Dos años de apnea para la poesía española: El Loewe sigue mirando a Iberoamérica

Fotografía: Enrique Loewe, Carla Badillo Coronado, Víctor Rodríguez Núñez y Sheila Loewe © Uxío da Vila.

Fotografía: Enrique Loewe, Carla Badillo Coronado, Víctor Rodríguez Núñez y Sheila Loewe © Uxío da Vila.

“Aquí vienen. / Nadie los llamó. /Solos se acercan a la llama sagrada/. Sin piedad, lectores: exijámosles todo. / Que su obra sea del tamaño de su ambición”. Palabras premonitorias de Efraín Bartólome en “La voz habitada”. Habrá quien sienta que los latinoamericanos “nos han robado el Loewe”, pero lo cierto es que los poetas españoles tendrán que esperar… o esmerarse. Por segundo año consecutivo uno de nuestros premios más prestigiosos ha recaído en autores del otro lado del charco. Si en 2014 fueron el chileno Óscar Hahn y la colombiana María Gómez Lara, esta vez el jurado ha fallado a favor de la ecuatoriana Carla Badillo Coronado, en la categoría joven y del cubano Víctor Rodríguez Núñez. Y no se engañen, no es el aplauso a una poética con sabor local, sino el síntoma de la buena salud de la poesía en español. Algo que antaño fuera casi testimonial, dos galardones en 1990 al argentino Bernardo Schiavetta, y cinco años más tarde al uruguayo Rafael Courtoisie, confirma la pujanza de la poética iberoamericana frente a quienes ven lecturas extraliterarias. No es el caso.

La obra de Víctor Rodríguez Núñez es hija de la revolución, pues el autor fue el primero en tener estudios universitarios en una familia dedicada a la zafra, pero se enfrentó a ella cuando fue incapaz de revolucionarse, desde la distancia con la disidencia y el oficialismo… “He tratado de ser independiente de ambos extremos, que muchas veces se tocan, movido más por la pasión que por la apatía. Cuando era joven y vivía aún en Cuba, rechacé ser un escritor oficial; después, cuando ya vivía fuera de Cuba, rechacé ser un escritor disidente. Me la he jugado en una difícil posición, sin apoyo dentro ni fuera de la isla, y a la larga ha valido la pena. He sido excluido por ambas partes, me han borrado de las antologías, pero no han logrado amargarme ni secarme. Me siento cómodo en mi rincón porque, al fin y al cabo, escribo lo que me da la real gana. En fin, no estoy ni quiero estar fuera del juego, pero me apunto en la novena del diálogo, del respeto, del entendimiento”, aclara. Sobre si su reconocimiento es un guiño a esa Cuba en transición o un intento de abrir nuevos mercados responde con divertida extrañeza: “No sé qué mercados se podrá abrir con la poesía, que se ha dado siempre fuera de él. Y peor aún con la mía, que no se vende aunque tampoco se rinde. Nadie debería sorprenderse de esa “sequía española”, porque en muchos países de Hispanoamérica se escribe una poesía que vale la pena tanto como la de España. Y no solo en Argentina, México, Chile y Cuba, sino también en Colombia, Perú, Ecuador, Bolivia… Me gustaría entender el premio a “Despegue” como un apoyo al proceso de cambio en la isla, que es necesario y beneficioso para mi pueblo y mi cultura. Pero también me gustaría entenderlo como un reconocimiento a la calidad de mi obra, que aunque muchas veces no se escribe en Cuba, se escribe siempre desde y para Cuba”.

En Carla Badillo, quizá porque su juventud manda, pesa más lo que de impulso tienen los reconocimientos a esa pulsión obstinada: “Un premio no es más que una palmadita para seguir, trabajando con más humildad y ahínco, para saber que hay unos ojos que supieron reconocer en tu obra algo que los atrapó. Y desde luego alienta porque te da la posibilidad de publicar, de darle otro sentido más a tu trabajo, de acceder a más gente que pueda leer tu obra, de compartir, de contagiarse, de pasar la voz; y, en algunos casos, hasta de recibir unas cuantas monedas, que por supuesto, no caen nada mal porque está bien que el poeta se descargue —al menos por un rato— de la preocupación de conseguir la jodida plata y centrarse en lo realmente importante. Sin embargo, esto es sólo una consecuencia, jamás el fin. Yo escribo porque me resulta vital. Para descifrar el mundo, para salvarme”.

