nos asoman a los rincones inconfesables de vidas anodinas: la de Alicia Giménez Bartlett, autora de “Hombres desnudos”, a la de Irene, una empresaria que ve naufragar quince años de asepsia matrimonial encuentra en la prostitución masculina una escapatoria a su desorientación y la de Daniel Sánchez Arévalo a la de Alice, protagonista de un idilio perfecto con aristas insospechadas que la repentina muerte de su marido en un accidente de tráfico destapa bruscamente. Ambas, curiosamente, para salir del bloqueo emocional en el que viven atravesarán una fase voyeur, la una como una prueba más de ese mando despótico que no permite perder ni en las situaciones más íntimas y la otra en busca de las respuestas que aclaren si ese matrimonio idílico fue o no una mentira.

Aunque aparentemente opuestas –Irene es la mujer segura de sí misma, la indócil que se basta sola para superar el divorcio, mientras Alice es la figura vulnerable, arropada por la comunidad que la acoge en Robin Island-, tanto una como otra toman las riendas de una vida que ha roto los diques de contención en los que se movía, recurriendo a muletas como Genoveva, la “amiga” de la fría empresaria que la introduce en el mundo de los placeres caros, pues no es otra cosa disponer del tiempo de otra persona, aunque sea para mirarlo desnudo. Los apoyos de la viuda, aparte de sus hijas Olivia, la niña con TOC y las cosas claras y Ruby, la bebé que la acompaña en sus osadas aventuras como espía amateur, son su vecina Miriam, la agente inmobiliaria y Mark, el dentista con Oficina en el embarcadero y muchos problemas sentimentales por resolver.

Teniendo ambas la vida resuelta, Alice por la millonaria indemnización de la aseguradora e Irene por ser la propietaria de la empresa que fundó su padre, salen de su espacio de confort para encontrarse. Irene sigue intoxicada por el recuerdo del olor a la colonia del padre que nunca apreció en ese marido arribista suyo y la ha convertido en una abandonada más. En esa incomodidad que para ella es la ruptura, la ordenación del vacío no pasa por empezar una nueva relación –“necesita tanto un hombre como una licencia de armas, no sabría qué hacer con ninguno de los dos”-, sino por ir alejarse de su tribu del club y penetrar en territorios ignotos como la Sala Diamante con toda la sordidez que los espectáculos de carne en venta conllevan. Es el hábitat al que se ha tenido que acostumbrar Javier, un profesor de Literatura en paro, salvado de la desesperación por Iván, prácticamente un desconocido de la infancia. El larguirucho estríper quiere volver a figurar en el calendario de sus alumnos, ser alguien, saberse vivo y poder decirse que todo va bien, pero la angustia podrá más que él. Sandra, su novia, quedará por el camino, y con ella prejuicios y palabras que “huelen a armarios viejos”. Entretanto Javier se esforzará por incorporar orden y belleza a la rutina de su tosco compañero, un buscavidas al que las tribulaciones de Rashkólnikov le resultan demasiado complicadas, excesivas para sobrevivir.

La escritora albaceteña logra dibujar a esa dama fría y al desubicado que representan Irene y Javier por contraposición al patetismo de Genoveva y la cruel velocidad con que lucha por seguir adelante Iván. La horterada de ser iguales a los pobres se resquebrajará en el momento en que Irene se reponga de sentirse como la infecciosa abandonada, todo un mazazo para Javier, absorto en esa breve ensoñación de que compartían espacio y sentimientos, de volver a ser un integrado y en su papel redentor de la mujer que puede redimirle de acabar como Dorian Gray, irreconocible para sí mismo.

Y si en “Hombres desnudos” Giménez Bartlett no pudo reprimir ese final abierto de novela negra, aparte del tono admonitorio contra la hipocresía social que silencia y moraliza en torno al mundillo de los chicos de alterne, “La isla de Alice” juega con el lector a una rica hipertextualidad en la que encontramos a Dafoe, a Stevenson, a Melville, a H.G. Well, a Kadaré, pero también mucha reminiscencia del mejor cine y series como “Breaking bad” o “Juego de tronos”. La falsamente desconsolada viuda Alice en lugar de mitificar a su Christ, -lo hubiera tenido fácil con un marido ejemplar muerto a los 33 años, la edad del de Nazaret-, escapa de la vergüenza por esa mentira que hace más fácil aparentemente la pérdida iniciando una sanación interior. El proceso requiere restituir la verdadera figura de su marido, amante padre y empresario en ascenso, indagando las lagunas que ha creado su inesperado fallecimiento en un trayecto que no era el esperado. Para ello Alice borrará la imagen pintada con ceras infantiles de mujer a la espera, una Penélope sin consuelo, y desarraigará a su familia para trasplantarla a la isla del Petirrojo, cerca de Martha’s Vineyard, donde la llevan sus pesquisas, en un rincón tan bucólico como el de “Matar a un ruiseñor”, con una Olivia que bien podría remedar a la Scout de Harper Lee.

La decisión de instalarse en la isla de la sabiduría del cambio no aparta sin embargo, la obsesión por la muerte de Chris que sigue consumiendo todo el oxígeno de esta Alice tan desdoblada como la retratara Diego, aquel noviete de juventud, hoy artista de éxito. La pelirroja que puso un pie en la isla y dio a luz, abre una tienda de iluminación, porque metafóricamente quiere arrojar luz sobre un pasado que se desdibuja, y así mantener sin saberlo a Chris con vida poniendo en cuarentena las certezas y habilita esa habitación propia que buscara Woolf, para llenarla de obsesión y no de creación. Una pizarra, cámaras espía que le proporciona su Mefistófeles particular, el malagueño Antonio de la tienda para “spy yonquies” Night Eyes, y una agenda de eventos sociales sólo pensada para atar cabos transforman la pequeña comunidad en su laboratorio y a sus habitantes en ratones, donde ella, la observadora, modifica con su conducta –siguiendo a Heisenberg- el entorno. Y desde su puesto de vigía sale de la burbuja para buscar sospechosos que ayuden a esta alpinista del amor a desenterrar el tesoro que abre esa Llave Master colgada siempre de su cuello. En su atropellada investigación tropezará con secretos claustrofóbicos, pasiones sólo confesables online, encuentros sexuales a bordo de embarcaciones recreo, la ternura del primer amor también  controlado por videocámara, en un sofisticado Cluedo que el autor y guionista de “AzulOscuroCasiNegro” siembra de guiños –ya llegará a la página 484 de la novela y pensará en la coincidencia con la de Julia- y elementos simbólicos cada punto del mapa –¿dónde situar la x de la incógnita sino en un molino, qué puede alumbrar mejor que un faro?- en el que Alice tendrá que averiguar si Chris sucumbió a “La llamada de lo salvaje”.

 

Alicia González

 

 

 

 

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