Te deum


Dabrowski La senda emprendida hacia el autoconocimiento puede ser un espejismo y de no serlo, el hallazgo podría no agradarnos. Igual sucede con la visión funesta de un cielo más vinculada a los muertos que a los vivos que, de momento no merecen la honra ni una visita, o con el perro del poeta, fingidor de un alma que no tiene.
El autor de Gdánsk que sí posee un soplo de religiosidad insuflado por largos años de educación ferozmente católica compadece en su poemario al ecce homo que purga sus culpas y busca sin hallarlo al padre de los objetos, creador insolente, al amigo desaparecido misteriosamente en el poema no escrito, a la madre, temerosa de verse abuela y su sentido vital en la muerte que le acecha en sus percances cotidianos.
No hay caminos fáciles para entender la maldad humana -Lombroso desgraciadamente era un fake– según el periodista de la revista polaca Topos sin “astutas huidas desde la libertad”. Sólo queda justificar la pereza de esa alma fría tras la cerradura que se analiza y cuestiona la “solícita ausencia” de Dios en “es apnea (que) es tu vida”. Han dicho de Dąbrowski que es gélido, pero nada más tierno que este ser humano aterido de soledad persiguiendo una divinidad consoladora en estos poemas que no son sino grietas. Aunque el remedio esté en esa mujer Agnieszka, de tan cercana imposible de describir, casi tanto como ese Dios al que se aferra y del que habla hasta el último verso, sin lograr aprehenderlo.

Te deum
Tadeusz Dąbrowski
La isla de Siltolá, Sevilla, 2016
124 págs.  
12 €
 Alicia González

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