El caballo no tiene zapatos

 

el caballo La esperanza en el suicidio y en éste, el derecho de asesinato de todo hijo sobre la madre. Desde esa cobardía declarada se observan los raíles, se admira a las palomas estrelladas contra el cristal. Dios de lo inservible y lo que pasa desapercibido, el poeta reclama su tiempo a quienes construyen idolatrías.

Raúl Ortega Alfonso, premio Blas de Otero 2014, se siente sitiado por el miedo que le hace pensar en esa libertad ficticia del río o en el aire “que nuestra hija atesora en los pulmones”, mientras el padre reniega íntimamente de sus convicciones para ganar el necesario sustento -inclinar la cabeza por amor cuando ya hemos dejado de hacerlo frente a la dictadura-. Alimento para esa hija que rechaza la mentira y la humillación de quien regala la luz. Confesiones a la inocencia infantil que dejará de serlo cuando le reviente el cinismo en los oídos y haya que desactivarle la imaginación.
Él procura borrar esa sonrisa de fingimiento que da aliento a la guerra y hace sobrevivir el amor que los que ocultan sus mujeres como pertenencias, de ésas que traicionan a plena luz del día cuando papá trabaja. La vida pues, como necesaria obsesión alimenticia, de la que no cabe disculparse y el ser humano dispuesto a patear a los demás, de ahí que se calce. Ante eso solamente se puede envidiar al mono Pancho, corajudo en su encierro, en tanto que él está anclado al lugar “donde nadie te espera”, sabiendo de la inútil espera.
El caballo no tiene zapatos
Raúl Ortega Alfonso
Devenir, Madrid, 2015
74 págs.
11,40 €

 

Alicia González