Ser el canto

gallego Intuitiva elegía a todo cuanto ama en los rumores del agua y en la “noche adentro”. Vicente Gallego entrega a los otros la danza de la mansedumbre que dan los años tras “cargar con nuestros muertos”. Aun así el poeta valenciano sigue bendiciendo la plenitud de una naturaleza que llena de un absoluto vacío, estupor, quietud y viveza. La convicción de que no existe el acabamiento en cada sensación le hace concebir una noche eterna, pareja a la de la niñez, siempre alerta al descubrimiento, frente a “aquel dios de las ranas en su charco”. Por su afán de conservar esa mirada fresca a Gallego le parecen pocos los diez dedos de las manos, pues no le bastan para apresar un universo desbordado, que sin embargo, aprecia a partir de la frugalidad del instante en carestía donde la compañía amada es la única contingencia para el encuentro.
Los dones derramados por el sol abrasan al lector con ese “olor seco de monte” y así envenenarnos de esa luz última de Goethe, ofreciéndonos el pozo de la noche para saciar esa sed íntima. Una mística personal, aunque con él nos dolemos de las cenizas en las palmas de las manos que musicara Tomás Luis de Victoria. Su fe innominada se concreta en los pétalos de una rosa que “el alma escucha”, conmovido “así por casi nada”: una cesta de esparto, un saltamontes, el sueño del hijo, la mansa lluvia, motivos de santificación en sus versos de amanecida, celebrando “el gozo de escribirse con la letra / del cuerpo de la vida y ser el canto”.

Alicia González

Ser el canto
Vicente Gallego
Visor, Madrid, 2016
60 págs.
10 €

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