Sonetos

sonetosDamos inicio con un canto a la procreación, alertando a los avaros con su semilla que no tendrán el consuelo de “ver bullir tu sangre ya fatigada”. La caducidad de la belleza de nuevo sólo se encuentra en la transmisión del testigo a la juventud, remedio sin que excusas como el amor contrariado otorguen licencia para caer en la castidad, sinónimo de tumba de los dones de la naturaleza que guardará su esencia en la existencia renovada que son los hijos. El poeta festivo unas veces, otras admonitorio, nos advierte que la singularidad se anula por el comercio de la soledad al asegurar “que nadie contra el tiempo puede impedir tu olvido”. A pesar de todo, la plenitud incesante queda protegida contra la decadencia a través de la escritura: “mi amor en estos versos vivirá siempre joven”, que no del fetichismo, pues no necesita ningún recuerdo para seguir amando a aquel.

Amor sin descarriarse “en un orden más convencional” que las diversas gamas de afectos con las que se atrevió Marlowe, aunque haya sonetos muy “homo” de hombres dispuestos a subyugar a sus pares. Amor sano del que escribe “feliz por tanto yo, que amo y soy amado / por quien no ha de cambiarme ni puede ser cambiado” y mucha honestidad hasta en la confesión sincera de la envidia del arte y la fama que por nada cambiaría en su estado enamorado, brioso cuando dice “ningún corcel el paso de mi deseo supera” y esclavo que rinde vasallaje “sin reprochar tus goces, estén mal o estén bien” (léanlo en la clave moral que consideren). Y como recomendación el juego y el tono más contemporáneo en el 135 de un Shakespeare que se reivindica no solamente desde la dulzura, sino desde “lo que soy al presente”.

Alicia González

Sonetos

Shakespeare

Navona. Barcelona, 2016

336 páginas

24 €

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