El escritor afincado en EEUU por su parte, se desmarca “en especial del cubaneo. Considero el nacionalismo como una ideología perversa, criminal, que no ha ayudado a los pueblos a liberarse. Siempre hay sujetos sociales que son excluidos de las construcciones de nación porque se basan en la diferencia. Yo estoy por la identificación, abierto a todo lo que me cuadre en términos sociales y culturales, venga de donde venga. Pero tampoco busco una “voz universal”, que sería demasiado incierta y desabrida, sino mi propia voz. Sé también que la universalidad solo se alcanza, como diría a coro la generación de Alejo Carpentier, mediante la representación de lo local. Espero que alguien que haya sufrido el destierro, desde los cubanos hasta los inmigrantes que hoy retan el humanismo europeo, encuentre algo suyo en ‘Despegue’”. Rodríguez ha comentado que su voluntad es que cada libro sea diferente y que siente las preguntas como tigres acechantes; al parecer el ciervo – esas respuestas inalcanzables- al que ha dado caza en este poemario es “una conciencia, abiertamente expresada, de la condición de exiliado. Le fui dando vueltas a ese tema hasta que, en este libro, le entré de golpe o me entró de golpe. Hay circunstancias íntimas, como la muerte de mi madre Zenaida Núñez a fines del 2012, y la muerte de mi padre en la poesía, Juan Gelman, a principios del 2014. De pronto me quedé huérfano y, como no podía hablarles más, comencé a escribirles estos sonetos. El lenguaje se hace más violento aquí, digo cosas que no hubiera dicho antes, suelto la lengua desde todo punto de vista. En definitiva, descubro que hay partes de mí

que no partieron, que estoy al mismo tiempo dentro y fuera de Cuba. La isla no se reduce a mi memoria, y debo volver siempre para reconstruirla, sacudir su espeso polvo con mi trapito”.

La conexión con la naturaleza humana siempre está también presente en Carla Badillo, lo que hace que aun siendo personal, su voz sea universal, máxime por la apenas nula relación con las editoriales de su país natal. La ecuatoriana rechaza las etiquetas a la hora de crear: “El arte nos da la libertad de interpretar el mundo, de traducir nuestras ideas, sensaciones o reflexiones. Mi voz es algo que se ha ido forjando en el camino, nutrida de lecturas, obsesiones y vivencias que, de alguna forma, se reflejan en mis diferentes escritos, independientemente del género. No escribo para complacer a nadie más que al impulso vital de escribir, de sacar eso que no me deja tranquila y que me da vueltas en el cerebro, como deseando buscar su forma. Si en esa travesía mis palabras logran sacar chispas a la mente del lector, genial”. Badillo no forma parte de la “tribu poética” de Ecuador y ha obtenido más reconocimiento fuera de sus fronteras que dentro: “Desde que tomé conciencia de que la poesía me escogió a mí (y no yo a ella), como a los 19 años, me tracé un camino. A partir de entonces me dediqué a multiplicar lecturas de una manera casi enferma, a descubrir y a hilar las enseñanzas de quienes serían mis maestros, muchos de ellos muertos. Siempre fui autodidacta. Fue un camino bastante silencioso, y lo sigue siendo. Supe que la inspiración no era más que un cortocircuito que sucedía cuando varios factores se juntaban, pero que era el trabajo profundo, la observación, la reflexión y la autocrítica, lo que daba forma a eso que yo intentaba del mundo —a través de palabras— traducir”. Así que quien busque sabores intensos en “El Color de la Granada”, los encontrará, pero no con acentos de la tierra de su autora. De hecho, está dedicado a la memoria de dos visionarios armenios: el cineasta Sergei Paradjanov y el poeta del siglo XVIII: Sayat Nova, de quien Badillo reconstruye su vida a lo largo de 62 poemas. “No existe absolutamente nada de mi país como tal, pero al mismo tiempo se puede encontrar todo lo que hay en cualquier ser humano de cualquier rincón del mundo. Ya que temas como la vida, la muerte, el amor, el tiempo, la huida —de un lugar, de una persona, de uno mismo— están siempre presentes. Desde Homero los temas cruciales siguen siendo los mismos, lo que cambia es la forma, el cómo se cuenta, y de ahí la maravilla de la creación, cómo hacer que algo tan antiguo nos resulte nuevo, generar asombro con algo que ya se sabe y que, sin embargo, quizá nunca se llegue a descifrar”, asegura.

Uno pensaría que Carla pasó de jugar con las palabras a batirse con los titanes, la memoria, el tiempo…”Nunca he dejado de jugar. De hecho la literatura es la forma más seria de juego que tengo. De niña lo hacía sin una conciencia real sobre el oficio de escribir y ahora que la tengo sigo jugando. Soy muy curiosa, muy hambrienta por conocer los misterios de este mundo y de todos los que habitan dentro y fuera de él. Por ello no me encasillo en un sólo género, o al menos pretendo no limitarme. Pero sí, hay temas que me tienen agarrada del cuello: el tiempo, la memoria, la distancia, los colores, el silencio, el origen de las lenguas, la música. ¡La música! Ese dios disfrazado de niño invisible. Por otro lado, y como parte de mi contradicción, soy una ermitaña-viajera. Hay temporadas en las que necesito, literalmente, encerrarme, y otras en las que necesito viajar, perderme, respirar otras realidades. En medio de ello surgen temas capitales para mi escritura pues las posibilidades que manan de esa contradicción son infinitamente ricas”.

Alicia González

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