Diario

 

 
kessler Pueblo espiritual más que sensual como el francés, el alemán se afirma con el arte. Eso opina el activador social que es Kessler desde su posición de observador privilegiado. Admira la dimensión de lo imperfecto en la representación artística por lo que tiene de individualizador, de permeable al aporte del público y por tanto vivo por su poder de sugestión. Tanta como vivaz pueda ser la imaginación del torturador.

Pero no queda ahí el visionario que intuye que sólo quedan dos opciones, religión o individualismo, frente a quienes rebañan las cenizas de Nietzsche. El conde, lector del Bécquer de las “Leyendas”, se reconoce estremecido por las “pinturas negras” de Goya al que compara con Willian Blake por su capacidad para ampliar los límites de la fantasía y con él entramos en el cuartucho de un Verlaine postrado que da noticia de las veleidades de Rimbaud de alistarse en el bando carlista y deja en el lector la reflexión de que siempre es mejor no conocer las necesidades de los grandes… Por poner un caso, Kessler busca la plácida calma en Reims y no en la apabullante grandeza del Panteón.
A pesar de ser aristócrata por cuna, Kessler sabe que “está por escribir la historia de la humanidad como experiencia de las ideas y pasiones rectoras de los individuos y las masas” y qué poco se equivocaba. Porque aunque Harry se rebele contra el ascenso de los “bárbaros modernos” a las tareas del espíritu, es consciente del riesgo de la sumisión al Estado, incluso desde su versión más anarquista, por lo que significa de indefensión ante la tiranía, especialmente como testigo de lo levantisco de un pueblo derrotado en la Gran Guerra, en una sociedad “construida sobre pies de barro” y embrutecida conscientemente como masa, para la que el infantilismo belicista de Luddendorf que no acepta el significado del armisticio supone un enorme error.
Kessler nos informa del intento de atentado contra Lenin y alerta ya en mayo de 1918 frente a “la aparición de muchos profetas falsos, signo de que aparecerá uno verdadero”, relatando el “misticismo” que según la señorita Förster-Nietzsche caracteriza a Hitler. Además, hace apuntes personales francamente valerosos como el testimonio de su amor prohibido con Max Götz.
Intuitivo en el desglose del poder: clericalismo, capitalismo y bolchevismo con “la tensión trágica del ineluctable destino en marcha” nos muestra sus preferencias al confesarse coleccionista incipiente de la obra del anticlerical Grosz.
Suyas son frases como “toda educación es un acto de violencia”, refinada y sublimada a través del Estado o “la sociedad no es menos cruel que la guerra /…/ con métodos como la esclavitud y la explotación para la preservación de la vida”. Triste premonición de las cosas desagradables que esperan en su caso. Aunque no sólo valga por lo que diga, sino por encuentros como el que mantiene con Einstein, respetuoso con un Dios al que sus teorías contradicen, las confidencias con Thomas Mann sobre cómo trocar la historia de Goethe y Willemer en el argumento de “Muerte en Venecia” o los detalles del pasado oscuro y fracasado de los jefes nazis en Sauerland, así como la vinculación que descubre en el discurso hitleriano entre el amor y la muerte, con una teatralidad al modo wagneriano en palabras de Brüning. El atrevido diarista llegará a afirmar que el pueblo alemán se está suicidando bajo la dirección de Hitler, “alguien con grandeza rodeado de sumisiones temblonas” y a establecer paralelismos entre el enfrentamiento de nazis y comunistas y el que se produjo con las guerras de religión de los siglos XVI y XVII, sin opción al compromiso y con espacio sólo para el furor y el odio.
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Diario
Conde Harry Kessler
Libros de vanguardia, Barcelona, 2015
536 págs.
24 €
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