La obsesión por llevar la vida al papel

Svetlana Alexievich, ganadora del Nobel de Literatura 2015

Alicia González

De Svetlana Alexievich, la última premio Nobel de Literatura sabemos bien poco. Que toma té verde, que no habla inglés, que vive en un apartamento de dos habitaciones en Minsk frente al río Svislach, que sus padres fueron maestros rurales y ella misma fue profesora de historia y alemán, que quiso escribir desde los cinco años y que no es judía. La propaganda contra una mujer que no se ha callado desde que decidió que ésa era su forma de disidencia ha vertido todo tipo de rumores sobre su (falsa) condición de judía, un prejuicio aún asentado en la sociedad rusa y su lesbianismo. De ser verdad, serían dos, ella y la ugandesa, Kasha Nabagesera, activista de la comunidad LGTB, Premio Nobel alternativo 2015.
Del archivo de S.AlexievichDe nada ha servido que Mijail Butov, responsable del Big Book que en 2014 la consagró como la preferida por el lector ruso, señalara que su prosa nunca deja indiferente. Para los “patriotas” rusos ella es una escritora “de colonias”, de un país satélite que usa el ruso no para engrandecerlo sino para manchar el nombre de Rusia. De hecho, las autoridades rusas no dejaron de felicitar a la autora, pero matizando que la opinión de Alexievich en torno a la ocupación de Crimea y la guerra en su país natal se debe a su falta de información sobre la situación real en Ucrania. Las declaraciones de la premio Nobel resultan incómodas: no ha dudado en calificar de arcaico y medieval a Putin al que considera no un personaje dañino que habla como un govnik, sino el síntoma de la enfermedad colectiva del pueblo ruso, “un inicio de fascismo”. Uno de sus mayores detractores Zakhar Prilepin, novelista ruso de tendencia nacionalista y responsable del Svobodnaya Pressa, ha acusado a la Academia sueca de galardonar a la rusa más antipatriota, como ya hicieran con Bunin, Solzhenitsyn, Pasternak, Brodsky, todos ellos críticos con el Kremlin, con la diferencia de que Alexievich ni siquiera entraría en la categoría de escritora. Todo por la humillación que una Rusia fuerte supone para Occidente. De hecho, según Vladimir Bondarenka su retorno a Minsk –para padecer el quinto mandato de su presidente- formaría parte de una operación orquestada por la OTAN encaminada a desprestigiar a Rusia a cambio de entrar en la lista de los candidatos al Nobel.
Aunque para nosotros sea una perfecta extraña Alexievich es alabada por toda la intelectualidad europea. Sin duda han ayudado sus años de exilio en Francia, Italia, Suecia o Alemania tras su posicionamiento como una de las voces más críticas con el presidente bielorruso que la obligaron hace doce años a abandonar el país, para regresar recientemente, porque dice necesitar estar rodeada de las personas de las que habla en sus libros. Lukashenko se vio en la obligación de felicitar a su conciudadana, desdiciéndose por la fuerza de los hechos de sus palabras en las que le recriminaba haber ensuciado el nombre de Bielorrusia. La ciudadanía sabe que ella es la cara visible de la sociedad civil, el futuro, mientras que el antiguo oficial del ejército soviético representa el descrédito y la continuidad sin pausa de una dictablanda. Nadie se cree las acusaciones de quienes le achacan despreciar el bielorruso como lengua: En declaraciones al diario Nasha Niva la Nobel se sinceró al aclarar que sólo conoce el llamado narkomovka, una especie de lengua literaria empleada por los medios oficiales sin la frescura del habla coloquial, porque era la que se estudiaba en su juventud. No podemos dejar de pensar que escribe en ruso porque la comunidad bielorrusa (9,5 millones de habitantes) se le ha quedado pequeña.
De todas estas muestras de odio quizá la que más le duela a Svetlana es la de quienes la tachan despreciativamente de “reportera”, pues aunque del periodismo tiene la preparación académica y la mecánica de trabajo, no así la inmediatez –tarda entre cinco y siete años en ultimar cada obra-. En realidad, detrás de esa aparente sencillez está una autora que persiguió largo tiempo un método que le permitiera “la aproximación más cercana posible a la vida real”. Su objetivo era acabar con la banalidad, consciente de que “cada uno de nosotros somos un fragmento de la historia” y tomando la escritura como forma de conocimiento. La senda se la marcó Adamovich, su maestro, que definiría su obra como novela oratorio.
Del archivo personal de S.A.Tal vez quien quiso ofenderla estaba ensalzando sin querer uno de sus mayores aciertos. Algún bloguero con suficiente prestigio como para ser mencionado por el Russian Insider atribuye a su narrativa los males de la prosa con acento de mujer: “Era insanamente depresiva, pero todas las historias femeninas sobre sufrimiento y pérdida son así”. Es verdad, sólo una mujer podría describir el cielo frambuesa de Chernóbil tras el desastre.
