Enterrar a los muertos

pison Interrogatorios alegales, tras un prendimiento irregular de un hombre acostumbrado a hablar con libertad. Estamos en la España, patria clásica del anarquista, en la que cualquier brote de adhesión a los libertarios rojinegros o un excesivo conocimiento del entramado en torno a los asesores soviéticos, recelosos de los militares republicanos puede significar un paseo nocturno sin retorno.

Su proximidad a Gorev, caído en desgracia, tras ser considerado salvador de Madrid y cuestionado con la sombra de un traidor a medida como José Robles, son razones suficientes para deshacerse del traductor de Dos Passos en Bétera o El Saler valencianos. Conoció a éste en un tren rumbo a Toledo donde el estadounidense quería completar su admiración por lo castellano, las bufandas multicolores y las algaradas en la Puerta del Sol, en un país donde la vida parece discurrir sin problemas. Pero llegarán y el triunfo de la vida frente a la mugre, de la República de los hombres honrados perderá fuelle por el aislamiento oficinesco de Azaña y el quijotismo de Unamuno, para luego quedar mancillada por las huestes de la NKVD de Orlov, ocupada en la limpieza de brigadistas con brazos ejecutores impunes como Apellániz. Hemingway sigue ajeno al deporte bélico con resultado de muerte para los que no se someten a ser colonia soviética -armada de palancas en la Oficina de Prensa- como las damas británicas, visitantes en el Madrid bombardeado. Luego vendrá la acusación de retórico egoísta a Dos Passos, que incluso camina por sendas cercanas al maccarthysmo, frente al todo por la causa del Nobel.

Alicia González

Enterrar a los muertos

Ignacio Martínez de Pisón

Seix Barral. Barcelona, 2005

269 páginas     

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