Un Nobel que huele a mujer
“En mi infancia siempre oía historias de mujeres, historias que nunca oí en los libros”, ha dicho Alexievich. Desde ellas, desde esas experiencias compartidas de sufrimiento y empatía, elaboró su primera obra, “La guerra no tiene nombre de mujer” donde retrata una guerra distinta, nunca contada: una guerra de olores, de colores, en la que da voz a mujeres que habían guardado cuarenta años de silencio sobre la tarea inhumana de provocar sufrimiento a los seres humanos y la naturaleza. Los censores tuvieron que recordarle que la guerra es heroica a una insistente retratista empeñada en desenmascarar la codificación del relato culto, un canon que hasta entonces convertía la guerra en un asunto de hombres. La imposibilidad de contar la guerra, transmitir ese conocimiento la condujo a acercarse a voces sencillas, versiones viciadas de sentimientos –“los recuerdos no son historia y tampoco literatura”, le decían-.
Esta hija de la victoria y nieta de partisana, que aún sentía el cercano ruido de la guerra en la infancia conseguía contra todo pronóstico dar vida a una narración por primera vez escrita en femenino: “Las mujeres ofrecemos una visión especial de la guerra, porque las mujeres dan a luz a la vida”. Sus textos están repletos de preguntas y frases breves como aquella que sentencia que “matar es más difícil para ellas”, en páginas que ensalzan el valor de las eslavas para ir al combate y el ardor de unas guerreras en un libro que cambió el lenguaje. Doscientas entrevistas en cientos de pueblos durante tres años para contradecir la versión oficial en la que la miseria, la violencia sexual, la hambruna o la crueldad fueron borradas. Luego vendrían “Voces de Chernóbil”, “Los chicos de zinc”, “Cautivados por la muerte”, “Los últimos testigos: Cuentos nada infantiles”, “Tiempo de segunda mano: El fin del hombre rojo”, que configuran esa Gran Utopía a partir de las voces de sus protagonistas. Como explicó al tiempo que se solidarizaba con la “Marcha de las mujeres y los hombres descalzos”, celebrada en Mantua en apoyo de los refugiados “estamos acostumbrados a desahogarnos, la nuestra es una cultura del cuento, porque si vives una vida terrible, espantosa quieres contárselo a quien sea. Por eso contar el dolor forma parte de la tradición rusa”.
Superviviente de una época de esperanzas infantiles y barbarie su obra es un diagnóstico de la era, destinado a que aprendamos del sufrimiento. Con una infancia donde las redacciones escolares mitificaban el amor a la muerte el aprendizaje de la paz fue duro. Pese a todo años más tarde Svetlana, a la que en imágenes de archivo vemos ataviada con uniforme, ante la invitación a disparar de un comandante en Kabul durante los trabajos preparatorios para el libro sobre el conflicto ruso-afgano se niega y se pregunta ¿en nombre de qué?
No estamos acostumbrados a que mujeres con aspecto de matrona, de habla pausada y ojos claros como esta apóstol de los apestados ocupen el espacio público. Y menos para atreverse a verbalizar durante un evento sobre Srebrenica organizado por la Fundación Heinrich Böll su fascinación por la muerte violenta que conecta dos mundos; el de las víctimas y el de los asesinos, un relato en el que siempre le faltaron los testimonios de aquellas que intentó recuperar como los distintos instrumentos de una orquesta en toda su coralidad, buscando “las palabras para explicar al hombre” que cometía esa atrocidades y así entender cómo salir del campo de prisioneros que era la URSS.
“El mal –ha dicho- se ha convertido en un concepto poderoso sin sentido, cambiante y ni siquiera un héroe de las novelas de Tolstoi tiene las respuestas a todas las preguntas”. Equipara la guerra al canibalismo en un mundo donde las convicciones y los valores han saltado por los aires, por la normalización de la maldad que nos asalta en cada página de sus libros.
Alexievich actúa como notaria de una memoria perdida de quienes sufrieron los efectos de devastación de acontecimientos como la guerra de Afganistán, el accidente de Chernóbil -en el que las mujeres tuvieron que escuchar cómo sus maridos dejaban de pertenecer a su familia para engrosar la categoría de héroes y pasar a pertenecer al Estado- o cómo la desintegración soviética no anuló la prevalencia de la conciencia de esclavos. A los que les vendieron la liturgia del amor a la muerte o se conformaron a la espera de un socialismo de rostro humano que nunca llegó la escritora les entrega conversaciones sin filtro, una narración donde lo horrible no se volvía sublime, porque sabe que como declara una de sus entrevistadas “recordar asusta, pero no recordar es aún más terrible” y por eso, Alexievich entiende “por qué a pesar de todo ellas eligen hablar”.

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